17 de julio de 2023

Los primeros europeos en pisar Nuevo México

Nuevo México dentro de la iconografía española de conquistas americanas tiene un lugar secundario, muy lejos de las de México o la actual Perú en parte por las riquezas allí obtenidas, en parte quizá porque no se venció a un imperio establecido, tiene mucha menos épica pero la cantidad de territorio controlado es importante. También porque el imperio español estaba ya en lenta pero inexorable caída. España, recuérdese, llegó de Alaska a Tierra de Fuego lo que incluye haber pisado, puesto bandera, conquistado o hecho provincia española —o varias combinaciones de las anteriores— en buena parte del continente americano a falta del noreste de Norteamérica y lo que le tocaba del reparto del Tratado de Tordesillas a Portugal. Es importante también recordar que lo que España ganó en América en cuanto a posesiones territoriales no eran colonias sino parte de España, provincias de la «madre patria» con las muchas consecuencias que esto implica. También fue el caso de Nuevo México.

La primera vez que unos europeos llegaron a Nuevo México fue con la expedición de Pánfilo de Narváez de 1528. Si quizá no se le recuerde en la historiografía española es porque la expedición fue un desastre y porque Pánfilo fue un pésimo comandante. Nacido en la segoviana Navalmanzano se le conocen andanzas por América, primero en Jamaica y posteriormente en Cuba como subalterno de Diego Velázquez, el mismo que mandó a Hernán Cortés de exploración a lo que hoy llamamos México y que luego patrocinó una segunda expedición para arrebatarle el poder que Hernán había adquirido. 

Entre los castellanos que comandó Narváez en Cuba estaba un tal fray Bartolomé de las Casas, personaje clave en las Américas y posteriormente defensor a ultranza del trato humanitario a los indios prosperando en forma de leyes de obligado cumplimiento para todo comandante, gobernador, hacendado o religioso que estuviera en tierras americanas. De las Casas como es de suponer vio en los hombres de Narváez —y en un pasivo responsable de lo que hacían aquéllos— la brutalidad que le encomendó a dedicar parte de su vida a la protección de los indios .

(Supuesto) retrato de Pánfilo de Narváez [Terranoca]

Asegurada completamente Cuba y ante la insubordinación de Hernán Cortés fue Pánfilo de Narváez quien intentó reducir a Cortés con el único éxito de debilitar la posición castellana en México cuando se les había expulsado de Tenochtitlán y a punto estuvo de impedir conseguir el imperio azteca lo que hubiera dado un giro radical a la historia de ambos continentes. Llegó incluso a negociar con el propio Moctezuma para conseguir reducir a Cortés lo que da una idea de que servía sólo a los intereses de Velázquez —y los suyos propios— y no a los de la Corona de Castilla. O era demasiado estúpido para comprender la diferencia entre ambos extremos. 

Hernán Cortés, infinitamente más hábil en el campo abierto, consiguió hacer que buena parte del ejército de Narváez se pasase a sus filas y acabó apresando a su comandante. Aunque Narváez se tomó venganza en forma de conspiración contra Cortés a su vuelta a Castilla porque en "campo cerrado", en los despachos, sí gozaba de la habilidad que carecía como comandante o expedicionario.

Pasado el episodio mexicano, el 17 de junio de 1527 Pánfilo de Nárvaez encabezó una expedición que partiría desde Sevilla/Sanlúcar de Barrameda, como todas las americanas pues tenía el monopolio la Compañía de Indias, rumbo a La Florida, la península norteamericana al sureste de los actuales Estados Unidos. Seiscientos hombres —que se redujeron a cuatrocientos en la escala cubana— en cinco navíos pobremente equipados para arribar a La Florida ya precariamente

Posiblemente engañados por los indios se les conminó a explorar por tierra para llegar al clásico lugar en el que caen todos los avariciosos: una ciudad colmada de oro. Desastre tras desastre, atosigados por los indios, en condiciones cada vez más precarias, con canoas de fortuna, con grupos dispersos y con el pobre liderazgo de Pánfilo de Narváez éste encontró la muerte arrastrado por las aguas al igual que la inmensa mayoría de la expedición. Excepto cuatro hombres.

Naufragio de la expedición a La Florida de Pánfilo Narváez [Estudio Historia]


Cuatro supervivientes, Andrés de Dorantes de Carranza, Alonso del Castillo Maldonado, Estebanico y Alvar Núñez Cabeza de Vaca lograron una de las mayores hazañas de supervivencia que jamás se han logrado: durante años, haciéndose pasar por milagreros, huyendo de captores, caminando durante miles de kilómetros durante seis años que les llevó a cruzar Texas, Nuevo México, Arizona, pasando mucho tiempo entre distintas tribus sin ser atacados gracias, en parte, a las habilidades de Cabeza de Vaca para sanar rezando avemarías, consiguieron salvar la vida y poder contarlo. 

Pudieron observar a indios nómadas pero también asentamientos con casas construidas en adobe, inmensas extensiones de terrenos semidesérticos, fabulosas manadas de bisontes y como vagabundos y tras ocho años desde su partida, el 1 de abril de 1536, llegaron al Pacífico, en la actual ciudad mexicana de Culiacán. Al buscar épica en el diccionario debería aparecer el retrato de estos cuatro hombres. Se les llamó los aparecidos y es que "volver a la vida" tras varios años dados por desaparecido como poco causa admiración.

Ruta seguida de Álvar Núñez Cabeza de Vaca [Estudio Historia]


Fueron, efectivamente, los cuatro primeros no indios originarios que pisaron Nuevo México que obviamente estaba habitado desde hacía miles de años en las progresivas oleadas de tribus que cruzaron el estrecho de Bering y que se extendieron por toda América. Liderados magistralmente por Cabeza de Vaca estos aparecidos consiguieron salvar el pellejo de mil y un avatares y contra todo pronóstico y con la colaboración de los indios que se fueron encontraron por el camino que les dejaron seguir viviendo no sólo salvaron su pellejo sino que llegaron con nuevas.

(Otra versión de la historia afirma que Cabeza de Vaca y sus compañeros no llegaron tan al norte en Nuevo México y los mapas creados por estos estudiosos los ponen en El Paso pero siguiendo hacia el oeste. Estando por la zona de El Paso hubieran visto asentamientos, huellas y presencia amiga, española muy posiblemente, se hubieran dirigido al sur hasta otras localidades españolas y nunca se habrían dirigido al norte siguiendo el río Grande y al oeste hasta el Pacífico.)

Retrato de Álvar Núñez Cabeza de Vaca [Diario de Burgos]


Sigamos. Nos habíamos quedado en las nuevas. Cuando volvieron y mucho antes de que Cabeza de Vaca publicara Naufragios, el relato de su epopeya por tierras americanas, se extendió la información de que los supervivientes habían tenido noticia de las Siete Ciudades de Cíbola, un reino opulento de riquezas por conquistar y que espolearía a nuevas empresas españolas en busca del ansiado Dorado con el que nadie conseguía encontrarse.

Lo de Cíbola venía de un libro de caballería de Amadís de Gaula publicado en 1508: según este libro siete obispos huyeron de España al ser invadida por los musulmanes en el siglo VIII por lo que cogieron unos grandes tesoros y se los llevaron al otro lado del Atlántico para que no cayeran en manos musulmanas. Una vez en América fundaron siete ciudades bañadas de oro y riquezas y los aspirantes a colonizar Nuevo México pensaron que eran éstas. A Cervantes, que ridiculizó las novelas caballerescas, le quedaban aún algunas décadas para nacer cuando se publicó el libro de Amadís de Gaula e hizo bien en criticar los panfletos caballerescos que inducían a soñar en realidades que no eran más que fantasías.

El caso es que una epopeya de supervivencia tornó, sin mediar declaración de los mismos, en visiones de florecientes ciudades donde todo era riqueza y opulencia. Y es cuando lo que actualmente es Nuevo México entró a formar parte del interés de unos y otros, gobiernos y tramperos, y la relación entre ambos pueblos por algunos siglos.


Pánfilo de Narváez [Real Academia de la Historia] │ Cabeza de Vaca: Su primera odisea americana (1527-1537) [Estudio Historia] │ La increíble historia de Cíbola [La Razón] │ «The Pueblo Revolt: The Secret Rebellion that Drove the Spaniards Out of the Southwest» (David Roberts) │ «La rebelión del odio. La insurrección de los indios Pueblos en 1680» (José Enrique López Jiménez) │ «Banderas lejanas. La exploración, conquista y defensa por España del territorio de los actuales Estados Unidos» (Fernando Martínez Láinez, Carlos Canales Torres)



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21 de diciembre de 2017

11 de diciembre de 2017

Paynalton, el corredor veloz de Moctezuma

Morton, neuroma de Morton. En esto se ha resumido mi temporada. De una molestia inicial de origen desconocido a jugármela a una carta media una temporada. Para quien no lo sepa, un nervio del pie por alguna razón trabaja en exceso, se irrita y/o engrosa y te limita enormemente correr. Y es tremendamente doloroso. Mi solución fue usar zapatillas de mediasuela alta para minimizar la fuerza del impacto, pero tras dos esguinces serios de tobillo -por no hacer propiocepción desde hace meses- y sobrecargas excesivas en tríceps sural -por drops bajos- me retrasaron, una vez más en la temporada, porque aunque el objetivo lo tenía más o menos claro, conseguir la tranquilidad para coger forma fue un ejercicio de paciencia que puso a prueba, otra vez más, si de verdad quería o no hacerlo. Cuando pasas por lo que he pasado este año tienes la convicción de que quieres hacerlo y el motivo. Qué fácil es escribirlo y cuánta energía invertida hasta que estás convencido de ello.

Tanta duda hizo que retrasase el viaje todo lo que pude, y tras una excelente semana de 200 km fui cayendo en una apatía física y en sensaciones pobres hasta que a unos diez días vista saqué la Visa de paseo y reservé vuelos. A una semana de salir estreno zapatillas, al estar nuevas me producen molestias, no son lo suficientemente anchas (creo) y ya no me da tiempo a domarlas, habrá que hacerlo los primeros días. A menos de una semana de tomar el vuelo descubrí que la ruta no tenía 360 sino 420 km y a cinco días mis hijas me regalaron un bonito virus estomacal. Mira que siempre me digo que voy bordeando el precipicio y que un día voy a caer, pero lo de esta temporada lo supera todo, o eso creo, quizá por tenerlo muy presente aún. Algo débil por el virus, con muchas dudas por el pie, con ciertas reservas por mi seguridad y sin un plan bien trazado me presenté, con siete horas de desfase horario, en el aeropuerto de Ciudad de México sin saber qué día iba a empezar y ni siquiera cómo iba a llegar al punto de salida. No es por darle épica, que no la tiene, es por poner en perspectiva el descontrol tan importante que llevaba en cuerpo y cabeza. Y aunque las cosas que me producen respeto siempre me hacen estar alerta -los débiles lo llamarán nervios, qué sabrán ellos-, con un par de decisiones rápidas se fueron calmando. Pero me lo digo una y otra vez: esto no es sano, no es sano empezar la temporada lesionado, ni dejar el track para la última semana, ni saber adónde cojones vas, ni saber ni cómo ni cuándo vas a salir, ni dónde dormir, ni qué vas a comer.


Tras dormir un rato -no llegó a cinco horas- nos planteamos cómo haría/haríamos. Luis Guerrero le pone el plural. Conocí a Luis en Wadi Rum, en Jordania, en el año 2001, mes y pico tras los atentados del 11-S en Nueva York, en el desierto en el que se coronó para la historia a un tal Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia. Era mi primera gran carrera y pronto el idioma y lo que nos esperaba por delante hizo que congeniáramos. Muchas horas después bajábamos hacia el famoso cañón de Indiana Jones perseguidos por una corredora que con muy mala educación nos quería quitar un puesto que era nuestro. Sobre el desmayo en la habitación del hotel abriéndome la ceja hablo otro día. Pero lo que importa, de esa dura y bonita experiencia, es que surgió una amistad, mantenida con varias visitas de Luis camino de la Marathon des Sables y, finalmente, devolviéndola mucho después con la excusa de correr siguiendo los pasos de otros corredores.

En algún momento de la mañana siguiente a mi llegada, cuando empezaba a ponerme un poco tenso Luis dijo: "venga, nos vamos en mi moto y ya vemos qué hacemos". Una vuelta para alguna compra de última hora -con "multa", léase soborno, a policía incluída-, un cambio de pastillas de freno y Luis, Mati y yo rumbo a Veracruz tras reservar un alojamiento por Airbnb minutos antes. Mati, Matilda, es la perra de Luis. Igual que en la crónica de la Spartatrail despotriqué contra los perros -lo repito, contra sus dueños que los educan mal o no educan-, ahora no me duele una pizca contradecirme -porque no lo es- que si todos los perros fueran como Mati hasta yo tendría: qué perra más maja, cariñosa y buena. La diferencia es la educación y por eso cada vez estoy más convencido de que los perros con sus dueños deberían ir al colegio por ley, y si no no se debería poder tener perro. Veracruz está en la costa Atlántica, unas cuantas horas al este, y nos llevó más de lo que pensaba, pasé algo de frío y llegué bastante cansado. Compramos algo para desayunar, y a dormir. Ni seis horas después estaba en pie. Recuerdo, jet lag de caballo, pie lesionado, virus aplacado pero que era fácil pensar que tuviera alguna influencia y temperatura prevista de 32 ºC y un montón de humedad. Ya estaba allí, salir iba a salir, pero adónde voy así.

Para rematar, cuando llegamos a lo que sería mi salida, al dar la vuelta con la moto, resbala la rueda delantera con arena de playa y nos vamos al suelo, me clavo la estribera y nos cuesta dios y ayuda levantar los doscientos y pico kilos del suelo. A ver si alguien "de ahí arriba" me está diciendo que no salga por si acaso...

Joder, joder, joder, venga tranquilo, ya estoy aquí. Por casualidades de la vida, hoy justo hace 498 años que Hernán Cortés y los suyos llegaron a esta costa, lo vi cuando ya tenía los vuelos reservados y tenía la fecha de salida "fijada". Siempre tengo dudas de si hacerlo todo al «estilo pim, pam, pum» (llegar, ir a a la salida y a por ello), lo mejor del mundo no tiene pinta de ser porque no tengo ninguna consideración por factores externos, como meteorología, cambios horarios ni nada que se le parezca, quiero llegar y salir porque si no no me lo voy a quitar de la cabeza hasta que dé mi salida, pero sé que asumo riesgos, y no pocos, he pegado algún reventón serio por hacerlo así. Miro al amanecer, de donde vinieron mis compatriotas para cambiar este mundo, últimos y confusos pensamientos, cuatrocientos veinte kilómetros por delante. Sólo hay que ser valiente para hacer clic en la reserva de billetes (o en la pasarela de pago de la inscripción de una carrera) y para darle al Start del GPS.



Le doy. Sigo teniendo la misma incertidumbre que un segundo antes, pero estoy en marcha. Ninguna felicidad interior, sólo liberación. Me muevo. Cuántas dudas he tenido este año, cuántas me quedan durante la próxima semana pero por fin suelto las ataduras del pasado, incluso las del futuro, ahora es presente y me encanta la sensación, voy algo tenso, intento correr relajado, suelto brazos y manos para tratar de sentir lo que ahora no siento, a veces hay que "forzar" la relajación para que se convierta en algo natural, lo suelo hacer con un braceo fácil y con los músculos de la cara, relajando el gesto.

Los primeros kilómetros sé que son urbanos, primero, por una Veracruz (Boca del Río, realmente) que parece Benidorm; luego carretera, cruzo un pequeño pueblo y me salgo por un puente de tren cruzando un río, un poco de vía y pistas. En diez kilómetros «entro en carrera», ese estado psicológico en el que no vas tenso pero tampoco relajado, lo ves todo, lo sientes todo, miras compulsivamente el GPS, te cuidas, lees las sensaciones de tu cuerpo, eres un todo, eres un corredor con cuerpo y cabeza, pero también con GPS, agua y comida, todo en uno, todo funciona, la mochila va perfecta, no te pasas cruces, te distraes por la novedad, recuerdas cuando hiciste el track y estás ahí, ya no a vista de pájaro sino a ras de suelo. Nunca he dejado de sentir la sensación de estar «dentro» en una carrera o ruta exigentes, no puedes no estarlo, la sensación es fantástica porque por fin confluyen entrenamientos y competición, pasado y presente, sueño y realidad.

En este caso esta ruta tenía un componente añadido: la seguridad. Cuando me alejé del asfalto y de las poblaciones comencé a sentir ese pequeño peso extra. Nunca he ido y espero nunca ir a ningún sitio que considere peligroso o arriesgado, México no es precisamente conocido por su seguridad, pregunté si por donde me movería era delicado y, con la poca certeza de los comportamientos humanos, tan variables y volubles ellos, me dieron alguna pauta pero luz verde. Pero otra cosa es verte en medio de la "nada", solo, con mi mochilita y con cientos de kilómetros de incertidumbres por delante. Cada motillo que oía era una leve sospecha, cada agricultor que me miraba con curiosidad un posible jaleo y sin embargo ahora sé que no tuve el más mínimo problema de seguridad, y aunque confío bastante en la humanidad -especialmente en la rural- necesitaba mi tiempo y ver comportamientos y reacciones. Las pistas eran de larguísimas rectas, eventualmente me cruzaba con alguien, una vez me paré a hablar con un paisano para preguntarle qué cultivaba y tiempo después la luz ya estaba naranja oscura, tirando a rojo. Tras 41 km estaba degradándome rápidamente,  levemente aturdido y no pensaba con toda la claridad del mundo. Primera etapa, momentos de bastante calor, debilidad, tenía todas las alertas retumbando en mi cabeza como para saber que tenía que tomarme un descanso, y sin forzar más, en una sombra, me senté a tratar de recuperar y comprender qué ocurría, porque algo ocurría. Justo cuando lo hago aparece Luis (y Mati), llevábamos unas tres horas sin vernos, descanso quince minutos y retomo la marcha algo recuperado y con cautela, creo que es la combinación de calor y humedad, y poco antes de llegar a la primera meta ya sabía que había estado rondando un golpe de calor, algo extraordinariamente peligroso no sólo para el desempeño físico de un reto si no para la vida de uno, no precisamente sobrado de agua, sin nadie cerca, podía haber sido una situación delicada, pero esa oportuna parada fruto de un análisis correcto de la situación me hicieron sólo bordear la catástrofe. Bien por mí, esta vez mi juicio fue lo que tenía que hacer.


Levemente recuperado me pasa una motillo con un chico a los mandos y dos mozas detrás. Poco después les veo parados con Luis, me quieren dar un ramo de flores, que educadamente rechazo, y las chicas se quieren hacer una foto conmigo. Sin comentarios. Foto de auténtica vergüenza, y qué poca tengo para colgarla aquí. Vengo tostado, razonablemente deshidratado pero sé que estoy cerca. Hoy sólo puedo hacer 55 km, tengo mi meta a menos de cinco y sé que voy a salvar la temida primera etapa. Acabando me empieza a molestar el pie, ahora sé que fue pasajero y también sé que no hay nada como una tirada larga para hacer la zapatilla a tu pie, la "desparramé", ganó anchura y no me molestó más, de buena me libré, aunque en ese momento no lo sabía, claro. Llego entero y hasta hay habitaciones en el hotel del pequeño pueblo en el que paramos, aunque he de reconocer que no me preocupaba, porque teniendo vehículo disponible es un problema que sencillamente deja de existir. La diferencia es abismal, así de claro, ir sin saber dónde vas a dormir (como haría más adelante), saber que comerías antes o después pero que lo harías, y tener a alguien a "un rato" en caso de necesidad (y cobertura) es tremendamente relajante, relajante si sabes lo que es lo opuesto, vas en un pequeño pero perpetuo estado de tensión que supone un desgaste real y continuo, que sólo si lo has vivido sabrás que es de todo menos agradable cuando lo sumas a todas las variables de toda ruta exigente, desconocida y que debes hacer "a flash", a la primera, sin pruebas, entrenamientos ni tentativas.

Excelente ritmo, sin agotarme, salvando un set point y con hambre, perfecto, no se puede pedir más. Ducha rápida, me visto "de calle" y a reponer calorías. Llegando tan pronto me da tiempo a comer y cenar espaciando las comidas, así se empiezan los retos, joder. Y qué pocas veces lo hago.


No duermo demasiado -no lo haría en toda la semana-, me levanto razonablemente bien, enciendo el móvil y me entra un Whatsapp, un amigo se divorcia, con niños de por medio y no va a ser amigable. Minutos después entra otro, muerte familiar, sabía que no la iba a volver a ver con vida pero ahora ya tengo la certeza. Me dejan un cuerpo raro. En un rato estoy desayunando un tanto confundido y supongo que algo callado, me esperan unos 60 km por delante y no tengo ahora la cabeza en el sitio. Cuando salgo a la calle intento centrarme y cuando unos cientos de metros después entro en camino e importa la orientación intento desconectar, aprovecho que no hace calor, que el aire está limpio y claro y la siempre sugerente luz de poco después del amanecer, la tranquilidad del lugar y la novedad de todo lo que veo hacen de bálsamo para otras preocupaciones. Poco después me alcanza Luis, una moto no permite llevar mucho equipaje, pero lo bueno de que sea de trail es que me puede acompañar en tramos, como este, el más revirado, "técnico", alejado de la civilización y puñetero, unas cuantas buenas subidas pendientes, alguna zona pedregosa, un sendero de los que pienso cómocoñoviestoenGoogleEarth, un vadeo de un río que me tenía algo preocupado y poco después un puente nuevo con el anterior arrasado por unas inundaciones hace pocos años.


Este tramo ha sido curioso, gente muy muy alejada de la civilización -o lo que entendemos como tal-, gente bastante alucinada de ver a un tipo corriendo -y una moto como dios manda, no un ciclomotor con cuatro personas-, vida al límite de la supervivencia, casas realmente miserables y gente sencillísima. Como turista, estoy bastante sorprendido de las diferencias entre la capital que ya he atisbado y esta parte tan rural y alejada de lo que se supone que es un país del primer mundo, la forma de vida me recuerda a cuando estuve en el Amazonas, donde la gente aparentemente no pasa hambre, pero excepto lo más básico, el resto debe de ser ganado con sangre, o no ganado, una pequeña moto para acercarse a comprar suministros, una rudimentaria instalación eléctrica, y poco más. No quiero imaginar la educación que recibirán algunos de los niños que veo o qué pasará cuando surja un problema sanitario. No es que venga yo precisamente del país más evolucionado del planeta, pero me sorprende esta realidad, que lo es, de México, sobre todo cuando ya había echado un vistazo a su capital y no tiene nada que no tenga, especialmente su centro, cualquier ciudad europea.

Cuando salgo de la zona "amazónica" pega el calor de una forma seria, 33 ºC decían las previsiones unos días antes, y alta humedad. Acertaron, o casi diría que se quedaron cortos. Tuve que parar veinte minutos a refrescarme, y luego siempre que veía agua me empapaba, pero en cinco minutos estaba otra vez seco, otra vez a empaparme... las desventajas de tener la camiseta con el material que seca más rápido del mundo, quizá aquí una de algodón hubiese venido bien, mientras tanto iba lidiando como podía el intenso calor y las consecuencias de él. De nuevo considero que actué con buen juicio, pararme tantas veces a mojarme, el ritmo cansino y la constante preocupación por impedir que la temperatura corporal aumentase me ralentizaron pero quizá me salvaron el día.

Tener un vehículo me permitió hacer un "truco"y es que en esta segunda etapa o me quedaba corto de kilómetros con unos "ridículos" 55 o me iba a más de 70: como por una vez me pueden llevar y traer, vamos a aprovecharlo, sigo algo más y mañana arranco desde el mismo punto. Suena fácil, pero pasar por delante del hotel (hostal más bien) con 60 kilómetros en las piernas -el desfase de 55 es el clásico 10 % de Google Earth a Google Land- y obligarme a seguir algo más fue un ejercicio de fortaleza mental interesante. Es la única vez que aproveché la ventaja de ir acompañado, porque en cuanto a material, comida, agua y lo que necesitara, iba todo encima, siempre, nunca dependí de nadie más excepto de lo que llevaba en mi mochila y lo que iba comprando sobre la marcha, que difiere muy notablemente a llevar asistencia. Este segundo día ya pagué ligeramente el esfuerzo, los kilómetros finales, por una carretera concurrida y algo delicada por el tráfico fueron lentos y pestosos, pero alargué ese poco más que me quitaría al día siguiente. Hice las etapas a 60 km, sin mirar desniveles, si había alojamientos ni nada, sólo los tres primeros días creía que podía haber, a partir de ahí, sorpresa, en un alarde de pobre preparación que no debería repetir. Ya ya. Diez kilómetros más que ayer, más lento, más desnivel: comida y cena se van juntando. Las tareas domésticas, ducharse, lavar ropa, tender, comer, mirar tontunas en el móvil, llamar a casa, automasajearme como si sirviera para algo, cenar, acostarme, se iban comprimiendo y apenas me dejaban ya demasiado tiempo libre, pero en general lo llevé bien y con tiempo para casi todo sin grandes apreturas, lo que se agradece tras largas jornadas de acción tras las que a pesar de todo lo que queda por hacer, al menos no quieres ir estresado con que no se seque la ropa o a ver dónde puedo cenar algo.



Para la tercera etapa tenía un objetivo diferente al de llegar: necesitaba dinero. No había podido pagar nada con tarjeta -ni pude toda la semana excepto en un sitio-, se me acababa el metálico y necesitaba dinero como fuera. Una tontería así puede agobiar lo suyo y no era descabellado que me quedara "atascado" en algún lugar sin recursos económicos y sin poder dormir o comer. Tras acercarme Luis al punto donde lo dejé el día anterior, por la misma carretera pestosa y con tráfico, me dispuse a pasar lo mejor que pude una etapa que tenía pinta de ser fea y aburrida, casi todo por asfalto, pero es una zona de un valle donde las grandes localidades se suceden. En la primera, Córdoba encontré mi cajero, ¡yeah!, nunca me había alegrado tanto de ver el horroroso logo del Banco Santander (en serio, hasta yo lo puedo hacer mejor, os cobro poco), saqué dinero y me quité un peso de encima, era algo que no podía controlar por mí mismo, en lo que era vulnerable y que me estaba empezando a estresar. Callejeo y a por la siguiente localidad... ¡oh wait!, ¿eso eran zumos de naranja? Tiro de freno de mano y media vuelta. Todos los pueblos de México tienen muchos sitios donde comprar algo de comida -abarrotes se llaman-, muchas veces son casas particulares que abren una pequeña habitación al exterior para vender algo, generalmente la oferta es bastante sencilla y limitada, pero suficiente para un corredor hambriento. Generalmente comía un par de yogures pequeños (2x200 ml aproximadamente), algo de bollería industrial o un helado, puede que un zumo, quizá una pieza de fruta si había y me entraba por los ojos y puede que algo más. Súmense a ojo las calorías, claramente insuficientes pero así tiraba. En un par de ocasiones creo recordar que me compré una botella de agua, pero lo normal era hacer los 65 kilómetros de media con un litro, que nunca llegaba a acabarme. Creo que ambas cosas, comida y bebida que ingería, están al alcance de pocos corredores pero concretamente en México no es gran problema en encontrar puntos de avituallamiento, aunque también hay algunas zonas donde es imposible (en la primera etapa, por ejemplo, del diez al final). Luis alucinaba con lo poco que comía y bebía, realmente el cuerpo no me pide mucho más aunque debería forzarme a comer y beber con bastante más abundancia y frecuencia, especialmente cuando ya llevo un par de días soy un auténtico diésel, lento, consumo bajo, metabolismo en stand by. En general creo que es una ventaja poder hacer grandes kilometrajes consumiendo poco porque te permite hacer según qué cosas, literalmente vetado si no consumes muy poco o vas asistido, pero es fácil abusar y tener un rendimiento de montaña rusa o acabar meando sangre. O las dos cosas. No me importaría saber hasta dónde puedo llegar con un litro de agua apurando, no lo voy a hacer porque te puedes hacer daño de verdad, pero creo que bastantes decenas de kilómetros, un centenar de kilómetros sin temperaturas cálidas posiblemente, pero me voy a quedar con la duda por el bien de mi riñón.

Fortín de las Flores, una bajada tranquila; carretera de subida, otro espectacular alarde de GPS-sendero inapreciable-el instinto me dice que por aquí-cojones qué buen ojo tengo a veces; Cautlapan en una única recta; puertecillo de subida; Ixtaczoquitlán; Orizaba, helado para la buchaca; Río Blanco; Nogales; Ciudad de Mendoza, pequeño helado, vía de tren; final realmente bonito por una antigua vía de tren, con túnel y desprendimientos incluidos, río al fondo del cañón y un poco después, Maltrata, ya a 1800 m de altitud. Luis se ha encontrado con unos moteros y uno le ha ofrecido dormir en una consulta (era médico), yo había encontrado un sitio por internet muy modesto, pero decidimos esperar en el zócalo (plaza). Me puse ciego a pizza, buenísima. Un poco harto de esperar busco un alojamiento y bingo, sí que hay, allá que nos vamos. Muy sencillo, casi me hacen ducharme con agua fría, y al rato a cenar en el animado zócalo, que debe haber fiestas (no son las primeras ni las últimas que encontraría). Alma tranquila, cuerpo cansadillo pero entero, disfrutando la experiencia. Si hubiesen sido 360 km estaría en la mitad, momento que psicológicamente es muy reconfortante. Pero es que tampoco me iban a salir 420 km porque al menos iba con un desfase de cinco kilómetros por jornada, ya lo estaba viendo: por qué será que los desfases siempre son exceso, en tu contra, y nunca te encuentras con la sorpresa de hacer 10 km menos un día. Mañana se iría Luis y me dejaría ya enfilado para lo que quedaba por delante, se me acababa la red de seguridad, no importa, he hecho cosas más difíciles solo desde el principio, pero eché de menos la conversación y saber que alguien estaba por ahí cuidando un poco de mí. Me sentía con fuerzas, seguro al ir ya descubriendo este bonito país y sus gentes y con el reto razonablemente encarrilado. No había cometido grandes fallos, estaba comiendo bien, el cuerpo me respondía y estaba tranquilo de cabeza. Tras 180 kilómetros en tres días no puedo pedir más.



La salida de Maltrata incluía un casi Kilómetro Vertical, en un cauce seco me despido de Luis e inicio la ascensión... erróneamente. Tras alguna decena de minutos reconozco por fin que no es ese el camino y que voy a complicarme la vida, doy la vuelta muy a mi pesar y deshago casi todo lo andado. Bien. Miro el paredón que tengo enfrente e intuyo un sendero... ¿no será por ahí, no? Era era. No de manos pero de uñas de los pies, sí. Sin prisa, tengo todo el día. Entro en bosque, cada vez más denso y el track se convierte en cada vez menos confiable: trazar tracks en bosque con foto aérea es un juego peligroso, intuyes claros que asimilas a senderos, es muy fácil fallar y empecé a navegar a sentimiento, por pura intuición. Después de un buen rato oigo una motosierra, inmediatamente pensé en que eran ilegales sacando de la naturaleza lo que no pueden sacar por otros medios -legales, digo- y agucé los sentidos. Un rato después, inevitablemente enfilando la dirección de la motosierra veo lo que parece un horno, posiblemente quemen la leña para hacer carbón vegetal, y unos plásticos a modo de tienda de campaña de fortuna. Voy tenso, nunca pensé en darme la vuelta y bajar y me encontrara con quien me encontrara para él o ellos sería una sorpresa y no me gusta darle una sorpresa a nadie con motosierra, que está haciendo algo ilegal y que no es difícil pensar que vaya armado en este país. En cuanto los vi les hablé en alto para llamar su atención, amable y precavido por mi parte, sorprendidos y en alerta por la suya. Afortunadamente era una pareja de personas mayores, no digo que incapaces de defenderse pero difícilmente tendrían ninguna actitud ofensiva, especialmente yendo solo y sin visos de denunciar, engrilletar o montar ninguna trifulca. Cortésmente me indicaron cómo se salía del laberinto en el que me había metido, incluso la señora me acompañó un poco, iba desviado, lo sabía, y pronto encontré el sendero y mi tranquilidad. Repito, nunca pensé en darme la vuelta y sabía que me estaba metiendo en una situación potencialmente peligrosa: ambas frases no deberían ir juntas y no estuvo inteligente por mi parte seguir y afrontar lo que pudiera venir cuando tenía alternativa, en circunstancias así se fraguan auténticos desastres. Enorme error por mi parte. El juicio se me quedó en Maltrata, está visto.

Al coronar, a mi derecha pude ver el pico Orizaba, con el cono nevado, espectacular, está a muchos kilómetros y se ve cerca, vaya postal me llevo en mi memoria. Pistas tranquilas, algo de civilización, unas bajadas, unos perros gilipollas, una pérdida de una almohadilla que llevo en el hombro para que no me moleste el Spot. Y cuando bajo a un valle, estoy en otro México, semidesértico, seco, caluroso y polvoriento. Vaya cambio.

Una zona "de las mías" consistía en cruzar unos montes, al principio por camino, luego sin él. Era una zona de grandes cactus y otras plantas "amigables" con la piel humana. Estaba un poco sorprendido de ir campo a través sin mucho rumbo más que el "to palante", tiempo después encontré un sendero y justo cuando iba a llegar a una doble huella de coche, ¡zas!, brutal torcedura de tobillo. Aparte de acordarme de muchas divinidades, me apenaba volver a caer en lo mismo, otra vez; en el suelo, en esos segundos que tan bien conozco de intenso dolor (recuerdo, zapatillas de mediasuela alta, daño mayor) veo que no llevo el cordaje como debiera. Ni que decir tiene... que no lo cambié, para qué... Muy dolorido fui andando lentamente, a duras penas haciendo el gesto de correr, y finalmente corriendo con dolor. Un rato después era pasado, sólo quedaban unos ligamentos al dente y un orgullo magullado. Qué presente tengo la sensación de la torcedura y cuánto daño me ha hecho no poder olvidarla en mi vida deportiva.

Infinitas rectas serían el menú de varias horas. Polvorientas, calurosas, feas y algo descorazonadoras, pero unir puntos de un mapa implica en ocasiones partes no especialmente bonitas ni interesantes. A las 14h00, la llamada diaria a casa, antes de que se acostaran mis hijas. Como casi siempre, con problemas de cobertura, por mi móvil, la SIM o ambos, hacían que apenas pudiera hablar, y cuando ya tenía wifi hacía horas que estaban profundamente dormidas. Poco después empecé a llamar antes de arrancar la etapa (07h00), su hora de comida, aunque como ya me pasó cuando estuve en Estados Unidos, alguna tarde-noche se hacía algo solitaria cuando casi todo mi mundo estaba durmiendo.

En Tecamachalco dormí en un sito bonito, tranquilo y moderno, comí de maravilla unos crepes y tuve unas agradables conversaciones con la señora que regentaba el local. Un paseo, un poco de fruta. Me gusta estar entero, no tener que tirarme destrozado sin poder moverme de la cama. Me gusta estar sólo muy cansado. Ha sido un día largo, intenso y duro, pero no estoy llegando al límite, me permite pensar y sentir, no sólo sufrir, veo, hablo con algún lugareño y aprecio la experiencia, todo encaja. Y he superado la mitad, lo que me anima aunque aún tengo casi doscientos kilómetros por delante. ¡Doscientos! A veces te metes en tu mierda mental de corredor de larga distancia y pierdes la perspectiva, estoy corriendo maratón y media al día, solo, con mi pequeña mochila con lo justo, no llevo ni 300 kcal encima, nunca más de un litro de agua, no sé dónde voy a dormir, me quedan cientos de kilómetros, a quién cojones se le ocurren estas cosas. Y sin embargo me siento bien, no estoy sufriendo, me estoy esforzando mucho, son muchas horas y muchos kilómetros, llego a diario tirando a hartito, pero me siento vivo, lo veo todo, lo oigo todo, aprendo de mí, de este país, de la gente, cada zancada es nueva, una que nunca había hecho, una que nunca volveré a hacer, nunca, jamás, lo que sienta aquí y ahora será irrepetible, el aquí y el ahora, lo bonito de situarte en las coordenadas en las que quieres estar. Bonito, emocionante e intenso. También duro, porque al final lo busco, con todo el respeto que me da, con lo que pagaría por poder correr sin dolores ni sufrimiento, al final, muy al final, la dureza le da buena parte del sentido a todo esto, me jode reconocerlo, porque sé que seguiré haciéndolo alguna vez más, y con este estilo, apretándome, por que 30 km al día no me valen, en esto no, ni ir como un turista más, hoy y aquí no, la experiencia que he querido buscar es esta porque me lleno de esta manera. Soy un puto retorcido y se me crea cuando digo que muchas veces anhelo normalidad, poder hacer las cosas de otra manera, que sí, que es muy bonito sentir así, pero que lo que hay que pasar es un peaje alto. Hoy me compensa, no sé mañana.



Otra noche que duermo raspando las cinco horas, pero por sueño no necesito más, vaya usted a saber el porqué. Pero el cuerpo, los músculos opinan otra cosa. Me levanto doblado. Otra vez que desayuno cuatro mierdas -sólo el próximo hotel tendrá desayuno, ¡en una semana, por dios, con lo que me gusta el desayuno!-, me preparo con lentitud, mareo la perdiz hasta hacerla vomitar varias veces y cuando no tengo más vueltas que dar, salgo a la quinta etapa. Un poco de asfalto, mucho tráfico, una zona muy pobre, campos, caminos sucios (por primera vez), largas rectas, campos agrícolas, aburrido.

Sencillos pueblos se suceden, todos parecidos, bastante pobres, con sus tiendas para aprovisionarme, una calle principal de asfalto y el resto muchas veces de tierra, casas sencillas, gente muy humilde, sorprendidos de mi presencia, pero siempre amables y educados. Solía ser yo quien daba los buenos días porque era el que sorprendía, siempre tenía educada respuesta. Gente sencilla, educada y de vida sin lujos, pero creo que lo mejor del país, una vez más y como casi siempre me ocurre cuando viajo por ahí, la gente es lo que vale de este mundo, los paisajes están bien, los animalicos y las planticas, que sí, los monumentos y los museos, pero nada comparado a una frugal charla con un desconocido al que no volverás a ver en la vida, un saludo de unos niños que van tan alegres al colegio, o la mirada curiosa de un viejecillo que creía haberlo visto todo hasta que le aparece al doblar una esquina un tipo con pintas raras y corriendo. A ver si esta gente tiene candidatos políticos menos corruptos a los que votar y despega este gran país, se lo merece.

Todo me parece un poco igual, amplios campos la gran mayorìa trabajados por mujeres y nula maquinaria agrícola, sencillos pueblos con poca personalidad, largas rectas donde relajar la vista y con el pensamiento de llegar a una importante ciudad. La etapa debía acabar en Puebla (en realidad Heroica Puebla de Zaragoza), una urbe de millón y medio de almas (tres en el área metropolitana) y dudé en si dormir en un par de hostales de mala pinta en barrios peligrosos, o ir al centro que pillaba a bastante distancia. Solución intermedia: iría al centro, que tenía entendido que era bonito, pero lo haría en taxi. Reservé la noche anterior e iba tranquilo, pero el reencuentro con una gran ciudad se me haría raro. La etapa no tuvo mucha trama, avanzar por este ecosistema intermedio entre el amazónico y el desértico, con calma, empapándome poco a poco del México que iba viendo... pero tras una loma divisé a lo lejos la gran ciudad, un pequeño shock, qué fácil me habitúo a ir por el campo perdido de la mano de dios y lo raro que me resulta volver al mundo humano. Unos minutos después estaba en una carretera de entrada y poco después cojo un desvío que no entiendo bien. Y me meto en la boca del lobo. Le echaremos la culpa a Google Earth. Madre mía dónde me metí. Una barriada muy pobre y polvorienta, me sentí inseguro y no me gustó nada. Nada de nada. Cuando salí respiré aliviado pero este tramo era innecesario. Pero ahora viene lo bueno: la salida de mañana son varios kilómetros de lo que parece, a vista de ortofoto, lo mismo o peor. Tras el sobresalto, mucho coche y mundo urbano, llego a la pasarela que es la meta de hoy. En dos minutos estoy volando en taxi al centro, una animada charla, un precio ajustado y de repente estoy en un precioso casco histórico de corte colonial que me encanta. No he podido acertar más eligiendo dormir en el centro, me doy los paseos que me dejan mis cansadas piernas, pero lo poco que vi del centro de Puebla es realmente bonito, agradable, de vida vibrante y con un porte que no muchas zonas de América tendrán. Como-meriendo bien, ceno bien, paseo diurno y nocturno, mañana voy a desayunar de verdad, me quedan dos etapas y no veo la luz de reserva encendida, aunque no lo pienso, si no hay cataclismo, a esas alturas empezaba a sentir que lo tenía en la mano... pero en el momento no estaba confiado, y es que tenía una razón de peso: 140. Lo que me quedaba.



Por primera -y única vez- desayuné como dios manda, sentado, buena cantidad y llenando tripa, el resto de días guarreé con algún yogur y alguna mierda. Cogí un taxi para que me llevase donde lo dejé ayer, un buen rato y allí estoy. Tenía dudas del primer tramo, recordaba cómo era, una zona deprimida y delicada, pero no me esperaba lo que me encontré. Oh la la ! «La madre que me parió, dónde coño me he metido». Me lo repetí unas cuantas veces. Las fotos aéreas proporcionan muchísima información si sabes interpretarlas y un urbanismo trazado "como te da a entender", unas calles sin asfaltar, unas casas desordenadas y bajas te pueden decir que es una zona pobre, subdesarrollada e insegura. Una pena no haber tenido el valor -o la inconsciencia- de haber sacado la cámara, no me hubiese importado tener una foto de recuerdo. He estado las favelas de Río de Janeiro, y una mierda comparado con esto. Canela fina fina. Y en el peor momento, en la zona menos agradable -si es que había alguna que lo fuese...- el track me manda por un terreno vallado, dudo, tiro por un lado, tiro por otro, miro compulsivamente el GPS, y tengo que inventarme cómo salir de ahí, ya, pero ya, precisamente en el peor sitio para mostrar inseguridad y dudar. Un buen rato después, cuando salí de esta zona deprimida, y aunque no había hiperventilado ni nada, me di cuenta de lo poco inteligente que había sido cruzar esta zona de la ciudad, me prometí nunca más volver hacer algo así -porque intuía dónde me metía, no lo sabía, pero sí lo sabía- pero reconocí que en realidad nadie me había mirado mal ni había hecho amago de nada. Nunca, en todo el viaje, sentí inseguridad real, ni corriendo ni de turismo, nada, cero; hay que ir atento y no hacer tonterías, pero no creo que mucho más que en otras zonas. México no es precisamente un país de lo más seguro en números globales, la cantidad de muertes, secuestros, violaciones y desmembramientos anuales es bestial, no en todo el país, pero proyecta una imagen de inseguridad importante, que no invita más que a hacer viajes más allá de los hoteles de Cancún con todo-completo y sin salir del complejo hotelero; mi México fue pacífico, agradable y cordial, incluso en uno de los peores sitios en el que he estado en mi vida -y no es el primero e intuyo que tampoco el último- la gente iba a su rollo, los niños al colegio, este arreglando el coche, el otro moviendo un bidón de un sitio a otro, el corredor que pasó ese segundo por su lado no les importaba más que si fuera un perro callejero. Y me alegro, oye. Pero, repito, ojo el sitio, que nadie que no quiera vivir emociones fuertes se le ocurra seguir ese track, fue hardcore, creedme que no me impresiono fácilmente, había que estar allí, corriendo, solo.



Unos (buenos) minutos después estaba de nuevo en el campo, había dejado atrás una gran ciudad y transitando por, primero, junto a un riachuelo negro como el carbón, y después por zonas de campos, me encontré rápidamente por terreno semidesértico, con un importante viento y con la curiosidad de que estaban construyendo una nave industrial justo en medio de mi camino, habráse visto. Sin novedad empecé a acercarme lentamente al Popocatépetl, volcán activo que dejaba a mi derecha. En realidad estaba dando un rodeo, porque el paso natural entre Puebla y el valle de México se hace entre dos volcanes, por el paso de Cortés, evidentemente porque Hernán Cortes y los suyos pasaron por ahí, pero el camino natural no tiene que coincidir con el histórico, y no lo hace por una sencilla razón: si un mensajero azteca hubiese tratado de cruzar ese paso en esa época en la que me había inspirado no habría salido con vida pues era una región que nunca fue conquistada por el imperio mexica, y los mensajeros tenían que rodear el volcán por el sur, alargando bastantes kilómetros la ruta. Y como un servidor, en lo que puede, quiere ceñirse a la historia, tenía que alargar mi ruta. Como siempre me ocurre y dado que tengo muchas horas conmigo mismo, tarde o temprano surgen los recuerdos de los libros que he leído, de la ruta que he trazado y no me cuesta empatizar con los corredores que tiempo ha corrieron veloces para informar a su señor, en este caso, de la llegada de unos paisanos míos; irían de ida y vuelta, raudos porque lo hacían en cortos relevos, tratando de aportar la mayor velocidad e información, para que sus carreras fueran útiles, no sólo un deber. Por aquí corrieron mensajeros minutos después de que cambiara la historia de este país para siempre. Su estela me sirve de inspiración y excusa.

Ensimismado en mis pensamientos me acercaba tímidamente al Popo, generalmente a mi derecha, pero justo cuando lo tenía enfrente... ¡pum! penacho de humo blanco claramente eructado, no era una nube que pasara por ahí. Cojones. Pero cojones de los de verdad. A ver si se va a liar. Alguno dice que atraigo la mala suerte -qué sabrán ellos...- y prometo que en ese momento lo pensé. Poco después vi a un pastor con un rebaño y como le vi tan tranquilo pensé que esto estaría a la orden del día, así que no me preocupé más, pero en el momento me quedé ojiplático. Hostia, que es un puto volcán activo y que si revienta yo sólo tengo mis piernas.

Tras mucha zona semidesértica entré en bosque y gané altitud, las faldas de casi todos los volcanes suelen ser ricos en nutrientes, con lo que la vegetación suele crecer con abundancia. Este era el caso, y aunque no me daban demasiada sombra por la hora del día, me agradaba estar otra vez rodeado de árboles. La etapa sabía que sería larga, 65 km mínimo con posibilidad de más, porque no tenía nada claro que hubiera alojamiento en el pueblo destino; de hecho aunque salí con la idea de alargarlo aún guardaba alguna esperanza. Por eso iba conservador, andaba en subidas y no me calentaba mucho los cascos con ritmos ni hora de llegada, con la única condición de que no se me hiciera de noche. Las subidas eran pronunciadas en ocasiones, pero era agradable el paisaje y el no saber qué vendría después. En uno de los pueblos cogí un camino, luego un sendero y poco más adelante aquello era una trialera del copón. Otra vez me pregunto cómo narices he encontrado esto en Google Earth, imposible. Lo mejor fue encontrarme empedrados, algunos eran recientes, pero otros estaban limadísimos. Puede que me equivoque, pero un empedrado ancho y muy pulido quizá sea de origen español, y el porqué no es tan difícil: no había animales de tiro en la Mesoamérica precortesiana, cuando llegaron los españoles con los desconocidos caballos los senderos originales se quedaban pequeños, con lo que tuvieron que abrirse en anchura para carros y carretas y más adelante se empedraron. Con cierta pendiente no fueron nunca calzadas usadas por vehículos a motor, y un empedrado pulido requiere de muchas muchas décadas para limar "asperezas". Añadimos que había un camino sur del Popo también de los españoles y mi imaginación iba volando con la posibilidad de que estuviera pisando un camino real español con cerca de quinientos años de historia. Cierto es que en nuestra piel de toro tenemos calzadas romanas con dos mil, pero eso no desmerece estos caminos que verían pasar un nuevo imperio sobre ellos. Este rápido razonamiento que me llevó pocos segundos me ilusionaba, motivaba y distraía. Quizá esta sea la diferencia de darle sentido a estas cosas que hago, me obliga a leer libros, a estar algo más despierto, a encajar piezas, y siempre descubro mucho más cuando estoy en el lugar convenido, la unión de estos tres mundos, correr, leer y viajar encajan especialmente en estos instantes.

Acabando una fenomenal trialera de bajada llego a un riachuelo que consigo saltar, me jode ver un poco de suciedad y una pista empinada de subida que no se corresponde con mi track, discurre paralela. Al no ver alternativa tiro por esa, poco después pregunto a un chico que va en caballo y me confirma que no hay otra, con lo que concluyo que el error de trazado es mío, e intuyo cuál es: en una foto aérea, en un cañón muy cerrado como en el que estaba, si la vista no la tienes perfectamente cenital es fácil que los puntos se te vayan por bastante y "se te salgan" del cañón. Nunca dejo de aprender cosas del trazado de rutas y es algo que me gusta bastante, y aunque sé que es más seguro, fácil y rápido usar tracks que alguien ha hecho previamente, pero experimentar la (¡Auténtica!) emoción de crearte tu propio camino y luego, a ras de suelo, recorrerlo, es una satisfacción que no espero que apenas nadie la entienda, pero que quizá alguno asentirá al leer esto.

Sin siquiera mirar o preguntar si hay alojamiento paso el pueblo «del 65» y me encamino por carretera al lugar "seguro", porque una vez más voy a la aventura, sin reservar, sin saber si la información es fiable ni nada. Además no me atrevo a pegar ningún acorte que tenía en el track porque me impone respeto fallar y tener que darme la vuelta, voy algo justo de hora y no quiero que me coja la noche. Mucho más lento de lo que la paciencia considera razonable, por fin llego a mi destino. Han sido 75 kilómetros, que no está mal para una sexta etapa, once horas. Localizo el alojamiento, hay habitaciones y me queda un día. El sitio, no te lo pierdas, combina gimnasio del pueblo y motel. Música discotequera a todo volumen hasta medianoche, muebles de las habitaciones sacados de algún estercolero y cama de las que te abraza y te deja el culo más cerca del suelo que el de un piloto de Fórmula 1. En fin, menos mal que ya estoy un poco curado de espanto. Me compro toda la comida que creo que puedo comer, y dado que la jornada ha sido tan larga, cuando me quiero dar cuenta ya se me ha pasado la hora de ir a dormir.



Suelo despertarme doblado cuando hago etapas, pero lo de hoy es un escándalo. No sólo dolores y tensiones varias por todo el cuerpo, si no motivación. Estoy bajo mínimos y sólo quiero acabar. En realidad no considero que haya sufrido en ningún momento, pero una semana es bastante tiempo. Aunque duermo en cama y hago al menos una comida al día decente, he pasado calor y humedad, he estado subiendo mil y pico metros al día, desde hace cuatro no bajo de los 2000 m de altitud, llevo una mochila de unos cuatro kilos y me estoy metiendo ocho o nueve horas de tute al día, ayer más. Hacer una semana de 200 km está al alcance de no demasiada gente; una Marathon des Sables tiene 230-250 km por lo general; a otros ritmos, sin dorsal, sin mochila pesada pero con un buena losa de condicionantes también, me voy a meter 450, casi dos Sables. Esto no puede ser sano. Me cuido, como lo que puedo, lavo ropa, me está saliendo todo bastante bien... pero no como, descanso ni recupero de un día para otro ni la mitad de lo que necesitaría, lo haces, porque lo haces, pero a base de exprimir, y eso tarde o temprano pasa factura. Quizá es lo que me estaba ocurriendo en este amanecer, que aunque estaba a un día de acabar, iban a ser un porrón de horas, que estaba cerca, que ya "lo había visto todo" y que ya me había ganado el descanso, no necesitaba un día más, quería acabar, que-rí-a-a-ca-bar. Guarreé por última vez con el desayuno, cuatro kilocalorías mal contadas y sorprendentemente en cuanto me pongo a correr me noto fresco y ágil. Qué cosas. Salgo con la vista puesta en el clásico objetivo motivacional de atracón-ducha-cama, por una bonita zona como la del día anterior, bosque, subebaja de cierta intensidad, algún camino chulo, tranquilidad y a ver qué pasa. Antes de lo que quisiera salí de las faldas del volcán y volvió el ecosistema semidesértico, polvoriento, además hacía viento y calor, los campos estaban pelados, pura arena la mayoría y no invitaban a demasiada contemplación. Pasé junto a pequeños conos, antiguos volcanes inactivos; me metí hasta el tobillo en alguna arena volcánica y campos arados, porque veo que en México, al igual que en España, algunos agricultores meten el arado en su tierra, la del vecino, los caminos y por donde les sale de los cojones. Descubrí en esta última etapa que la diferencia entre correr y andar era el comer un poco, pero estaba tan vago y dejado que comía poco y mal aun sabiendo esto. Un yogur por aquí, un helado por allá; campo, carretera, tierra arada; un pueblo, otro; una academia del ejército aéreo; una larga recta, otra; con cierta impaciencia diviso a lo lejos el pueblo destino, voy junto a una acequia, fea y contaminada, una letrina más bien, pero a estas alturas me da todo lo mismo. Diviso la torre de la iglesia, ese debe ser mi destino. Me acerco, un polígono industrial, unas casa, otras más, callejeo, allí está la iglesia, un coche que casi me lleva por delante, saco la cámara, menos de un kilómetro, una semana ha, bullicio, efecto túnel, cruzo la valla que da acceso a la zona de la iglesia, veo a Luis y a Mati. Un buen abrazo. Llego a la iglesia de Chalco, mi destino. Y esto es todo. Era todo.



Pocos minutos después conducimos por una de las autopistas que dan acceso a la gran Ciudad de México, kilómetros y kilómetros de suburbios muy acojonantes me impidieron llegar adonde me hubiera gustado pero nunca, ni un segundo, me lo planteé. Un buen samaritano me deja ducharme y da de cenar, lo acompaña una buena conversación. Infinitas gracias. Un rato después estoy en la cama, tonteando un poco con el móvil antes de dormirme. Sólo ha pasado una semana desde que dormí aquí y parece que ha sido un año. Todo lo que puedes ver y sentir en una semana muy lejos de lo que conoces hacen que todo esto merezca la pena y aunque nunca consideraré nada de lo que he hecho en mi vida deportiva como extraordinario, me alegro de tener la "valentía" (o la "inconsciencia") de que casi nada me dé miedo y no pase más allá del respeto, porque me permite vivir experiencias que de otra manera nunca viviría.


Un día después Luis organizó en su tienda un pequeño encuentro con gente que había ido siguiendo la ruta por Facebook, ¡fue gente y todo!, mostraron interés e incluso me hicieron algunos regalos (la botella de tequila he pensado en reservarla para cuando muera el presidente de su vecino del norte, ¡espero poder descorcharla pronto!), lo que me reafirma en que lo que más vale de este país son sus gentes. No creo que mi historia sea especialmente digna de ser contada, pero al final vas acumulando una buena cantidad de vivencias que quizá, todas juntas den para un rato. Esta en concreto ha sido la menos dolorosa en tiempo, pero no lo he echado de menos, no quiero épica ni recordar dolor, he vivido intensamente, no me he destrozado cuerpo y cabeza por llegar a cualquier precio, ha sido lo suficientemente desafiante y dura como para dejarme unos meses en merecido barbecho y me ha llenado como deportista y persona lo suficiente para saber que he hecho muy bien en entrenar, gastarme dinero y vacaciones, y esforzarme durante una intensa semana. Una semana que vale un año deportivo. Qué más quiero.
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7 de noviembre de 2017

Vía Azteca: material

Con material probado y requeteprobado, la intención de hacerlo en autosuficiencia en cuanto a él, y con la lesión de pie que arrastraba, tenía bastante claro qué llevaría y qué no... hasta poco antes de hacer la mochila, cuando te asaltan las dudas y los 'porsi...' ¡el auténtico enemigo del correr ágil, ligero y con cierto ritmo! En la continua búsqueda de la mochila más liviana y la mayor versatilidad incorporé pequeñas novedades para limar algún gramo más, todo por comodidad y por tratar de correr con algo más de soltura. Ni que decir tiene que trato de no caer en la estupidez supina y en limar el nanogramo, en este caso era una semana con pocas posibilidades de renovar o reparar nada, apenas sin red, y eso requiere pocos fallos y algún ligero comodín. Fue todo perfecto, la verdad, sé en qué liga juego y qué material debo llevar para hacerlo pero siempre pueden ocurrir cosas no previstas. Las zapatillas fueron la mayor duda por la lesión que arrastraba, mucha prueba y algún tuneo después di con la clave. El resultado de todas estas divagaciones, en el siguiente vídeo.



Run the History - Vía Azteca - Material [YouTube]



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26 de octubre de 2017

Vía Azteca: ruta

Casi 500 años después no queda vestigio de la posible ruta que siguieron los corredores-mensajeros aztecas, ni que decir tiene, pero un afortunado hallazgo en forma de trabajo y la bondad de quien lo cuelga públicamente sin esperar nada a cambio más que ayudar de igual manera que otros le ayudan a él fue la base principal de mi ruta. Gracias, Adrián.
No hay una ruta que pudiera "copiar y pegar" o descargar como track en dicha tesis, algún mapa, algún trazado sobre foto aérea, pero sobre todo localidades de paso. El trabajo es bastante interesante e instructivo y buceé en él para extraer la máxima información posible porque, ahora sí, esto ya no era sólo historia, tenía que correr por esos caminos y carreteras, buscar soluciones reales a los problemas, programar etapas y hacerlo de una forma segura y razonable. Aunque tengo experiencia en Google Earth, no me impide fallar, no ver una valla o meterme donde no me llaman, con lo que con toda la atención que pude reunir, en un par de días tenía la ruta. Para mi susto -otra vez- tenía 60 kilómetros más de los esperado, un día extra, de seis a siete, que parece fácil y que da lo mismo, pero son un buen puñado de horas extra. Esto lo supe, como viene siendo ya tradición en un servidor, a menos de una semana de coger el avión.

Cuando tracé la ruta tenía dos cosas claras: la salida sería de Veracruz y la meta no sería en Ciudad de México. Nunca me lo planteé, es sencillamente una locura. Y cuando vi la ciudad en persona, los increíbles suburbios de poco más que chabolas consecutivas durante decenas de kilómetros supe que había hecho bien. La ruta no es la línea recta, ni la más corta entre ambas localidades, de hecho da un rodeo por el sur importante. Además, pasado Puebla, hace otro rodeo por el sur del volcán Popocatépetl que a ojos de los no iniciados puede parecer ilógico, pero tiene su porqué: Tlaxcala era enemigo acérrimo de Tenochtitlán, un mensajero no hubiera llegado con vida a la capital azteca si hubiera elegido el paso corto y rápido, dejando el Popo a su izquierda; ese paso actualmente se llama Paso de Cortés porque él sí pudo usar este puerto de montaña al ir con sus aliados los tlaxcaltecas. Esa vuelta era un día más, aproximadamente. Y, finalmente, busqué el final en Chalco porque es donde empieza la Ciudad de México (a más de 40 km del centro) y porque era una de las puertas de entrada a las lagunas y de ahí a la legendaria Tenochtitlán.

El primer día ya tuve problemas de trazado dado que se me quedaba o corta o muy larga. Elegí la primera opción por ser la primera etapa... pero en algún momento iba a tener que recuperar esos diez kilómetros. La segunda de nuevo tenía un problema parecido pero lo solventé por llevar asistencia. La tercera acababa al pie de un kilómetro vertical tras pasar un día muy urbano por transcurrir por un valle muy habitado. Y se acabó. No tenía nada más planificado en cuanto a etapas, ni mirado alojamientos, ni nada, absolutamente nada más que una track. Me gusta la flexibilidad, pero un poco más de preparación tampoco hace daño a nadie, digo yo. 420 km/60 km=6 días. No conté el clásico error de trasladar Google Earth al terreno, que fácilmente se te va un 5-10 % por muy meticuloso que seas con el ratón. Y así fue, 65 km al día y 450 km totales.

La ruta sube hasta la meseta en la que se asienta el valle de México, a más de dos mil metros de altitud, tenía unos 1000 m de desnivel positivo por día, evité todo lo que pude el asfalto y tenía desde paisajes casi selváticos los primeros 70-80 km hasta una zona desértica con cactus como en las películas, el paso de ciudades de cierto tamaño como Puebla, a incluso transitar junto a volcanes o ver a lo lejos un seismil.



«La vía azteca. El camino entre el Valle de México y el centro de Veracruz durante el Posclásico tardío» (Adrián Hernández Santisteban) [Academia]│Vía Azteca [Google Maps]│ser13gio [Wikiloc]


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4 de octubre de 2017

Veracruz-Tenochtitlán, la carrera tras la llegada de los españoles

Las crónicas cuentan que tras el avistamiento de los españoles liderados por Hernán Cortés en las costas de la actual Veracruz, el emperador Moctezuma lo sabía en 24 horas. ¿Es esto posible? ¿O «al día siguiente» como se dice en alguna otra fuente? Porque si es este segundo valor, podría haber más margen horario. Vamos a intentar demostrar si alguno de los datos es posible.

El mensaje debió de salir de algún punto cercano a la actual Veracruz y llegar a Tenochtitlán, capital del imperio: por concretar más sitúo el punto final en los denominados «Baños de Moctezuma», en el Bosque de Chapultepec, por ejemplo. Echemos números.
Representación idealizada de la llegada de Hernán Cortés a México [Memoria Política de México]

Veamos primero las distancias: 321 km en línea recta; 426 km en carretera actual según Google Maps; 408 si se elige la modalidad de bicicleta según la misma fuente; según mis tracks, que tienen base histórica, que discurren bastante más al sur para evitar una región por la que los mensajeros no podrían haber cruzado, eran, según la previsión, 423 km hasta Chalco, donde finalicé mi ruta, a lo que hay que añadir 43 km más hasta los baños, es decir, 466 km. En realidad me salieron 447,59 km sin añadir esos 43 km, es decir, 491, pero si le añadimos el 10 % de error entre lo previsto y lo real (49 km, pues) se va a los 495 km, 500 kilómetros para redondear. Sorprende que ninguna fuente que haya consultado se acerque a esta cifra, unos los dejan en "trescientos y pico", ninguna pasa de los 420, lo que da una idea de lo pobres que son, en ocasiones, los estudios históricos que no se han tomado la molestia de trazar una ruta moderadamente fiable para basar sus afirmaciones. Siendo muy benévolo, podemos suponer que la ruta eran 50 km menos por ir más directos, pero entra dentro de una suposición, ya digo, bastante benévola.



La distancia entre relevos la situamos en unos ocho kilómetros, aunque hay cierta horquilla, lo más corto de cinco y lo más largo de en torno a once kilómetros, en cuestión de ritmo no varía en exceso porque aunque fuesen los corredores a tope, siempre sería un subtope, para llegar en condiciones de transmitir el mensaje, porque iban por sendas, porque diez horas del total de la ruta serían nocturnas y "lastra" la media diurna, porque se sube a más de 2000 metros de altitud, etc.

Tras un simple cálculo obtenemos que se necesitan 62 relevos para 500 km (56 para 450 km). Es decir, se necesitaban entre 55 y 61 puestos de avituallamiento y relevo en el recorrido desde la costa a la capital, lo que hace suponer que la red estaba extraordinariamente bien organizada y planificada. Recuérdese además que los mensajes podían ir duplicados como ya se explicó, el primer mensajero recitaba el mensaje, el siguiente lo memorizaba y echaba a correr hasta la siguiente posta, y luego llegaba el mensaje de confirmación que procedía igual. Desconocemos si este mensaje en concreto de la llegada de los españoles iría duplicado o no, pero entre 56 y 124 corredores mensajeros participaron en el transporte de esta información.

Y ahora vamos con las medias de velocidad. En 8 km se puede desarrollar una alta velocidad, era gente entrenada y cuyo trabajo era ese, recorrer esos 8 km a la máxima velocidad posible; por otro lado, debían estar alerta, no perderse, guardar alguna fuerza por si eran atacados, el terreno no era llano, no eran amplias pistas y, sobre todo, los relevos nocturnos, por mucho que se conociesen la vereda como la palma de la mano, ralentizan la media. El 22 de abril de 1519, día siguiente de la llegada de los españoles, y tomando una localidad intermedia (por ejemplo, Tecamachalco, en el Estado de Puebla), las horas diurnas eran de 12 horas y 44 minutos, algo más de medio día, y la diferencia con el día completo, obviamente, las nocturnas. Es decir, la influencia de la noche era de unas once horas astronómicas, aunque sabemos que podemos ver antes del amanecer y después del atardecer astronómico: digamos que unas 10 horas nocturnas y 14 horas diurnas, redondeando.

¿A qué velocidad podrían correr de día por sendas conocidas, algo de desnivel, sin calentamiento previo, de "sopetón" y muy ligeros? Quizá te sorprendiese tras comer, o en plena siesta, pero muchos estarían perfectamente preparados y descansados para la misión. Creo que ritmos de entre 3'30" y 3'50"/km, casi "haya lo que haya" son posibles para gente bien preparada y siendo buenos atletas, entre 17 y 15,6 km/h. ¿Y por la noche? Aquí sí es más probable que cogiera durmiendo, o si hacían guardias, puede que no tan probable en época de paz, al menos algo aletargados. Sin apenas iluminación más que una tea o antorcha que pudieran llevar, aun conociendo muy bien el terreno y cada piedra, la media tiene que bajar necesariamente, supongamos entre 4'00" y 4'30", y quien ha corrido por la noche sabe de lo que hablo, es decir, en una horquilla de 13,3-15 km/h. Pero además había que transmitirse el mensaje, por muy breve que fuese la persona emisora necesitaría recuperar el resuello, se repetiría no menos de tres veces y la persona receptora debía memorizarlo y repetirlo hasta estar seguro de que no habría duda en que se transmitía fielmente, palabra por palabra. Serían, lógicamente, mensajes muy sencillos y breves, pero al mismo tiempo la brevedad dejaría al emperador poco más que como se había quedado. Suponiendo que se pierda sólo entre 45" y 1'30" en esta labor, esto implica en torno a una hora en transmitir los mensajes sumando todos los relevos. Esto, como digo, en el mejor de los casos en que los relevos se hacen perfectos.

Recopilamos:

450-500 kilómetros
56-62 relevos de unos 8 kilómetros
10 horas nocturnas y 14 diurnas
ritmos de entre 3'30" y 3'50"/km de día
ritmos de entre 4'00" y 4'30"/km de noche
45"-90" en cada relevo

Vamos con la calculadora:

Respecto a los ritmos diurnos se podrían cubrir entre 218,4 y 238 km. Por la noche, entre 133 y 150 km. Los extremos nos dicen que considerando los peores ritmos diurnos y nocturnos cubrirían 351,4 km, y en el mayor de los optimismos, 388 km. Ya podemos concluir que no cubrieron los 450-500 entre Veracruz y Tenochtitlán en un día. Otra variable que desconocemos es la hora de salida. Eso puede determinar que hubiera segunda noche o no, lo que amplía la horquilla de tiempos.

Y hasta ahora no hemos considerado aún los relevos. La variabilidad de tiempos de relevos se ha considerado de entre 42' (45"x55) y 1h33' (90"x61). Dado que no tenemos más datos, tomamos un simple promedio, que nos da como resultado: 1h07'30" empleados en relevos.

Lógicamente todos estos cálculos tienen su margen de error: nos estamos basando en una ruta de la que se tiene cierta fiabilidad pero con una horquilla de 50 km (10 %); los ritmos reales se desconocen, por supuesto, pero dentro de la intuición y la experiencia no deberían ser muy lejanos a los presentados, con más error en el caso de los nocturnos; los tiempos de relevo son también intuitivos, pero se entiende que la maquinaria de transporte de mensajes estaría muy bien engrasada y probada; la calidad de los corredores se presupone, pero encontrar un grupo de 50-60 (o 120) atletas con marcas cercanas a los 35' en 10 km (sólo en esta ruta, había muchas más, por supuesto) no es tarea fácil. Es decir, sin pretender ser demasiado exhaustivo y aunque hay margen de error fruto de muchos datos que desconocemos, no creo que vaya demasiado desencaminado en los cálculos. Y dichos cálculos resultan en que para cubrir la distancia entre la actual Veracruz y Tenochtitlán por relevos cortos se precisaban de entre 28 y 35 horas.

Habiendo hecho el recorrido casi íntegro, pero en unas condiciones mucho más sencillas por la amplitud de caminos y carreteras, constatando que no hay grandes desniveles -pero tampoco es precisamente plano-, me decanto por los ritmos más lentos, diría que entre 32 y 36 horas si no hay contratiempos y siempre suponiendo buenos corredores, ligeros y bien coordinados.

Es decir, y respondiendo a la segunda pregunta de si pudieron llegar «al día siguiente», la contestación es sí, si el primer corredor salió aproximadamente antes del mediodía.


Vía Azteca: Veracruz-Tenochtitlán [Google Maps]│Tecamachalco, 22/04/1519 [SunCalc]


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14 de septiembre de 2017

Painani, los mensajeros del imperio azteca

Todo imperio necesita un medio de comunicación rápido y fiable, una facción rebelde, una región disconforme o un invasor necesitan una respuesta ágil y veloz, y para responder hay que conocer. El imperio azteca o mexica no disponía del caballo, lo importaron por primera vez los españoles que llegaron a América, con lo que la sangre humana sería el motor de comunicación de la América prehispánica.

Una sociedad tan marcada por la religiosidad como la azteca no dejaría escapar la oportunidad de sacralizar también a los mensajeros, que estaban consagrados al dios Paynal -que algunos traducen como «corredor»-, de ahí que el nombre genérico de los mensajeros sea el de painani, aunque esta era la denominación también de uno de los subtipos. Painani viene a significar «correr rápido», «corredor que corre», «correr ligero» o «corredor liviano».

Los tres subtipos de corredores se dividen en, primero, los painani, que transmitían la información, con protocolo ceremonial y religioso, pregonando, ricamente vestidos, y para uso digno y protocolario, y dada la importancia y categoría del asunto, era asumido por hijos de familias nobles. El segundo subtipo eran los corredores mensajeros yciucatitlantli, que eran los correos exprés, donde el tiempo era vital, corredores rápidos, ligeros de carga y sabedores de la importancia de algunas de las misiones. Finalmente están los tequihuatitlantli, con cierto grado dentro de la jerarquía militar, informaban del desarrollo de una batalla.

Dios Paynal [Painani.org]

Aunque los painanis tenían un componente religioso, los tres subtipos eran militares y usaban instalaciones militares para desarrollar su trabajo. Donde había el equivalente a los cuarteles militares, allí vivían para servir a la mayor brevedad posible, y si no existían pequeñas edificaciones denominadas techialoyan  que servían como torres de vigilancia, control de movimientos del enemigo, pero también como puesto avanzado, de relevo y de avituallamiento de los corredores más veloces. Porque un sistema de correos dentro de un imperio que quiere ser veloz precisa de relevos y para eso se requiere una infraestructura en condiciones para efectuarlos.

Los mensajeros se educaban en el telpochcalli, lugares que hacían la vez de colegios, seminario y cuartel -pues era también donde se cumplía el servicio militar-, una formación completa a partir de los 15 años pues el imperio valoraba la formación de su pueblo en grado sumo. La vida en los telpochcalli no era sencilla en parte porque una de las técnicas de endurecimiento y aprendizaje se basaba en el autosacrificio, se les daba a los chicos arduas tareas al límite de su resistencia física, se les enseñaba el arte de la guerra, se les castigaba con frecuencia, se memorizaban largos textos de épocas pasadas y se enseñaban cánticos religiosos, todo para formar a los futuros adultos en los mejores guerreros y ciudadanos que el imperio pudiera tener. Los que destacaban como corredores podían pasar a un grupo especial de entrenamiento, que posiblemente incluyese subidas a templos escalonados, carreras de velocidad, entrenamiento de fuerza y saltos. Debían conocer sendas y veredas -en el imperio no había demasiados caminos anchos dado que no se utilizaba ganado de tiro ni se empleaban carros o carretas-, saber moverse con velocidad por ellos, conocer técnicas de vadeo de ríos, aprender los atajos, moverse por la noche y desempeñar la carrera en condiciones atmosféricas variables. Algunos de ellos serían destinados a misiones de mensajería, estarían apostados en techialoyanes, y a pesar de la inmunidad de la que gozaban por ser mensajeros, sabían defenderse.

Painani [México es cultura]

Los corredores mensajeros se comunicaban, especialmente, de palabra, y en ocasiones por escritura pictográfica, pues había dibujantes que podían transmitir más cantidad de información con un dibujo y seguía siendo algo ligero de transportar para no retrasar el correo, especialmente en tiempos de guerra, los yciucatitlanti, que eran los mensajeros más veloces. Portaban un vara que les distinguía como mensajeros reales y quizá pudiera servir como apoyo en los terrenos más técnicos y escarpados. Se citan como distancias entre los techialoyan, postas, de unos 8 kilómetros -alguna fuente habla de 5, otras hasta de 11- y hay informaciones de que se llegaban a recorrer 600 km en 24 horas: un rápido cálculo arroja la cifra de una media de velocidad de 25 km/h, algo total y absolutamente imposible bajo ninguna condición. Otras fuentes hablan de 420 km al día, siendo la media de 17,6 km/h, difícil pero más cerca de la realidad para un cuerpo de corredore rápidos, entrenados y profesionales. En mensajes importantes se duplicaba el correo para confirmar la veracidad del mensaje, corriendo, por supuesto, separados para que al llegar a destino no tuvieran comunicación entre ellos: el primero quedaba retenido y aislado hasta la llegada del segundo, y si éste ratificaba lo dicho por aquel, era puesto en libertad.

Su calzado -si lo llevaban- posiblemente serían unas sencillas sandalias, posiblemente no muy diferentes de las huarache de los rarámuri actuales pero sin la suela de neumático, obviamente. Llevarían una sencilla camisa fina no más allá de la rodilla para facilitar el gesto de correr y alguna capa gruesa en las raras jornadas en las que pudiera hacer frío, pues recuerdo que buena parte de las rutas son por encima de los 2000 m (Tenochtitlán está a unos 2250 m de altitud).

En tiempos de paz eran usados para lujo y disfrute del poder, pues les enviaban exotismos como nieve y hielo de volcanes cercanos (como el Popocatépetl) o pescado fresco llevado desde la costa. En ambos casos posiblemente fueran en un recipiente de barro para mantener la temperatura lo más baja posible y en el caso del pescado podría ir salado para conservarse mejor.

Sin duda, el mensaje más importante que nunca transportaron los painani es de la llegada de unos barcos como nunca se habían visto y dirigidos por blancos barbudos, a la actual Veracruz, el 21 de abril de 1519.


«El correo en la época prehispánica» [Correos de México]│«Historia del correo en México» [Aficionados a Coleccionar]│Telpochcalli [Wikipedia]│«The art of Aztec running» [Mexicolore]│«Los painanis» [Espacio de andante]




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