14 de septiembre de 2017

Painani, los mensajeros del imperio azteca

Todo imperio necesita un medio de comunicación rápido y fiable, una facción rebelde, una región disconforme o un invasor necesitan una respuesta ágil y veloz, y para responder hay que conocer. El imperio azteca o mexica no disponía del caballo, lo importaron por primera vez los españoles que llegaron a América, con lo que la sangre humana sería el motor de comunicación de la América prehispánica.

Una sociedad tan marcada por la religiosidad como la azteca no dejaría escapar la oportunidad de sacralizar también a los mensajeros, que estaban consagrados al dios Paynal -que algunos traducen como «corredor»-, de ahí que el nombre genérico de los mensajeros sea el de painani, aunque esta era la denominación también de uno de los subtipos. Painani viene a significar «correr rápido», «corredor que corre», «correr ligero» o «corredor liviano».

Los tres subtipos de corredores se dividen en, primero, los painani, que transmitían la información, con protocolo ceremonial y religioso, pregonando, ricamente vestidos, y para uso digno y protocolario, y dada la importancia y categoría del asunto, era asumido por hijos de familias nobles. El segundo subtipo eran los corredores mensajeros yciucatitlantli, que eran los correos exprés, donde el tiempo era vital, corredores rápidos, ligeros de carga y sabedores de la importancia de algunas de las misiones. Finalmente están los tequihuatitlantli, con cierto grado dentro de la jerarquía militar, informaban del desarrollo de una batalla.

Dios Paynal [Painani.org]

Aunque los painanis tenían un componente religioso, los tres subtipos eran militares y usaban instalaciones militares para desarrollar su trabajo. Donde había el equivalente a los cuarteles militares, allí vivían para servir a la mayor brevedad posible, y si no existían pequeñas edificaciones denominadas techialoyan  que servían como torres de vigilancia, control de movimientos del enemigo, pero también como puesto avanzado, de relevo y de avituallamiento de los corredores más veloces. Porque un sistema de correos dentro de un imperio que quiere ser veloz precisa de relevos y para eso se requiere una infraestructura en condiciones para efectuarlos.

Los mensajeros se educaban en el telpochcalli, lugares que hacían la vez de colegios, seminario y cuartel -pues era también donde se cumplía el servicio militar-, una formación completa a partir de los 15 años pues el imperio valoraba la formación de su pueblo en grado sumo. La vida en los telpochcalli no era sencilla en parte porque una de las técnicas de endurecimiento y aprendizaje se basaba en el autosacrificio, se les daba a los chicos arduas tareas al límite de su resistencia física, se les enseñaba el arte de la guerra, se les castigaba con frecuencia, se memorizaban largos textos de épocas pasadas y se enseñaban cánticos religiosos, todo para formar a los futuros adultos en los mejores guerreros y ciudadanos que el imperio pudiera tener. Los que destacaban como corredores podían pasar a un grupo especial de entrenamiento, que posiblemente incluyese subidas a templos escalonados, carreras de velocidad, entrenamiento de fuerza y saltos. Debían conocer sendas y veredas -en el imperio no había demasiados caminos anchos dado que no se utilizaba ganado de tiro ni se empleaban carros o carretas-, saber moverse con velocidad por ellos, conocer técnicas de vadeo de ríos, aprender los atajos, moverse por la noche y desempeñar la carrera en condiciones atmosféricas variables. Algunos de ellos serían destinados a misiones de mensajería, estarían apostados en techialoyanes, y a pesar de la inmunidad de la que gozaban por ser mensajeros, sabían defenderse.

Painani [México es cultura]

Los corredores mensajeros se comunicaban, especialmente, de palabra, y en ocasiones por escritura pictográfica, pues había dibujantes que podían transmitir más cantidad de información con un dibujo y seguía siendo algo ligero de transportar para no retrasar el correo, especialmente en tiempos de guerra, los yciucatitlanti, que eran los mensajeros más veloces. Portaban un vara que les distinguía como mensajeros reales y quizá pudiera servir como apoyo en los terrenos más técnicos y escarpados. Se citan como distancias entre los techialoyan, postas, de unos 8 kilómetros -alguna fuente habla de 5, otras hasta de 11- y hay informaciones de que se llegaban a recorrer 600 km en 24 horas: un rápido cálculo arroja la cifra de una media de velocidad de 25 km/h, algo total y absolutamente imposible bajo ninguna condición. Otras fuentes hablan de 420 km al día, siendo la media de 17,6 km/h, difícil pero más cerca de la realidad para un cuerpo de corredore rápidos, entrenados y profesionales. En mensajes importantes se duplicaba el correo para confirmar la veracidad del mensaje, corriendo, por supuesto, separados para que al llegar a destino no tuvieran comunicación entre ellos: el primero quedaba retenido y aislado hasta la llegada del segundo, y si éste ratificaba lo dicho por aquel, era puesto en libertad.

Su calzado -si lo llevaban- posiblemente serían unas sencillas sandalias, posiblemente no muy diferentes de las huarache de los rarámuri actuales pero sin la suela de neumático, obviamente. Llevarían una sencilla camisa fina no más allá de la rodilla para facilitar el gesto de correr y alguna capa gruesa en las raras jornadas en las que pudiera hacer frío, pues recuerdo que buena parte de las rutas son por encima de los 2000 m (Tenochtitlán está a unos 2250 m de altitud).

En tiempos de paz eran usados para lujo y disfrute del poder, pues les enviaban exotismos como nieve y hielo de volcanes cercanos (como el Popocatépetl) o pescado fresco llevado desde la costa. En ambos casos posiblemente fueran en un recipiente de barro para mantener la temperatura lo más baja posible y en el caso del pescado podría ir salado para conservarse mejor.

Sin duda, el mensaje más importante que nunca transportaron los painani es de la llegada de unos barcos como nunca se habían visto y dirigidos por blancos barbudos, a la actual Veracruz, el 21 de abril de 1519.


«El correo en la época prehispánica» [Correos de México]│«Historia del correo en México» [Aficionados a Coleccionar]│Telpochcalli [Wikipedia]│«The art of Aztec running» [Mexicolore]│«Los painanis» [Espacio de andante]




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10 de agosto de 2017

Moctezuma Xocoyotzin y Hernando Cortés Monroy

Moctezuma Xocoyotzin (en náhuatl Motēcuhzōma Xōcoyōtzin, Moctezuma «el joven», o Moctezuma II) y Hernando Cortés Monroy Pizarro Altamirano, marqués del Valle de Oaxaca, personifican el choque de dos mundos separados por un océano, que se desconocían mutuamente, que entendían lo suyo y lo ajeno de una forma diametralmente opuesta y que, como suele ocurrir en la historia, acabó con un vencedor y un vencido. Es un apasionante encuentro en la historia de la humanidad que no volverá a ocurrir excepto si alguna vez encontramos vida más allá de este planeta, y hasta cierto punto eso fue lo que ocurrió con el "descubrimiento" de América, a la escala de los siglos XV y XVI.

Cualquier encuentro de civilizaciones implica mucho más que sus líderes, pero pueden servir como vehículo para contar este episodio tan vibrante de la Historia, que nos compete directamente dado que se estaba construyendo un imperio que aunque sentimos lejano nos puso durante algunas décadas en el centro del mundo. A costa, en varias ocasiones, de demoler otros imperios con fuerza, astucia, algunos virus y ciertos avances tecnológicos. La historia de la conquista del actual México fue rápida y sangrienta, con más inteligencia y perspicacia de lo que creemos, con cierta superioridad técnica pero no la suficiente para desestabilizar la balanza, con inesperados giros del destino, con decisiones críticas que pudieron cambiar, literalmente, los cinco siglos que han transcurrido desde entonces. A partir de la conquista, la Nueva España sería parte de la Vieja durante tres siglos y aunque parezca contradictorio, México fue hecha española gracias a los mexicanos y consiguió su independencia gracias a españoles. Esta es, brevemente, la vida de los dos protagonistas de la conquista como guión de la historia de esa fugaz lucha de espadas y estrategia que apenas duró dos años.

Moctezuma Xocoyotzin

Moctezuma [Carlo Ardán Montiel]
Hernán Cortés




Hernán Cortés [Medellín Historia]

Moctezuma nació en 1467 o 1468 en uno de los barrios de Tenochtitlán, la capital del imperio mexica, uno de los muchos hijos de Axayacatl, sexto señor de los mexica, fruto de un matrimonio de conveniencia para dominar la capital del imperio. Como solía ser habitual, a los tres años fue destetado y separado de su madre y desde tan temprana edad tuvo que aprender su oficio, el de guerrero, y hacerse valer entre la nutrida competencia de la casa del padre, rodeado de hermanos y parientes que ambicionaban el poder, en una lucha de todos contra todos. Recibió educación rigurosa y metódica, sin amor ni odio, en una constante actividad siempre in crescendo según pasaban los años, acarreando tareas con autonomía cada vez más difíciles y siempre sometido a una estricta dieta. La disciplina y la obediencia se incorporaron en estos primeros años a su ADN dado que de adulto y actuando como gobernante supremo del imperio, rozó lo patológico.


Entre los hermanos los había con mejor posición de partida para conseguir el poder imperial, más fuertes, mejor aconsejados, más competitivos, y Moctezuma no tenía la suficiente cercanía al todopoderoso padre. Pero quizá esta fortísima competitividad hizo que fueran cayendo todos los elegidos, luchando, mostrando su valentía, y fue como un premio a los duros años de la calmécac -la escuela reservada a la elite- donde se enseñaba a gobernar y dirigir a la plebe. Aparte de oratoria, muy apreciada en el imperio, se les sometía a un régimen de trabajo y de tratos que rozaban el abuso, baños helados, castigos ejemplares, noches en vela, expediciones a los montes cercanos, todo para dar forma a los mejores guerreros y dirigentes de ejércitos del imperio. Duro, inflexible y disciplinado, su personalidad comenzaba a formarse nítidamente en el servicio militar obligatorio que comenzaba con quince años, y que implicaba aprender progresivamente el oficio culminando con el apresamiento de un guerrero enemigo en solitario. No sólo superó la formación sino que lo hizo con honores, entrando a formar parte de los cuachictin, los «cabeza rapadas», el cuerpo de elite del ejército azteca.



Pasada la instrucción, y a la edad de veinte años, contrajo matrimonio, por supuesto de conveniencia, para ganar poder y asegurarse amistades. Más adelante llegarían otros matrimonios, siempre estratégicos, más la cohorte de concubinas y barraganas que según algún exagerado autor cifra en 4000 mujeres, pero que con que fueran la mitad -lo más probable- nos da una idea del personaje.



Autodisciplinado, elegante, educado, de buenos modales -hasta se lavaba dos veces al día en unos baños que aún se conservan en la Ciudad de México-, Moctezuma era "demasiado perfecto" y seguía escalando en cuanto a poder y posibilidades de ser entronizado. Tras la muerte del emperador otros pretendientes rivales de Moctezuma estaban mejor situados, y sin embargo, y para sorpresa general, él fue el elegido por sus destacados valores. Al parecer cuando se le quiso comunicar la noticia, el modesto Moctezuma estaba barriendo el piso del santuario donde se encontraban, y una vez notificada su designación, volvió a la escoba para acabar lo que había empezado, así era el talante de Moctezuma. Con él comenzaba el que sería el último mandato imperial azteca independiente. Era 1502.




Recién llegado al poder se convirtió pronto en un rígido déspota y en un tirano, en su mayor parte debido a que el Estado mexicatl empezaba a mostrar signos de agotamiento y consideraba que sólo con mano dura podría revertirse la situación. Con el anterior mandatario se había vivido el cénit del imperio, pero empezaba a desmoronarse a ojos vista cuando Moctezuma se hizo con el poder, una clase militar que ambicionaba más poder, unas clases bajas descontentas y unas regiones que cada vez retaban más al poder central suponían un clima potencialmente explosivo que podía desencadenar el fin del imperio algo que, desde el principio, Moctezuma sabía que no iba a tolerar bajo su mandato y aplicó la mano dura con la silla de gobierno aún ni calentada. Desde medidas más dóciles -como la educación, moldeando las futuras generaciones a gusto del poder-, más estratégicas -limitar el poder económico de la nobleza-, como de hondo calado político, pues el imperio no dejaba de ser un popurrí de pueblos y señoríos política y económicamente autónomos que podían incendiarse a la primera chispa dado que el sistema imponía un duro pago al gobierno central en forma de cosechas y sangre para combatir, ocasionando un permanente descontento en dichos pueblos. Todas estas medidas le fueron granjeando la peor de las famas entre su pueblo y las elites gobernantes, pero estaba volviendo a refundar, en la medida de lo posible, el imperio que fue, centralizado, nacional, unido. Tal era el desencanto, que en la expedición de reconocimiento de 1517 a cargo de Francisco Hernández de Córdova, mucho creyeron ver en él -como ocurriría luego con Cortés- al dios Quetzalcoatl, el dios justo que se fue de esas tierras prometiendo volver algún día, como salvación al gobernante Moctezuma.




Con el imperio consolidándose pero con enemigos tanto dentro del poder central -nobles, elites, militares- como en las naciones que estaban bajo el paraguas azteca -todas dominadas excepto la rebelde Txalcala, que nunca lo hizo-, una sorpresa venía del este, se avistaron unos grandes barcos que auguraban, al menos, novedades.
Hernán Cortés nació en Medellín hacia julio de 1485, su familia era de lo que ahora denominaríamos una clase media, teniendo una vida aparentemente normal y sin sobresaltos, de la que nos ha llegado bien poco excepto algún relato de una frágil salud que estuvo a punto de llevarle al otro barrio en más de una ocasión, especialmente en un episodio de mal aria (malos aires, malaria o paludismo). A los catorce años le envían a Salamanca para tener algunos estudios y empezar a labrarse su vida. Sin constatarse que haya hechos estudios formales, trabajó y se formó un par de años en leyes y estudió latín, y especialmente lo primero y los subterfugios legales que empezó a conocer en Salamanca le valdrían para más adelante. Pero por la razón que fuera y de la que no hay certeza, volvió a su pueblo natal, pasó brevemente por Valladolid a ejercer como escribano -lo que le siguió formando en leyes y letras- y tomó finalmente las armas como medio de vida. En esa época, con América descubierta, le atrajo más la idea del mar que la opción italiana (guerra en Nápoles), y alguien de secano -y extremeño, de los muchos que emigraron a América- eligió la vía marítima. En 1504, con diecinueve años, partió hacia la Española, actual Santo Domingo, a la primera colonia española en América, donde ya había asentamientos, infraestructuras, escuelas, gobierno y de donde partían las expediciones que irían ampliando el incipiente imperio español.

Quizá Cortés sintió que llegaba tarde, que en ese nuevo mundo sería un don nadie, que las tierras y el poder estaban ya repartidos, además La Española sufría una brutal inflación que hacía a los colonos mendigar e incluso morir de hambre, y además pudo constatar que se cometían abusos lo que implicaba un notable agotamientos natural e indígena (las tristemente famosas encomiendas); o quizá sólo quería más aventura, pero el caso es que pronto puso sus ojos más hacia el oeste, y fue reclutado para la expedición de Diego de Nicuesa y Alonso de Hojeda de 1509 aunque no pudo participar por un tumor en una pierna. En esa expedición sí participó como soldado Francisco Pizarro (conquistador del Perú) y ese mismo año Diego Colón (hijo de Cristóbal) fue nombrado gobernador de La Española. La miríada de estrellas del firmamento histórico tenía el epicentro en Santo Domingo en estas fechas. Diego Colón encargó la conquista de la vecina isla de Cuba a Diego Velázquez, amigo de Cortés, un par de años después y la oportunidad de abandonar la pobre y agotada Española se presentó ante sus ojos. Fue una campaña rápida, sin apenas resistencia ni lucha, pero en la que Hernán Cortés comenzó a destacar por su valor, prudencia y liderazgo, quizá por vez primera se sentía como avanzadilla, como parte del grupo de poder. Como premio por los servicios, fue nombrado alcalde de la capital, comenzó a lucrarse con minas de oro y a practicar la ganadería, además de estar cerca de los círculos de poder lo que le abriría pronto oportunidades. Aunque también afloró el temperamento rebelde de Cortés, lo que le llevó a los primeros enfrentamientos con Velázquez y a un distanciamiento progresivo. Hacia 1514 o 1515 tomó por esposa a Catalina Xuárez, parece que en un principio yendo bien, pero más adelante sus ambiciones y oportunidades los distanciarían.

Dos expediciones -1517 y 1518- pusieron en conocimiento la existencia de la América continental, o al menos grandes extensiones de tierra más al oeste de las posiciones cartografiadas, aunque ya se tenía conocimiento de las mismas por expediciones previas con resultados nefastos. Derrotados por las fuerzas indígenas pero habiendo despertado el interés español, se fue dibujando la costa de Yucatán, se encontraron posibles zonas de desembarco, de agua potable y se constató la buena localización de Cozumel como punto intermedio entre Cuba y el continente. Pero sobre todo conocieron la existencia del vasto imperio de Colúa, Culúa, México, aparentemente rico, extenso, poblado y avanzado. Especialmente por lo primero, se inició la burocracia para pedir al monarca español la autorización para iniciar nuevas exploraciones, se financió con dos terceras parte de Diego Velázquez y una de Hernán Cortés -la mayoría de expediciones eran de financiación privada-, se reunió el personal, el material y los aprovisionamientos, y el 10 de febrero de 1519, con no pocos inconvenientes y la rivalidad ya manifiesta entre el capitán de la expedición -Cortés- y el gobernador y principal patrocinador -Velázquez- partía de Cuba rumbo a Cozumel haciendo parada en La Espñola una de las expediciones más exitosas de la historia, en once -de diez a trece según las fuentes- navíos con unos 450 hombres -de 400 a 600, con unos 50 marineros-, incluyendo 16 caballos y 14 cañones. La mayoría eran andaluces (30 %), castellanos (20 %), extremeños (13 %) y leoneses (10 %), aunque había representación de toda España y de varias nacionalidades más; también 12 mujeres se embarcaron. Medellín, el pueblo de Hernán, es el que más emigrantes aporta en la época, con lo que no es del todo extraña la coincidencia, por supuesto, motivada por la pobreza de la región española. La vecina Trujillo aportaría, por ejemplo, a Francisco Pizarro, conquistador de Perú, pariente de Cortés. Las instrucciones, origen de un gran conflicto posterior, eran las de que la expedición era de exploración, no de conquista ni de poblamiento. La "letra pequeña", nunca escrita y quizá negociada con su capitán Cortés, es que habría conquista y poblamiento en beneficio de Velázquez, con lo que éste desoiría los preceptos del monarca español -pero que posiblemente trataría de convencer con un suculento pago en oro-, ganando todas las partes. La realidad fue que Hernán desoiría también a su gobernador, lo puentearía y usando la misma estrategia, colmaría al monarca de oro suficiente para legitimar la empresa que estaba a punto de acometer.

Y es que fue pisar la costa mexicana y emerger el conquistador que parecía que latía dentro de Hernán Cortés. Nadie de su entorno -ni por supuesto su benefactor Velázquez- pudo intuir esta faceta del extremeño, pero con 34 años, en una playa de la recién fundada Rica Villa de la Vera Cruz, el 21 de abril de 1519, nace un nuevo Hernán Cortés, el conquistador. En esa playa rompe con su pasado, sólo atiende a su propio interés de grandeza, lucro y aventura y se inicia un importante capítulo de la Historia, con mayúsculas, el de la conquista del imperio azteca.






































































































































Hernán Cortés y Marina Malinche en Veracruz [María Cecilia Rossi]

La llegada de Cortés y su gente a la zona de la actual Veracruz fue una increíble sorpresa para los indígenas locales, y sólo media hora después de echadas las anclas por la borda, un par de canoas se acercaron a las naves españolas. Pero dado lo estructurado del imperio, apenas unas horas más tarde el capixiqui (el recaudador de impuestos central desplazado a las otras provincias por orden del emperador) envió a Tenochtitlan las primeras noticias para informar de los españoles, posiblemente aún sin entrar en contacto con los españoles. A la mayor velocidad que les daban sus piernas -eran corredores- los portadores de la noticia se encaminaron en dirección oeste para informar a su señor Moctezuma, que acogió la nueva con preocupación. Un imperio centralizado como el azteca tenía un red de caminos que permitía la comunicación, tanto por motivos militares como comerciales o de movimiento de personas, pero también para la difusión de mensajes. Esta red es la que emplearon estos mensajeros-corredores para notificar la noticia de la llegada de los españoles a la costa del golfo de México de unos extraños seres de piel clara, barbados, en unas impresionantes naves donde además transportaban unos no menos impresionantes e inmensos animales, los caballos, desconocidos en las tierras americanas. Posiblemente este primer mensaje sería breve, somero y de boca a boca, la urgencia era lo más importante.








Moctezuma supo de la llegada de los españoles posiblemente hacia el 22 o 23 de abril de 1519, quizá el 24, se reunió con su consejo asesor, nunca hubiera esperado un problema así, pero decidió contestar de la mejor forma. Entre la sorpresa inicial se volvió a confundir que la expedición española era la del dios Quetzalcoatl con lo que, por si acaso, envió una comitiva de cinco notables al encuentro con algunos presentes para el potencial dios

Cuando Cortés divisó la comitiva se dispuso a recibirlos con educación pero aprovechó el efecto sorpresa para dar el primer golpe de mano. La transformación que afloró estos primeros días de Cortés en tierras mexicanas se basó en unas innatas y hasta la fecha desconocidas habilidades estratégicas; una gran capacidad de mando; un conocimiento de los hombres, debilidades y fortalezas, los suyos y los indios que iba encontrando, tomando decisiones en ocasiones severas pero también tolerantes, compresivas y amables cuando era necesario; valiente y decidido en el campo de batalla, pero también en la negociación política y en la planificación de sus actos; una ambición desmesurada fruto de un objetivo claro y extraordinariamente ambicioso; y, finalmente, un desapego progresivo hacia su país de origen y una curiosidad y amor por lo que iba encontrando a su paso, por lo que no es exagerado afirmar que progresivamente Hernán Cortés fue convirtiéndose en mexicano con el paso de la expedición. El recibimiento de la comitiva mexica acabó con cañonazos como salvas, mostrando el poderío español ante el asustado indígena. Cortés 1-0 Moctezuma.





























La población indígena de la vecina Cuetlaxtlan se acercó a los hombres blancos recién desembarcados para entregarles, como presentes, comida fresca, y dado el inclemente tiempo de la jornada de desembarco, construyeron pequeños techados para proteger a los recién llegados. En este momento es cuando surge la figura de Malinche, una indígena que fue entregada unos días antes por un gobernador de Cozumel y que tenía la habilidad -junto con la del español Jerónimo de Aguilar, capturado por indígenas y que chapurreaba maya- de traducir y facilitar la comunicación a cuatro bandas, una laboriosa y lenta forma de comunicación pero que sacó del anonimato a esta mujer en este primer encuentro indígena. La habilidad y viveza de Malinche hizo que se convirtiera no sólo en traductora, sino en fiel consejera de Cortés, aliada, mano derecha y hasta, en ocasiones, colaboró activamente en la toma de decisiones. También fue compañera de Cortés y le dio un hijo.


Por primera vez Moctezuma movió ficha, mandó a un numeroso grupo de magos, brujos y hechiceros al campamentos español. Pero por todos es sabido que la magia, los espíritus y las religiones sólo funcionan con los creyentes de las mismas, con lo que, como es fácil imaginar, obtuvieron un rotundo fracaso.

También mandó a unos oscuros personajes, los tlacuiloque, pintores o dibujantes, que pululaban por el campamento español y que no era otra cosa que puro espionaje militar

Lógicamente y por muy secreta que fuese en principio la política de Moctezuma respecto a los españoles, pronto la población conoció la llegada de los extranjeros, con lo que poco después se desató si no una histeria colectiva sí una honda preocupación entre la ciudadanía de la capital. ¡Además eran inmunes a las prácticas de los mejores nigromantes! Pero en regiones no precisamente amigas de Tenochtitlan podía cundir otro sentimiento y ser aprovechado para rebelarse contra el poder establecido, con lo que Moctezuma debía de actuar de una forma más decidida y contundente para evitar problemas intestinos.

De hecho, al "segundo día", en cuanto los vecinos totonacas advierten de que los españoles no eran amigos de los aztecas, empieza a parlamentarse una alianza con Cortés, pues aquellos estaban muy en desacuerdo con la política extractiva azteca. A Moctezuma le crecían los enanos.
Con la ayuda de los intérpretes, Cortés tuvo la primera reunión con un dirigente local, lo que le vale para ir conociendo las tensiones que subyacen en el imperio, tensiones que aprovechará en su favor. El estratega está naciendo.

Pero en este momento también hace un movimiento magistral: al llegar a la playa funda Veracruz, más sobre el papel que sobre el terreno, se apresura a nombrar responsables de la misma a colaboradores cercanos suyos, crea su ayuntamiento y gobierno. Lógicamente escoge a gente fiel a su causa porque éstos le nombran a su vez, como autoridad que ya son, justicia mayor y gobernador. De un plumazo, y con el poder de las leyes, se ha quitado a Diego Velázquez de enmedio. Ahora sólo responderá ante Dios, Carlos V de Habsburgo a miles de kilómetros de allí y ante sí mismo: de esto le valieron los años en Salamanca y Valladolid.


Lógicamente Diego Velázquez, que de tonto tenía poco, y era en definitiva quien había elegido a los responsables de la expedición, tenía partidarios suyos en la misma, que pronto intentaron oponerse al ardid de Cortés. Fueron apresados y luego liberados, pero cuando llegaron a los oídos del medillense que pensaban robar un barco para volver a Cuba e informar a Diego, Hernán decidió barrenar los barcos para evitarlo: de aquí surge el mito de la determinación de Cortés y que ha pasado al ideario popular de hundir (o quemar) sus naves para evitar una huída, en realidad no quería evitar un posible vía de escape de sus hombres sino que se informase al gobernador de lo que se estaba cociendo en la América continental.






































Uno de los hechos claves, como ya se ha comentado, es que el imperio azteca tenía importantes disensiones internas, nunca resueltas. El coste del mantenimiento del imperio, la burocracia, la espléndida Tenochtitlan, el ejército, las guerras, se costeaban todo con los impuestos que pagaba la población, con los excedentes de la agricultura, y además había que añadir personas para nutrir ejércitos y para los conocidos sacrificios humanos. En esta tesitura muchas regiones vivían en una economía de supervivencia, al límite de la pobreza y la revuelta, sin poder invertir, crecer, progresar, bajo el yugo azteca, y con un permanente estado de insatisfacción que era un perfecto polvorín. El estratega Cortés pronto reconoció estas debilidades del sistema y como no pensó nunca en otra cosa que no fuera mirar a la capital, usó las latentes desavenencias en su favor. Huelga decir que 400 o 500 nombres nunca hubieran conquistado el imperio azteca por mucha diferencia tecnológica que tuvieran -espadas de acero, armas de fuego, caballos-, por muy motivados que estuvieran, por muy organizados y disponiendo de tácticas militares superiores. No eran rivales para un imperio, aunque hubieran necesitado una proporción 10:1, el imperio los hubiese borrado del mapa en una batalla, y si no era suficiente, una proporción 100:1 o 1000:1, gente preparada para morir tenían de sobra.




Moctezuma, mientras tanto, en vez de plantear la guerra directamente optó por la diplomacia, seguía mandando mensajeros, con regalos cada vez de más valor y dando excusas para evitar el encuentro y el largo viaje hasta la capital. Se añade que Cortés siempre dijo que era un enviado de su señor, su embajador, algo no del todo falso, pero que le confería una inviolabilidad a ojos de las tradiciones de esa parte del mundo. La opción diplomática irritó a parte del poder y abrió nuevas fisuras internas.

Como militar que era, la lucha en la costa con barcos en ella no era la mejor opción, siempre tenían una escapatoria por allí. Prefería atacarles tierra adentro, exterminarlos a todos y borrar de una vez la oportunidad de reaprovisionamientos de nuevas fuerzas.
Cortés, cada vez más seguro de sí mismo, quería entrevistarse personalmente con Moctezuma, no le valían emisarios, su rey no se lo permitiría, rechazaba las misiones diplomáticas -pero no las dádivas- con buena educación  pero firmeza, tenía que ir personalmente a la capital, presentarle sus respeto al emperador y hacerle llegar los deseos de su rey.

Por primera vez surge una alianza en tierra mexicana, lo que incitó al envío de emisarios espías de otras regiones subyugadas a Tenochtitlan a conocer a los españoles. Lógicamente Cortés dispersó todo lo que pudo la información de la nueva situación para que los enemigos del imperio fuesen posicionándose a su favor. A la vez, al menos por ahora en el caso de los totonacas, era un camino sin retorno: aliarse con los extranjeros, si estos perdían, supondría un durísimo y ejemplar castigo por parte del imperio, con lo que dispusieron de los mejores hombres para nutrir la cada vez más poblada expedición liderada por los españoles. Nacía la fructífera alianza entre los españoles y los mexicanos enfrentados a los aztecas.





























Hernán Cortés, por Christoph Weiditz, posiblemente el único retrato de Hernán realizado en vida, de 1526 [For Tenochtitlan]

El 16 de agosto de 1519 parten las tropas en dirección a Tenochtitlan y lo hacen con la inestimable colaboración de los primeros indios: el contingente lo formaban los 400 españoles que desembarcaron -un pequeño reducto se quedó como salvaguarda en Veracruz-, 1300 totonacas y una ingente cantidad de siervos, cocineros, esposas, niños, caballos, perros y cerdos. Moctezuma facilitó la marcha alimentando a las tropas a su paso para dar la sensación de amistad, cuando el plan secreto era darles batalla más adelante.

No se hizo esperar la primera batalla -y hasta tres más- en campo abierto, contra los tlaxcaltecas esta vez,  enemigos de los aztecas. Todas recayeron del lado español (y totonaca), lo que finalmente se resolvió en negociaciones. En otro torpe movimiento diplomático, varios aliados de Moctezuma intentaron abortar éstas, y ante tal injerencia y temiendo que Tenochtitlan se abatiese en su contra, consiguió precisamente lo contrario, que se firmase la paz entre Tlaxcala y Hernán Cortés.



Moctezuma sabía del poderío militar de Tlaxcala, de hecho era el mayor territorio que nunca había podido doblegar el imperio azteca, quedando como una isla dentro del mismo. La balanza se empezaba a inclinar del lado español lentamente y el hábil emperador decidió cambiar el paso: en vez de ponerles excusas e impedimentos a los españoles para entrar en la capital, no sólo les agradecería la visita si no que les dejaba el camino expedito y se lo facilitaba. Todo por alejarles de Tlaxcala y sus temibles guerreros.

Lógicamente no todo iba a ser un camino de rosas, si podía eliminar a los españoles antes, lo haría, o al menos debilitarlos, y para ello urdió varios planes.

Aprovechando los fallidos planes de Moctezuma, un hermanastro y rival de éste le empezó a hacer la guerra interna para destronarlo, contando con el apoyo de la nobleza y los militares, cada vez más en contra del emperador.
Cortés que a la fuerza se había convertido ya en un hábil estratega en terreno hostil, agradeció el gesto de Moctezuma, pero a la vez no iba a dejar a sus aliados por el camino, tenía que dejarse siempre amigos para salvar una posible retirada.

El camino recomendado para ir a la capital era por Cholula, aliado de Moctezuma pero que recibió a los españoles -y sólo a ellos, el resto del ya amplio contingente debía aguardar extramuros-  con los brazos abiertos.

Casi de una forma casual Cortés se enteró de que era una encerrona y actuó de una forma devastadora. Reunió a buena parte de la población y sobre todo a sus dirigentes a una recepción en palacio, en un clima de cordialidad. Una vez todos dentro, se bloquearon las puertas y los hombres de Cortés pasaron a cuchillo a todos los allí presentes, indefensos, sin piedad ni miramientos, en, posiblemente, el acto más brutal de Cortés y sus hombres. El mensaje era triple: para Moctezuma por la trampa; para Cholula por la traición; para el resto, como aviso de lo que les podía pasar.




























A estas alturas el contingente liderado por los españoles era de una dimensión formidable, si ya los españoles eran temibles en una batalla abierta, y lo habían demostrado en varias ocasiones, ahora contaban con miles de soldados locales, ávidos de guerrear con los aztecas de los que habían sufrido innumerables daños y humillaciones. Esto lo sabían los mexica perfectamente, y la opción de la lucha cuerpo a cuerpo quedaba ya descartada a estas alturas. Aunque Moctezuma les siguió haciendo el juego doble de esperarles con los brazos abiertos y a la vez prepararles emboscadas, dentro de la ciudad de Tenochtitlan la superioridad tecnológica española quedaba mitigada, el uso de los caballos no era determinante, y el conocimiento del entorno urbano local podrían ser determinantes para la victoria final. Además, los locales se jugaban el todo o nada, una fuerza motivadora sin igual en toda guerra.

Tenochtitlan, mural de Diego Ribera [Javier Medina Loera]

Otro factor a añadir era la compleja disposición urbanística de Tenochtitlan. Hay que recordar que la actual Ciudad de México, se asienta sobre una zona pantanosa ahora desecada. En época de Moctezuma la ciudad era una isla, con apenas unos pocos accesos terrestres fácilmente bloqueables siendo el resto accesos acuáticos, difíciles para un ataque y también para una huída. Esta ventaja estratégica y el conocimiento del terreno Moctezuma las consideraba sus mayores fuerzas, mientras que Cortés, posiblemente ya conocedor de la difícil empresa de la conquista de la ciudad por tamaño, acogió con agrado la suculenta oferta de no batallar hasta la entrada de la ciudad: al menos no perdería efectivos antes de la batalla final.

Un último factor: Cortés y sus hombres eran sólo una avanzadilla, un grupo de embajadores de un rey poderoso como sólo la imaginación mexica podía suponer. Este embajador y su reducido grupo de hombres blancos había puesto en jaque a todo el imperio azteca y habían ido descubriendo las riquezas del mismo. Nunca el rey debería de tener constancia de ambos hechos, de que habían llegado a la capital y habían sido derrotados, y de que las riquezas aztecas eran inmensas. Para ello no podía quedar un español con vida que transmitiera esta información.

Encuentro de Moctezuma y Hernán Cortes [Fuenterrebollo]

Finalmente, el 9 de noviembre de 1519 Hernán Cortés hacía una entrada triunfal en la venerable Tenochtitlan, posiblemente la ciudad más importante del mundo en su tiempo. Cautos y orgullosos, con sus mejores ropas y alerta, seguidos de sus aliados indígenas, Cortés entraba en la mítica capital azteca produciéndose finalmente el tan buscado encuentro con Moctezuma, que salió a su paso. Este encuentro representa, sin duda alguna, el encuentro de dos mundos, para asombro y admiración mutua. La población les recibió con flores y adornos y el propio emperados Moctezuma agasajó al líder español con dos preciosos collares. Es difícil, quinientos años después, extraer de crónicas posteriores y de informes burocráticos qué sintieron realmente ambos líderes, pero muy posiblemente un sincero respeto. Ambos eran líderes, ambos sabían lo mucho que se jugaban, uno de los dos acabaría muerto o apresado, pero las palabras de aquellos dos hombres que nos han llegado, algunos acontecimientos posteriores y la magnitud del momento invitan a pensar que así fue, que ese estimaban, se respetaban y que pronto surgió quizá incluso afecto. Hombres duros en épocas duras nunca dejarían que un simple respeto o afecto nublasen su objetivo, pero a pesar de lo que fuera a pasar, y ambos sabían que algo iba a pasar, como personas valoraban a quien estaba a su altura y a buen seguro que se analizaron concienzudamente en este y siguientes encuentros exponiéndose el uno al otro posiblemente con sinceridad.



La llegada de los españoles supuso el avivamiento de las fuerzas opuestas a Moctezuma que no podían entender cómo se les había dejado entrar hasta la mismísima capital, con el riesgo que ello conllevaba.

Moctezuma con el enemigo en casa y en la puerta de al lado, cada vez más superado por los acontecimientos, dudaba y no tenía especialmente claro cómo atestar el golpe final contra los españoles, que a la vez quitaría fuerza a los golpistas.

Añádase la inquietud y el malestar del pueblo al tener una fuerza invasora enemiga en tus mismas calles, con otras religiones, otras costumbres y siempre armados.

El clima, por todos estos factores era un polvorín.
La ferviente religiosidad de Cortés al respecto de la religión le hizo cometer un par de errores impropios del excelente estratega en que se había ido convirtiendo.

Fueron alojados en un palacio y pronto descubrieron de una forma casual una pared recientemente tapiada, que al derribarla les mostró un inmenso tesoro. Por si había dudas de qué hacían tan lejos de casa tal cantidad de oro se lo recordó.

Cortés fue informado de que las vías de comunicación y suministro habían sido atacadas y Juan de Escalante, alcaide de Veracruz, muerto.

Cuando Cortés se enteró de este ataque acusó a Moctezuma de orquestarlo, y en una tensa discusión el, esta vez sí, pusilánime Moctezuma, posiblemente con la única posibilidad de salvar la vida ante el airado Cortés, se entregó al mismo que le apresó ordenando arresto domiciliario.
























Unas dos o tres semanas después de los acontecimientos de Veracruz, con Moctezuma aún preso, se presentaron ante él y Cortés a los cabecillas de ese ataque. Moctezuma era aún el dirigente nominal, aunque sin libertad para sí, Cortés era cada vez más fuerte y conocedor de la facción enfrentada que quería tomar el poder en el imperio, y en sus manos tenía a un cabecilla local al servicio de Moctezuma que fue condenado a la pena capital por éste en una de sus últimas muestras de poder. Además Cortés acusó al emperador de conflagrar en su contra, y en un acto de prevista humillación, engrilletó a Moctezuma.

La ejecución del subordinado rebelde de Veracruz fue cruel y pública, por supuesto con el ánimo de amedrentar a la población que sabía que tenía cautivo a su líder y que además había dictado la sentencia de muerte del ejecutado. Moctezuma estaba anulado, la actitud débil de éste había dado fuerzas a los opositores -posiblemente el poder real al que ahora se enfrentaba Cortés- y, sin embargo, éste de nuevo era alertado de una conspiración en contra del emperador, consiguió apresar al mismo y quitó poder a estos opositores dándoselo a su cautivo Moctezuma. El doble juego de Cortés era oportunista y cuidadoso, siendo él siempre el que salía reforzado de estas disensiones y enfrentamientos soterrados.


Cortés, como el púgil que sigue golpeando a su rival aunque éste ya haya caído a la lona, continuó degradando a un ya desarmado Moctezuma, haciéndole prometer lealtad al rey Carlos. En dicho acto, un Moctezuma humillado rompió a llorar y todos los presentes, duros guerreros mexicas y españoles, curtidos en mil batallas, que habían abierto en canal innumerables cuerpos, lloraron con él al ver al otrora emperador arrastrar su dignidad de aquella manera.

Moctezuma, como si padeciera síndrome de Estocolmo, se sentía mejor tratado y respetado por los españoles, en general, que por su pueblo, que lo veía como un traidorQuien tenía trato directo con el azteca le respetaba también más y más, sus buenos modales, su inteligente conversación y la cortesía que siempre tuvo para con los españoles se granjeó la amistad de sus guardianes. Sólo Cortés, también jugando su papel de líder, era el más duro y hasta cruel con él, sometiéndolo para el beneficio de su causa.

Como estúpido no era, y como estaba en su imperio, era conocedor del desembarco de Narváez y pronto inició conversaciones con él.
Sabiéndose con el control de la situación, y por el ferviente ardor religioso de Cortés, se fueron haciendo exigencias cada vez más humillantes, sobre espacios de culto o remuneraciones en oro para supuestas obras del rey Carlos.

Y, sin embargo, esta vez sí, la fortuna le dio la espalda a Hernán Cortés. Y de una forma sorprendente: compatriotas suyos, comandados por Pánfilo de Narváez enviados por Diego Velázquez arribaron a Veracruz para poner orden ante los desmanes de Cortés. La orden expresa de Pánfilo era arrestar y ejecutar al rebelde Hernán Cortés. La orden la dictó, quién si no, Diego Velázquez, el valedor de Hernán Cortés.

El dificilísimo panorama era ir hacia Veracruz al encuentro de Narváez y tratar de derrotarlo allí -pero muy posiblemente se sublevasen en Tenochtitlan- o quedarse en la capital y dejar que su enemigo español entrase, admirase y se inflase con las vistas de la magna ciudad, lo que sin duda le daría la razón perfecta para ajusticiar a Cortés.

Finalmente, Cortés salió al encuentro de Narváez a Veracruz, dejó un destacamento al mando de Pedro de Alvarado, y a toda prisa fue en busca de su compatriota.































Superados en una proporción de cuatro a uno, pero conocedores del terreno y con aliados locales, los españoles de Cortés lanzan una ofensiva, algo inesperado por los españoles de Narváez, el cual, a pesar de estar en sobreaviso de la impulsividad de Cortés no se esperan que los arrollen de semejante manera. Pero no sólo con armas se ganan las guerras: los soldados de fortuna de Narváez se dejan sobornar con facilidad, los tesoros aztecas sirven para derrotar españoles por españoles y decantar la balanza. Estos mismos mercenarios se unirían a Cortés para continuar en la capital azteca lo que Cortés había dejado a medias.

Mientras tanto en Tenochtitlan, la olla a presión en que se ha convertido la ciudad implica que rumores y habladurías lleguen a oídos españoles con más o menos frecuencia, y uno de los más insistentes es el de una inminente sublevación. Copiando el quehacer de Cortés en Cholula, Pedro de Alvarado provoca una matanza entre indefensos, pero esta vez es muy probable que no hubiera revuelta detrás. Es la llamada Matanza del Templo Mayor. El pueblo se enaltece, los ciudadanos están hartos de la presencia española y tlaxcalteca, y la olla no aguanta más presión.


El polvorín en el que se ha convertido la capital mexica no reconoce a su líder, y cuando Moctezuma, obligado por los españoles para que calme a las masas, es humillado por el pueblo que le debía obediencia, ocurre la tragedia. Aunque existen varias versiones -darle muerte por los españoles en sus aposentos, ser asesinado delante de su pueblo- la más probable es la de que en una lluvia de piedras una le alcanzó la sien y prácticamente lo mató en el acto. Moctezuma, el último emperador azteca que realmente gobernó sobre su pueblo, moría a manos de su pueblo, el 27 -o 28- de junio de 1520.
Cortés llega a toda marcha a Tenochtitlan, altivo por la victoria y enrabietado al conocer que Moctezuma había negociado con Narváez. Ya sabe de la matanza de Alvarado, no le desacredita. Las masas van rodeando los palacios donde se han hecho fuertes los españoles, Cortés usa a Moctezuma de escudo, debe calmar a su pueblo.

Ante la imposibilidad de controlar a las masas, los españoles se ponen a la defensiva, tapian paredes, hacen acopio de alimentos, seleccionan lo mejor del botín... Están rodeados, no hay forma de detener las oleadas de ataques y había que morir en Tenochtitlan o escapar en cuanto hubiera ocasión.
















La Noche Triste [Medios Radiofónicos Michoacán]

El 30 de junio, por la noche, los soldados españoles, fuertemente armados y con lo que cada uno podía cargar en oro y joyas, se deslizaron por las calles de la espectacular capital del imperio azteca, en una salida indigna para Cortés pero en el límite de la supervivencia. Un grupo tan numeroso, con animales, con acero, en un clima tan exaltado, fue descubierto cuando ya estaban avanzando por las calles y se corrió la voz. Se conoce como La Noche Triste. Piedras, utensilios de cocina, palos, todo lo que los aztecas tenían a mano era armas contra los españoles, pero pronto llegaron también soldados armados. Entre el terror de verse rodeados, la estampida generalizada y el peso del oro, perecieron 900 españoles como ratas, acorralados, linchados, ahogados en las lagunas por el peso de lo que será su tumba y pretendía ser su salvación económica eterna. Un pueblo enrabietado se tomó la justicia y sólo un tercio de los españoles consiguió salvar la vida, hubo muchos heridos.

Hernán Cortés, el conquistador que había puesto en jaque a todo un imperio, está a punto de derrumbarse. Lo ha perdido prácticamente todo, la mayoría de sus hombres, a grandes amigos, casi toda la riqueza acumulada. Se retira, con el rabo entre las piernas, en terreno hostil, hostigado por el enemigo y con el ánimo destrozado. Tal es la situación de desesperación de las tropas que se llega a dar un caso de canibalismo.

Los aztecas y sus aliados les plantan batalla, pero como buen ejército formado que es, el de Cortés hace frente y, aunque la superioridad numérica es muy evidente, con astucia y algo de fortuna consiguen vencer una batalla que tenían muy cuesta arriba gracias a que centraron sus esfuerzos en matar al líder del ejército enemigo.

Un ejército prácticamente destruido, física y moralmente, exhausto, escuálido, llega a Tlaxcala, a la ciudad de sus aliados. Éstos les ofrecen protección, comida, descanso. Los españoles se lamen las heridas, los aztecas vuelven a su vida creyendo que los españoles se dirigirían a Veracruz, embarcarían y volverían por donde habían venido. Pero por algo Hernán Cortés ha pasado a la historia.

Lamidas las heridas, con fuerza y disciplina, Cortés va recomponiendo su maltrecho ejército, ahora conoce mucho mejor a su enemigo, conoce la ciudad y sabe de sus riquezas. Y, además, Tenochtitlan sufrió su primera epidemia de viruela, importada, por supuesto, por los españoles. Los virus y las brutales pandemias que sufrieron los indios americanos fueron la fuerza más desequilibradora en este periodo, de una forma callada y sin esfuerzo por el invasor, fue diezmando y desmoralizando a los indígenas, en este caso, además, dejando tiempo para el rearme español. Incluso el recién nombrado emperador Cuitláhuac moriría por la viruela, y su sucesor, Cuauhtémoc, ofrece condiciones ventajosas a los pueblos que antes habían apoyado a los españoles.

Pero Cortés ya estaba rearmado, preparado para presentar batalla, pero con una estrategia diametralmente opuesta: no esperaría la bondad de otro Moctezuma que le abriera las puertas, no volvería a quedar atrapado en una ciudad, no habría retirada ni otra Noche Triste. Con sus fortísimos y numerosos aliados tlaxcaltecas, prepararon un asedio a la ciudad de Tenochtitlan, algo relativamente sencillo por ser una isla rodeada de lagunas, incluso una pequeña flota de bergantines construidos con madera local de doce metros de eslora se construyeron para controlar el tráfico marítimo de las lagunas. Cortés y sus hombres bloquearon las calzadas que daban acceso, controlaron el trasiego de canoas aztecas y con las líneas de suministros estranguladas, empezaron a asediar la ciudad. Los aliados de los aztecas que intentaban romper el cerco son repelidos por los castellanos y, definitivamente, la ciudad de Tenochtitlan queda rodeada, asediada y sin suministros exteriores. Sin embargo, los ataques españoles y tlaxcaltecas son también repelidos, uno tras otro, a pesar del formidable ejército de unos 150000 efectivos -aunque los aztecas contaban con el doble-, que por supuesto eran en su inmensa mayoría indígenas, recuérdese que Cortés desembarcó con 500 hombres como mucho, dejó en torno a 150 en Veracruz y aunque fue reforzado por los de Narváez, el número sigue siendo ridículo en comparación con el contingente de la batalla final. De aquí que no es osado afirmar que el imperio azteca fue conquistado por los propios indígenas, o visto de otra manera, ellos ayudaron a la fundación del México actual, aunque fuera al servicio de una fuerza extranjera.

Cortés hace numerosos intentos de llegar a una solución pacífica, para asegurarse la victoria, pero posiblemente también porque no quería destruir la ciudad pero siempre obtiene la negativa por respuesta. Pero los asedios son guerras por desgaste. Va derribándose casa por casa, se conquista calle a calle, se deja que la población muera de hambre. Los episodios de canibalismo se suceden, primero con prisioneros españoles y tlaxcaltecas, luego entre ellos. Cuando se gana una calle los soldados se horrorizan al ver la decrepitud de la población, comían las malas hierbas, las cortezas de los árboles, cualquier prenda de vestir. Cortés corta el suministro de agua dulce para acelerar el desenlace. Mientras tanto, los españoles entran cada vez menos en batalla y son los tlaxcaltecas quienes, con extraordinaria crueldad, realizan matanzas contra la población azteca indefensa, en una venganza que duraba décadas. Incluso los españoles, curtidos en guerras y tropelías, se escandalizaban por semejantes salvajadas, pero Cortés dejó hacer, en uno de los actos más mezquinos de su biografía. A la vez, Hernán Cortés expresaba su pena por verse obligado a destruir tan bella ciudad, pero no parece que mostrase la misma pena por los más de cincuenta mil cadáveres que yacían por las calles de su añorada ciudad, que provocaban tal hedor que los castellanos la abandonaron por no poder soportarlo.

Apresamiento de Cuauhtémoc [Memoria Política de México]

Como suele ocurrir con muchos líderes, el emperador Cuauhtémoc intentó huir pero fue apresado, se le obligó a pedir que su pueblo depusiese las armas, y una vez lo hicieron, vino el saqueo. 75 días -93 según otras fuentes- duró el asedio, el 13 de agosto de 1521 cayó Tenochtitlán, la capital del imperio azteca. La guerra de conquista -para unos- y de venganza -para otros- había llegado a su fin, nunca los españoles hubieran podido lograr semejante empresa sin sus aliados locales, nunca una guerra civil fue tan bien dirigida por fuerzas extranjeras y nunca el ganador de una contienda local alentada por aquellos ha dado tantos réditos. Los vencedores fueron los españoles, tlaxcaltecas y totonacas, aunque quien finalmente recogió la mayoría de los frutos fueron los primeros, pero nunca hubiesen logrado este éxito sin la ayuda indígena, nunca. En la batalla final murieron entre 50 y 100 españoles, 100000 aztecas.

Vencer en la capital no implica dominar un imperio, pero ayuda. Se sucedieron batallas contra otros pueblos, se fue extendiendo el poder político español y seguían mezclándose las razas: desde el día del desembarco, los dirigentes indios ofrecían a sus hijas para que les diesen nietos mestizos. Un poder colonizador se debe hacer valer y trató a los indígenas, en general, como a unos seres inferiores, a los que había que dirigir y ordenar, llevarles al buen camino de la fe católica y educarlos en la cultura e idioma correctos. Y, sin embargo, dentro de esta mentalidad colonialista, desde el principio curas católicos aprendieron el náhuatl para predicar en su lengua, Cortés dio órdenes de respetar el patrimonio cultural y las encomiendas que iban surgiendo tenían orden de tratar con respeto a la población local. Dentro, obviamente, del contexto del siglo XVI, de un pueblo colonizado, del ambiente bélico previo, etc.

Tras enviar informaciones al rey Carlos V, Cortés inicia la reconstrucción de Tenochtitlan para convertirla en la capital de la Nueva España y del gobierno del imperio, que había quedado muy maltrecho al estar descabezado. Cumpliendo su palabra, los pueblos que le ayudaron recibieron importantes ventajas y disfrutaron de gran autonomía. Cortés ejerció durante un tiempo un poder absoluto, político, jurídico, legislativo. Cuauhtémoc, el emperador apresado, sigue en su puesto, tiene capacidad de mandato, lo que para Cortés es una ventaja para controlar a su pueblo. Conocedor de lo que había ocurrido en La Española y Cuba, donde la economía se basaba en un modelo puramente depredador y extractivo, para su país trata de aplicar leyes que permitan planificar a largo plazo, desde el tipo de agricultura y roturación, las cabezas de ganado o el trato humano a los indígenas para evitar su sobreexplotación, no tanto por compasión si no por mero utilitarismo, pero con una mentalidad ciertamente adelantada a su época en algunas cuestiones. Pero no todos pensaban igual, y con el aislamiento de las encomiendas y la pobreza en las comunicaciones era, en ocasiones, difícil aplicar la ley, por lo que algunos sometían a la población local a trabajos extenuantes, lo que unido a la fuerza más devastadora de América, las pandemias, redujo la población local de unos 25 millones de personas en 1519 a unos pocos miles -menos de 17000 según alguna fuente- en 1532.

Tiempo después Hernán Cortés se reencuentra con su esposa Catalina Juárez, quien al poco, en extrañas circunstancias, muere. Esta será una de las muchas acusaciones que tendrá que luchar en los tribunales españoles durante años.

Pero Cortés no está falto de ambición: no ha llegado a la tierra de las especias que buscaba Colón, pero sabe que hay mar al otro lado, mar que puede que sí le permita llegar a las añoradas islas Molucas. Prosigue sus conquistas sin grandes impedimentos hasta el «mar del sur», el océano Pacífico, el cual es tomado en nombre del rey de España. Para ello, como anécdota, necesita azufre para seguir haciendo funcionar la temible artillería y varios españoles escalan el Popocatépetl para recogerlo, posiblemente la primera ascensión nunca hecha al volcán activo. Con mucho retraso Cortés ya sabía que Magallanes había doblado el estrecho que desde entonces lleva su nombre y que inició la circunvalación del continente americano, por lo que era razonable pensar que él estaba a ese lado del mundo y se abría la posibilidad de continuar por mar hasta las especias.
Hernán Cortés [Memoria Política de México]












Hernán sigue teniendo ansias de conquista y en un arrebato de cólera por la traición de uno de sus capitanes, inicia la expedición más desastrosa de su vida, rumbo sur, a las Hibueras, actual Honduras. Comienza casi como un desfile militar y acaba penando dos años por unas selvas impenetrables, muriendo indígenas y españoles como moscas. Ciénagas, cocodrilos, vadeos de ríos e indios que siguen la estrategia de tierra quemada son una tortura para el ejército cortesano. En otro momento bochornoso de su biografía, temiendo una traición, ejecuta al último emperador azteca, Cuauhtémoc, ahorcándolo de un árbol. Ni sus compatriotas lo vieron justo, pero quizá la ira y la frustración de tan penosa expedición, la culpa de estar metiendo a cientos de sus hombres en un callejón sin salida era el combustible que sólo necesitó de un rumor para desatar la deflagración.

Cuando, casi de milagro, consigue retornar a la renacida Ciudad de México -con tres mil hombres menos, principalmente mexica-, se encuentra el peor de los panoramas: los gobernantes que dejó a su cargo han convertido la ciudad y el imperio en sus fábricas personales de amasar dinero, se han cometido injusticias y tropelías ganándose la animadversión del pueblo, se han dictado sentencias aleatorias y sin fundamento, y a todo aliado de Cortés se le ha apartado del poder e intentado arruinar por todos los medios. Y el siguiente era él. Las víboras que gobernaban Nueva España acusaron a Cortés de mil y un delitos, mientras éste se debatía entre la vida y la muerte por las fiebres que traía de las Hibueras. En 1527 fue desterrado de Ciudad de México; los amigos de tantas batallas y peligros fueron apartados del poder, confiscadas sus posesiones y arruinados; Cortés tuvo que malvender posesiones de las pocas que no habían sido expropiadas; y el rey parece que poco a poco le da la espalda.

Un año después inicia un largo viaje a España para defender su honor, posesiones y poder ante el rey de España. Aunque en un principio consigue buenos réditos de la visita -marquesado de Oaxaca, autorización para nuevas conquistas- son tantos los pleitos abiertos, tantos los enemigos y las sanguijuelas ávidas de poder y sobradas de envidia que rodean al rey, que Cortés invierte una ingente cantidad de tiempo y dinero en defender lo que considera suyo y en ser retribuido por los inmensos sacrificios que él y los suyos han realizado para aumentar el poder y las riquezas de la corona española. Pero nunca más será restituido como gobernador de la Nueva España. Cuando regresa a México, ya su país, dolido con su patria, se encuentra un panorama desolador, cada vez los gobernantes son más despóticos, las decisiones más arbitrarias y la corrupción más galopante, le esperan muchas y graves acusaciones y mientras trata de defenderse ante tribunales corruptos y manejados por el poder, él prepara varias expediciones para conquistar y, posiblemente, para volver a sentir la adrenalina de la conquista y la emoción del espíritu libre que se busca su destino. Para costearlas amasa una importante fortuna gracias a su buena disposición comercial, encarga la construcción de navíos, se aprovisiona concienzudamente y reúne una muy buena tripulación para iniciar la conquista del oeste de México, descubriendo la península de California, fundando ciudades y encontrando nuevos pueblos. Incluso ayuda a su pariente Francisco Pizarro con vituallas y armamento que se encuentra en situación comprometida en el lejano imperio inca.

Isla [sic] de California [Academic]


En 1540 parte de otra vez hacia la Vieja España para litigar de nuevo. Tiene tiempo de participar en la batalla de Argel, de descubrir los tejemanejes que rodean al rey, de desesperarse, de recibir malas noticias de nuevas expropiaciones de sus bienes, mientras un cada vez más envejecido Hernán Cortés pena por la corte, en Valladolid, en Madrid y luego trasladándose a Sevilla, tratando de restablecer su patrimonio y nombre, el rey lo ignora cada vez más. Aquejado de las fiebres con las que volvió de África, apesadumbrado y prácticamente arruinado, encontraría la muerte por disentería en casa de un amigo el 2 de diciembre de 1547, en Castilleja de la Cuesta.

Placa conmemorativa del cuarto centenario de la llegada de Hernando Cortés a las playas de Veracruz, situada en el exterior de la Iglesia Jesús Nazareno e Inmaculada Concepción de Ciudad de México

Ni siquiera muerto pudo descansar en paz, pues sus restos han sufrido los vaivenes de viajes, presiones políticas e intereses nacionalistas hasta reposar, parece que finalmente, en una pequeña iglesia de Ciudad de México, donde ni siquiera se puede acceder a las proximidades del nicho donde reposan sus huesos y donde no se puede ni tomar un recuerdo fotográfico por deseo expreso de esa Iglesia que tanto ayudó a difundir por tierras americanas. Arrinconado por la incomprensión y la falsa vergüenza del país que le vio nacer, vilipendiado por las parte negativa que sólo quiere ver un nacionalismo mal entendido, y deshonrado por una nación que no sabe defender a los ojos de la Historia a los hombres que han forjado su personalidad, Hernando Cortés Monroy, marqués de Oaxaca, inventor de México, recibe, casi quinientos años después de su muerte, el incómodo e injusto trato que suelen dar a los expatriados. Al menos, descansa en el país al que se consideró más unido en los últimos años de su vida, en el que deseaba reposar para siempre, su país.


«Hernán Cortés» (José Luis Martínez)│«Moctezuma» (Germán Vázquez Chamorro)│«Breve historia de Hernán Cortés» (Francisco Martínez Hoyos)│«Tlaxcala. El aliado de Hernán Cortés» (José María Buceta)│«Armas, gérmenes y acero» (Jared Diamond)│«Colapso» (Jared Diamond)│«Virus y pandemias» (Ignacio López-Goñi)


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25 de abril de 2017

7 de diciembre de 2016

Spartatrail: vídeo

47 horas, 243 km, en cuatro minutos y cuarto. Habiendo perdido parte del material con el que pensaba complementar y varias el vídeo, da para lo que da. Como casi siempre, el vídeo son mis ojos, y si has leído la crónica, lo comprenderás algo mejor, aunque no es imprescindible.






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22 de noviembre de 2016

Filípides, el hemeródromo ateniense

Desde que me planteé el proyecto Run the History sabía que tarde o temprano iría a Grecia. Ha tocado en 2016. Por nada en especial, pero se vuelve a juntar lo que mueve todo esto: correr, historia, turismo, ganas, lugar interesante... Filípides, por alguna razón que desconozco, ha pasado a incorporarse al ideario cultural mundial siendo un "don nadie" al fin y al cabo y además ha trascendido una versión descafeinada que no se ajusta ni por asomo a la realidad. Pero de la anécdota, el dato puntual, el "llegó-y-murió" a la historia de verdad hay un buen trecho en cuanto a información veraz, y esto me retrasó, una vez más, en tener el objetivo claro. Le doy una buena importancia a la parte histórica y a la vez me sirve para motivarme en los entrenamientos en una retroalimentación que me está aportando buenas dosis de interés y cosas en las que pensar para no arrepentirme de entrenar duro, sean unas cuestas, un día largo, uno lluvioso o ese en el que te duele todo. Pero también, y en este caso más, es un trabajo previo importante.

Llevo tiempo evolucionando mi forma de entrenar, pero lo de esta temporada ha sido bastante extraño. Con muy poco tiempo a diario, apenas sacaba como mucho 1h20' y algo más en fines de semana. Un compromiso laboral fijaba una fecha de junio en el calendario, por lo que a Grecia iría antes o después. Tenía el riesgo del calor, que en Grecia puede hacer mucho y ser un factor verdaderamente limitador. Así que mejor antes, pero cuando me quise dar cuenta y fui para atrás en el calendario para calcular temporada ya iba justísimo, me faltaban varias semanas. Empezamos bien. Añado que llevo bastante tiempo sin hacer algo non-stop de muy larga distancia (en 2015 casi 140 km en Turquía), no me acerco a los 200 km desde hace muchos años, distancia que me impone mucho respeto  y que había superado en cuatro ocasiones previas, pero cuando era "joven": dos veces en la Libyan Challenge, el Camí de Cavalls menorquín (son 185, pero alguna vuelta extra di) y la Trans 333. Mucho lo pensé, meses antes, que si iba a hacer 200 intentaría hacerlo non-stop, pero si era más dormiría y me lo tomaría como "etapas encubiertas", parando, recuperando un poco y sin tratar de convertirlo en un infierno. Cuando cogí el calendario, ya digo, me iba a principios de junio demasiado justo de preparación, o a principios de julio, con el problema que para esta fecha haría mucho calor e iría sin aclimatar, entonces mediados o finales de julio... o quizá septiembre. Me dije que hasta después del verano era demasiado, decidí apretar e intentar llegar a principios de junio en forma: me puse a entrenar lo que pude, poco con algo de calidad a diario, e intentando hacer largo en tres días escogidos. El día que llegué a tres horas decidí que estaba preparado para el primer test. Un mes después el segundo. Tres semanas después el más largo. Temporada de unos tres meses, atropellada, sin la seguridad de qué sería de mí en distancias que me parecen extraordinariamente largas, pero los tests había sido excelentes.

Tras el tercer test, con el entrenamiento ya hecho, descubro que la Spartathlon son más kilómetros de lo que esperaba, pero que creo que lo puedo recortar a simple vista. A menos de una semana de irme descubro que no lo puedo recortar. No voy a 200, voy a 240 kilómetros. No me lo esperaba. Se me cae el mundo al suelo. A una semana. Vuelvo a pensar en el plan inicial, una parada larga cada maratón, no estoy en una carrera en el buen sentido, de la seguridad, de que me tengan controlados los avituallamientos, de saber que el recorrido se puede hacer, de que alguien sepa por dónde voy o pueda esperar a otro corredor si no voy bien: voy solo, sin plan B, sin asistencia, sin red de seguridad. Como regla mnemotécnica creo que un reto personal nunca debería superar el 70 % de la máxima distancia que hemos hecho compitiendo: ese 30 % de colchón es para tener cierta lucidez, para compensar los problemas de la ruta, para rodear una finca cerrada, o porque nunca tendrás tanta atención, cuidados y seguridad como en una competición. La Trans 333 la hice dándolo todo, dejándome el alma y varios meses de vida; 333 x 0,7 son 233 km. Estaba en el límite límite. Posiblemente era demasiado. A darle vueltas a la cabeza. A una semana. Demasiadas veces voy al límite, por distancia, por terreno, por frío, por calor, por condiciones que me autoimpongo. Así llevo casi toda mi vida deportiva reciente, casi veinte años. A veces creo que algún día todo esto se me va a poner en contra con un guantazo que me va a dejar en el sitio, y una vez más iba bordeando mucho el precipicio. Soy un corredor de larga distancia mediocre, por mis capacidades físicas sé que no puedo hacer 200 kilómetros, no puedo, no tengo ni el don ni la resistencia, ni la fortaleza psicológica. Y nadie me va a convencer, no me bajo de la burra. Diría que ni me gusta tanto como para arrastrarme de esa manera. Supongo que sí soy cabezón, o perseverante, o como se quiera llamar, pero los cementerios están llenos también de los que hacen las cosas por cojones. Pero la distancia larga y lo que vives solo con tu cabeza supongo que me siguen motivando tanto para seguir haciéndolo cuando, por mucho que me engañe y aunque tenga una memoria patética, sé que tarde o temprano va a haber momentos horribles que yo y sólo yo he buscado. Saber que he estado cuatro veces por la zona de los doscientos kilómetros a ojos de quien desconoce de qué va todo esto sería un pilar en el que apoyarse; cuando sabes lo duro que es, lo mucho que has tenido que escarbar dentro de ti para hacerlo, cuando sabes lo que puede llegar a doler todo, posiblemente esa experiencia previa sea casi un lastre. Porque sabes que en cuanto des la primera zancada vas al matadero. Lo sabes, no te engañes como tantas otras veces. Qué digo la primera zancada, cuando te lo empiezas a plantear meses antes. Intenta adornarlo con entrenamiento, el mejor material, concentración y pensamientos positivos. Cuentos chinos. Vas a destrozarte cuerpo y mente, vas a asquearte de lo que haces, vas a estar con la vista en la punta de los pies, con la mirada perdida, durante horas deseando sólo que se acabe, con pensamientos tan contradictorios como que no puedes dejar de avanzar pero no quieres seguir pasándolo mal. Esos momentos no los echo de menos, no los busco, no los quiero, pero sé que están ahí, que me están esperando. Me están esperando a que reúna el valor de volver a enfrentarme a una distancia que no es la mía, porque yo no estoy hecho para esto. Sería un estúpido y un irresponsable si pensase que puedo correr doscientos kilómetros sin dolor, sin hartazgo, sin momentos de tristeza, sin ese aguijón que te pica para que no pares, pero a la vez pidiendo clemencia, para que lo dejes, porque no le tienes que demostrar nada a nadie, ni a tus followers, ni a tu entorno, ni a ti, pero sabes que parar va a ser peor, y que en realidad en otras ocasiones has salido adelante, no sabes cómo, y mientras encuentras alguna imagen en tu memoria que te recuerde cómo saliste de aquel pozo, sigues avanzando, en una constante pelea contigo mismo. Y no hay clave. No hay secreto. No hay truco. Cuando ya lo has agotado todo, no hay nada, no hay milagros, no hay subidones, no hay nada que te saque de donde estás. Ahí no hay nada. Despojado de todo, de tu motivación, de lo que fuiste como corredor; con tus dolores y tu cabeza, sólo avanzas solo. Ahí no hay que rendirse. Y cómo no se rinde uno. Llámale cojones, determinación, cabezonería, agallas, o cualquier palabro en inglés que un coach se invente. Sólo tienes eso, porque la motivación se fue hace horas, el objetivo te la suda, eres un despojo y realmente no quieres estar ahí. Es duro, muy duro, las caras no se afinan de una dieta, las miradas de algunos no rozan la psicopatía por no hacer nada, ahí se pasa muy mal, aunque sea voluntario y buscado, se puede pasar muy mal. Se pasa muy mal. Pero es inevitable pasar por ahí. No hay rodeos, no hay atajos. Por mucha vuelta que le des no hay opción, pasa por ahí con la mayor dignidad que puedas, haciéndote el menor daño posible, con la certeza de que es un peaje doloroso pero que quedará grabado como todo lo que produce un profundo dolor, a fuego. Ahí no se muere, sólo se sufre.


En algún momento sentí algo de vértigo, lo reconozco, una sensación que me desagrada profundamente, sentir que se escapa de mi control; no es que pretenda controlarlo todo, es que hay cosas difíciles y cosas imposibles. Y hay que hilar muy fino para ponerte al límite y seguir sabiendo distinguir lo uno de lo otro. Cuando sumé los subtracks que había creado en mi amigo Google Earth y vi lo que salía tuve esa sensación.  Algo de vértigo. Algo. Qué cachondo. Cenando estaba absorto en mis pensamientos, hasta mi hija mayor -5 años-, muy sensible y atenta ella, lo percibió y me preguntó que en qué estaba pensando. En nada, hija. ¿En que no me quiero matar?, pensé. Tras 200 km no me importa meterme las subidas que me tenga que meter, pero llevándolo todo a la espalda, de repente estar a 1000 m de altitud en una zona de aerogeneradores -que no están puestos al azar-, muy muy agotado, se me hacía peligroso. Uno de los primeros pensamientos fue "aquí me mato". Como esté como he estado de agotado en otras ocasiones, durante horas estar en cierta altitud, porque se baja muy lentamente rumbo a Esparta, considero que me estoy jugando el pellejo. De ahí la mirada perdida, hija mía.


No sé en qué momento de lucidez le di la vuelta al recorrido, saldría de Esparta y acabaría en Atenas, que está casi al nivel del mar, la zona de altitud me la quitaría al principio. Todo esto a una semana de embarcar. Suponía rehacer la logística que tenía en la cabeza, ver el track y la orientación al revés, y cambiar algún plan más, como alojamientos que no tenía reservados aún. Y de repente me quité el peso de encima, al revés, nada más. Esa noche pude dormir.

Poco antes de coger el avión además me preocupa la meteorología por posibles lluvias. Los últimos días me consumieron bastante, había pasado por dolores de espalda y abductores; por progresiones de forma lentas y viendo cómo me comían las fechas; por bordear varias veces el sobreentrenamiento: esto, en una temporada que viéndolo con perspectiva ha sido bastante buena. En otro momento de rara lucidez me hizo darme cuenta de que no hay temporada fácil, la cantidad de obstáculos que te encuentras, de molestias, de dudas, de meteorología, de material, de subidones y bajones. Nada es fácil, este deporte no regala nada. Y sin embargo estaba fresco de cabeza, no harto de temporada y deseando acabar de entrenar como otras veces, pero a la vez tanto entrenamiento corto y rápido (la base ha sido poco más que cuestas de 100 m a tope) me generaba muchas dudas: ¿cómo se puede entrenar para 240 km non-stop cuando la mayor calidad han sido diez cuestas de cien metros a morir? Me aferraba al entrenamiento más largo -80 km- que me fue muy bien, como pocas veces en la vida.


Tras el estrés final, que me sigue consumiendo mucho, vuelo nocturno a Atenas, coche de alquiler y rumbo a la mítica Esparta, sin llegar a ella: a 50 kilómetros dejo el primer par de botellas de agua. El plan es dejar agua en ocho puntos, la única asistencia externa, escondida entre la maleza, el resto cargarlo a la espalda y sin ninguna ayuda más, complicación importante pero que a la vez te da una gran autonomía y, si las cosas salen bien, en mi caso también una buena dosis de satisfacción: me importa el cómo. Ese día haría más de 600 km de coche, y excepto el primer tramo el resto de botellas estaban separadas unos 20-25 km, que para la mentalidad de un corredor es "un rato" pero que con 100, 150 o 200 kilómetros en las piernas son bastantes horas. En total dejé 24 litros de agua, ocho puntos a dos botellas de litro y medio. Acabo de echar cálculos, recuerdo bien qué bebí en cada sitio, y dudo que me vaya por medio litro: me salen 14,5 litros de agua consumidos. En 243 km. Incluyendo preparación de algo de comida liofilizada. Soy un mechero.

Tras dejar las botellas, confiando en que no desaparecieran, compro el billete de autobús a Esparta y me dispongo a buscar hotel en Atenas. Me llevó lo mío pero lo consigo para esa noche, para cuando vuelva y parking para dejar el coche de alquiler. Día larguísimo, excepto una cabezada de un par de horas en el avión llevo más de 36 horas despierto y no precisamente tranquilas.



Un día después, poco antes de las cuatro de la madrugada, dejo la llave de la habitación del hotel de Esparta ante la sorpresa del recepcionista y me dirijo a las ruinas de la antigua ciudad. Aunque me había prometido no saltar la valla para salir exactamente del punto donde quería, todavía por el camino me lo iba pensando. No, no lo hice, hay que ser respetuoso, soy un invitado en este país, nadie me iba a ver ni se iba a enterar, no había seguridad de ningún tipo, pero puedo meterme ese poquito de orgullo por no salir del lugar donde quería justo por donde uno se puede imaginar. Pero oye, que me da un pelín de rabia, así es uno. Mando un punto del Spot. Un rápido tuit. Salgo. De Esparta. De la mítica Esparta (Σπάρτη, Sparta). Aunque ya había leído lo suficiente como para decepcionarme de Esparta y los espartanos, joder, ¡es Esparta!, esto sí es historia. Y ya voy sin luz. ¡Esta vez no he escatimado, he cogido pilas nuevas, vamos no me jodas! En la primera luz artificial, ¿a 50 metros de salir?, resuelvo el primer pequeño incidente. No me lo puedo creer, de verdad, ¡eran todas nuevas, seguro! "Resalgo" y paso junto al estadio de fútbol (y pista de atletismo) de Esparta, y en su entrada está la mítica estatua de Leónidas, junto al cual todo el que ha acabado Spartathlon tiene una foto. Para mí es todo lo contrario, el comienzo, toda la incertidumbre del mundo por delante, voy tranquilo, corriendo suave, calles desiertas, aún es noche cerrada. Se acabaron el entrenamiento, los preparativos, las dudas y el estrés, estoy aquí y ahora, es una gran sensación de libertad, de quitarme un enorme peso de encima, que me pase lo que me tenga que pasar, pero ya depende de mí, de lo que ocurra, un poco de azar, de estar atento y espabilado, pero ya he salido, joder, ¡lo he echado tanto de menos!, sé que me espera por delante una de las palizas de mi vida, pero estoy en movimiento, avanzo, no estoy mareando la perdiz, maldurmiendo por lo que me espera, preparando cosas, consumido por Google Earth tratando de adivinar la ruta a golpe de foto con década y media de antigüedad. A veces sólo quiero salir. El resto ya lo pongo yo.



Muy al final sólo me conformaba con tomar la salida desde Esparta y salir bien, tranquilo, dejar que pasasen los kilómetros bajo mis pies. Es fácil decirlo pero no siempre hacerlo, e incluso hay una parte de azar que no me gusta nada, puedes llevar preparando un objetivo meses y que en las primeras zancadas sepas que lo que te queda por delante va a ser de todo menos lo que habías planificado; se hace duro, y triste. Siempre tengo ese pequeño temor y, como digo, creo que hay una parte de azar incontrolable, que no sé de qué depende, en esta ocasión la paliza de vuelo-coche-botellas-hotel, al día siguiente el viaje de autobús y ya salir, sin más descanso, me podían pasar factura. Había tomado todas las precauciones posibles para descartar variables que sé que me podían afectar o que lo habían hecho en el pasado pero sólo tras las primeras zancadas puedes empezar a saber si puede que tengas un día decente, bueno o una santísima mierda. La noche estaba ligeramente fresquita, aunque esto es Grecia y la costa está a no demasiados kilómetros, la península del Peloponeso está completamente rodeada de montañas y Esparta está en el medio, a sólo 200 m de altitud pero que estoy seguro de que debe tener unos inviernos cojonuditos; y un poco más al norte donde el altiplano ya llega a unos respetables 900 m tienen que ser muy fríos, estoy seguro. Noche, zancadas suaves, poca luz, tranquila respiración, primer desvío que me paso. Entro en camino. Muy poco después pierdo la orientación, tras unas cuantas vueltas doy con la pista, veo que amanece, tranquilo, he visto unos ojos en la noche, espero que sean ciervos o zorros, entro en el primer pueblo (Kladas, Κλαδάς), me quito el frontal, nadie por la calle. Cojo carretera, veo las muy frecuentes señales de la Spartathlon, aquí estos valientes tienen que ir muy doloridos pero con una sonrisa de oreja a oreja, porque huele a Esparta que tira para atrás, yo llevo apenas una decena de kilómetros, voy por una carretera desierta por las horas, lo corro casi todo y me espera un largo tramo de asfalto. Rozo Voutiani (Βουτιάνοι), sigo a lo mío.


Algunos de los principales enemigos del trail tienen que ver con la demografía y el uso del terreno. Por exceso o por defecto, la población que puede usar unos caminos determinan la densidad de éstos: si muy poca gente los usa, para labores profesionales o lúdicas, la densidad de caminos será tan baja que hará inviable una ruta fuera del asfalto. Si la población es excesiva, en cambio, los caminos se asfaltan, demasiadas viviendas o industrias lo vallarán todo dejando, con suerte unas pocas buenas pistas públicas accesibles. El interior del Peloponeso está muy deshabitado, apenas una localidad medio grande (Trípolis, 31 000 almas) y un par de pueblos venidos a más. El resto son pequeños pueblos en un entorno quebrado y pedregoso que no siempre permite la agricultura tradicional y por ello la densidad de caminos es muy baja. Por mucho que miré en mi fiel amigo Google Earth no encontré forma de hacer este tramo sin pisar asfalto, a pesar de que en ocasiones me salía por la antigua carretera o algún corto camino paralelo, era inevitable el asfalto. Supongo que con tiempo se podría buscar una alternativa, buscar senderos o caminos casi desaparecidos, pero no tengo el tiempo ni las ganas para hacerlo porque hay que hacerlo sobre el terreno. Al tener poco tráfico, al ser éste bastante respetuoso, al ser al principio todo nuevo para mí, no me importó demasiado el asfalto, iba entretenido mirándolo todo, es lo bueno de viajar, vuelves a verlo todo como cuando eras niño cuando en todo te fijabas, por eso queda tan grabado en nuestra memoria y por eso los días viajando parecen  más largos, porque todo nos empapa. En una constante y suave subida iba remontando hacia el norte, sin prisa, prácticamente todo corriéndolo, con un ritmo pausado, comiendo y bebiendo muy regularmente como me había jurado que lo iba a hacer, dejando pasar el tiempo. Me entretenía viendo unos pequeños "relicarios" que se encuentran por miles en la carreteras griegas, en un principio pensé que honraban a fallecidos en accidente de tráfico, pero espero que no sea así porque se van a quedar sin habitantes en unos años tal es la densidad de estos relicarios. Los había muy sencillos, otros mucho más elaborados, metálicos, de fábrica, algunos en "desuso", otros muy bien mantenidos. Un entretenimiento para mí. Como ver animales muertos, a algún conductor que saludaba o a un pastor que apareció de la nada y que se sorprendería al ver un tipo, mochila en la espalda, avanzando lentamente y en solitario por esas carreteras perdidas. De vez en cuando, a lo lejos, veía alguna ruina, muy pocas: aquí ha vivido muy poca gente durante mucho tiempo, es una zona bastante pobre y lo ha sido durante muchos años. Dónde ha quedado la Esparta de la historia.

Creo que nunca sabré la afortunado que he sido con la meteorología, había amenaza de lluvia, y según previsiones, podía rasparla; el primer día aparecía nublado lo que estaba bien para no desgastarme en exceso aunque prefería que hubiese sido el segundo; y las temperaturas serían moderadamente difíciles mediada la ruta. Pero el calor que pasé al bajarme del autobús de Esparta o los días de turismo en Atenas no se los deseo al peor de mis enemigos. Las primeras horas corriendo por el Peloponeso eran incluso frescas, de "rebequita" cuando soplaba un viento moderado y sostenido, que invitaban a no parar mucho. Creo que estaba acertando de pleno al haber cambiado el sentido del recorrido, este fresco, ventoso; de noche, expuesto y exhausto creo que hubiesen rozado el peligro, porque al final vas muy ligero de ropa porque la vas usar muy poco, no generas calor y todas esas pamplinas de las que te arrepientes cuando rozas la hipotermia.


La segunda vez que pensé que estaba hasta las pelotas de asfalto llegó el desvío, sentidos alerta, cambiamos del 'stand by' trotón y distraído al 'on', ojos alerta al suelo, los cruces y lo que pueda venir. Me costó unos minutos encontrar el camino, primero bajé por una escollera, luego tiré por un camino, al final acerté por un huerto, un inexistente camino que pocos cientos de metros después desembocaba en una cauce seco que iba mejorando pronto hasta convertirse en una relativamente cómoda pista. Estuve fino con Earth aquí. Pasados unos minutos vi a los lejos a dos mujeres haciendo labores agrícolas, son las únicas personas que vi por el campo en decenas de horas, supongo que si me llegan a ver se hubieran sorprendido bastante, nunca vi una huella de una zapatilla o de una mountain bike, lo que da una idea de la tranquilidad de la ruta pero que para tener problemas no es lo mejor. Aprovechando el cauce seco del río que a su vez era aprovechado para acercarse a campos de labranza, me alejé del mundanal ruido de las carreteras (en realidad poquísimo tráfico) y disfruté un buen rato hasta que tras una buena subida vi una furgoneta y un perro fuera. Dentro estaban muchos perros más que no sabía si podían salir, pero aunque no era así el que estaba fuera de guardia era peleón y tocapelotas. Este sería el primer encuentro de muchos con canes, posiblemente lo peor de la ruta y lo más incontrolado, el peor recuerdo que me llevo de estos dos días de penar por Grecia.



Muy poco después llego al primer avituallamiento. Kilómetro 50. El plan de autosuficiencia suena bien pero implica fallos cero. Dejé agua en ocho puntos para 240 km, suficiente en mi caso (o eso creía) pero cerca del límite si el calor era excesivo. Tuve la precaución de dejar siempre dos botellas de agua, escondidas y separadas, tenía el punto guardado en el GPS pero recordaba perfectamente dónde era, excepto la localización exacta de las mismas, en ocasiones me llevó cinco o diez minutos dar con alguna de ellas pero las encontré todas. Este primer avituallamiento era la primera prueba con munición real de que todo lo pensado funcionaba o no, con lo que era importante. Además, como me había planteado, tras cada maratón me tomaría un buen descanso y comería bien. Botellas encontradas, liofilizado preparado, llamada a casa, un descanso de cuerpo y alma. Todo funcionaba de maravilla. Me alegraba mucho llegar tan entero a los 50 km. Para esto entreno, para poder correr fácil, despreocupado, relajado, para poder hacer maratón y alto y estar casi nuevo. Pensar que te quedan cerca de doscientos puede desmoralizar pero 50 km y estar muy bien no es tan fácil así que creo que era motivo suficiente para una alegría contenida.


Salgo del avituallamiento que está al lado de un pueblo (Kamari, Καμάρι), miro con curiosidad que un coche aparcado que vi en Google Street View y está exactamente en el mismo sitio, acabo de beber todo lo que puedo y arranco a correr. Pocos metros después compruebo con sorpresa que empiezan dolores, y la cabeza empieza a sobrecalentarse. ¿Pero no iba yo tan fresco? Motivo y solución. A pensar, rápido. He ido renqueando con abductores desde el año pasado, las zapatillas altas con mi pisada me dan problemas en estos músculos, pude no acabar el sendero iroqués por ello, le he dedicado tiempo y he modificado las plantillas aunque uno de los apaños caseros lo quité en la misma Atenas fruto de alguna preocupación. Sin apenas forma de tunear la plantilla tomé las primeras precauciones: correr por el arcén derecho (bueno, aquí no había arcén realmente) y forzar ligeramente la pisada. Nunca más supe de la molestia pero en el momento se te viene todo un poco encima, empiezas a pensar en hacer noche, en tomártelo como etapas durmiendo en sitios, etc.: es increíble todas las soluciones que puedes empezar a sopesar sólo con una molestia.

Evito Tegea (Τεγέα). A partir de ahora son pequeñas carreteras locales, nada de tráfico, por campos, viñas, olivos y árboles frutales, algún cementerio. Todo muy tranquilo. Dos pueblecitos, Lithovounia (Λιθοβούνια) y Agiorgitika (Αγιωργίτικα). Ya me he desviado del Spartathlon siguiendo mi propia ruta y mis propias ideas, no volveré a encontrarme con él hasta Nemea; mientras, me acerco a una cadena montañosa, bastante vertical e intimidatoria para un simple corredor, y es que para ir a la costa tarde o temprano hay que cruzar montañas, no se puede de otra manera y por mi parte me he buscado una ruta algo más directa y cuyos montes tengo que cruzar en breve, mientras que el Spartathlon va muy al norte, algo que, sin estudiar demasiado la historia de Fidípides -si es que la hay- me parece ilógico. Antes de coger una carretera más importante recargo con cerezas que he encontrado en algún punto, y es que desde poco después de salir voy revuelto y sintiendo que no asimilo bien. Desconozco el porqué, precisamente este año he sido cuidadoso en los entrenamientos largos con la comida y lo estoy llevando a rajatabla aquí hoy, y sin embargo, me siento pesado, estoy detestando desde el principio todo lo dulce y me cuesta mucho comer algo. Esto sé que me lleva al precipicio de cabeza, pero para intentar resolverlo decido vaciar el estómago dejando de comer muchas horas, es jugar con fuego, pero necesito quitarme la sensación que llevo. Por eso las cerezas me entran tan bien, porque el cuerpo está hecho para estas comidas, las de verdad, no los engrudos artificiosas que con buena voluntad y conocimientos nos preparan las empresas de nutrición deportiva, pero algo se les escapa aún viendo la cantidad de problemas gástricos que hay en ultras. Y aunque las cerezas son dulces me agradan su sabor y suponen un pequeño premio.

Otro tramo feote, una carretera que vuelve a ser buena, de doble carril y que baja hasta Argos (Άργος) salvando un fenomenal puerto de montaña. Me entretengo viendo un monte por donde en un vistazo satelital había pensado bajar (subir en su día), la curiosa pista o cortafuegos vertical y un zigzag que no llegué a entender. Al fondo, ahí abajo, Achladokampos (Αχλαδόκαμπος), otra fuente de algunos desvelos googlearthianos. También me entretuve viendo una chica haciendo series en bici de carretera, se estaba pegando buenos calentones. No vi a nadie haciendo deporte excepto ciclistas de carretera, muy bien equipados ellos, todos, sin excepción, con bicis de alta gama. Nadie corriendo. Si Fidípides levantara la cabeza...

Tras un tramo de carretera aburrido, alcanzo el segundo avituallamiento. Kilómetro 75. Ya noto algo de cansancio, pero estoy razonablemente entero. Estoy a mitad de una pequeña cadena montañosa jalonada por aerogeneradores, de hecho veo a varios todo terrenos de mantenimiento que bajan de arriba, me espera un buen subidón, creo, por eso me lo tomo con calma, como algo, bebo lo que me entra y descanso sin prisa. Voy entero, esta subida la tengo que liquidar rápido porque hace algo de fresquito y se intuye que coronando el puerto hará viento fuerte viendo las palas al ritmo que giran: tendré que salir rápido de ahí. Me tomo mi tiempo. Salgo del retiro, empiezo a subir y es demasiado suave, lógico si piensas que por aquí han subido las moles de torres, los pesadísimos generadores y esas palas enormes, con lo que en cuanto intuyo algún sendero de pastores lo cojo y recorto un poco, por entretenerme, a pesar del desnivel -el cual desconozco- me apetece subir un poco más duro, cambiar posición del cuerpo y zancada, me aburre ir siempre igual. Va refrescando, va entrando viento, la pendiente es algo mayor, y antes de lo que creo estoy arriba, ¡anda, qué bien, si ha sido cortita!; pero como imaginaba, al coronar hace bastante viento y salgo por patas, no quiero perder el tiempo en ponerme chaqueta porque creo que bajaré en cuanto corone, por eso tengo que salir cagando leches. Había un falso llaneo y luego sí, bajada, el mejor momento de la ruta, bajando rápido, fácil, alegre, sintiendo que lo peor en cuanto a frío y riesgo asociado había pasado, ya bajaría a cotas bajas y sin impedimento para que me caliente el tibio aire del cálido mar en caso de necesidad. El interior del Peloponeso tiene que ser frío, pero los montes que acabo de cruzar tienen que ser gélidos, estoy convencido, paisaje de alta montaña, apenas vida, e incluso un cartel de riesgo de desprendimiento de hielo de las palas de los aerogeneradores. Hice bien en cambiar el sentido, ahora lo sé seguro.


Cuando la pendiente se vuelve algo más severa me río menos, porque recuerdo que apenas he hecho desnivel, y me podría cascar las patas y dejármelas inservibles. No ocurre, pero el susto que me di la semana anterior haciendo el track al comprobar, primero, el buen desnivel de la Spartathlon (¡2800 metros!), y que mi ruta lo superaba bastante (luego ligeramente suavizada) la verdad es que da una idea de que a veces preparo las cosas de aquella manera: no sabía distancia, no sabía desnivel, no sabía ni por dónde ir, ¡a una semana de coger el avión! Olé mis huevos. Y en ese tramo duro de bajada me acordaba del poco desnivel entrenado. En fin, ya sabes por qué MacGyver es mi héroe, por la improvisación. Tampoco recordaba el monasterio y pequeña ermita que me encontré de sopetón; también me gustó ver a lo lejos Argos (donde el dedito), localidad por la que dudo que pasara Fidípides por ser una nación filopersa, pero sólo rozar la Argólida sí lo veo más posible, me acuerdo de la parte histórica y de este atroche montañero que lo he hecho sólo por mis ideas, con una base histórica, pero usando la lógica y lo que yo hubiese hecho si fuera corredor-mensajero.


La larga bajada se interrumpió momentáneamente por el segundo encuentro con perros, desconozco si eran pastores, pero sí oía pequeños cencerros. No hubo problema. Y acabada la bajada, aunque no esperaba tener cobertura, pude llamar a casa para que mis hijas me felicitasen. Tardaron menos en hacerlo que yo ahora en escribirlo. Estarían liadísimas, digo yo. Mira que me la trae al pairo mi cumpleaños, pero, chicas, hablar un pelín más con vuestro santo padre tampoco hubiese sido un esfuerzo por vuestra parte, ¿no, puñeteras? No forcé las fechas, pero estaba en Grecia, patria del fondo, cumpliendo los años del mítico número 42 que tanto inspira a los corredores, siguiendo la ruta del que (aunque erróneamente) "inventó" la larga distancia de la maratón. Ni hecho a posta se alinean tantos planetas. En un valle escondido, solo y con energías, pude hablar un poco con casa y relajar unos minutos. Magnífica la cobertura en general en Grecia, nunca me falló y la mayoría de las veces con datos 3G. Cuando estoy fuera es cuando más aprecio la tecnología, el móvil, mandar spots tranquilizadores y Skype, qué grandes inventos para no sentirte aún más aislado del mundo, que aunque lo desee en ciertos momentos, es un poco de tapadillo, lo sé, soy un turista, no un viajero, siempre tengo billete de vuelta y sé donde está mi patria, esas cuatro paredes y esa reducida familia; el resto es complicarse un poco (bastante, en ocasiones) la vida, pero que no deja de ser, primero un divertimento, duro, pero no es más, y luego, una forma de vida.


Tras un buen rato solo, fui viendo algo de vida, casas abandonadas (o casi), un fortísimo olor a aceite (creo que de una balsa donde se arrojaban los desperdicios de las aceitunas, esto muy legal no debe de ser y muy ecológico tampoco), algún negocio arruinado, frutales -me harté de albaricoques pronto- pero ni un solo ser humano. Ni uno. En casi cien kilómetros había visto un pastor en carretera y dos campesinas a lo lejos. Caía la tarde, bajada de las alturas cuando ya el sol pegaba demasiado oblicuamente como para que calentase. Había perdido buena parte de la soltura, iba algo hambriento, no muy bien de estómago, tranquilo, y aún con ganas, pero aguantándolas porque quedaban muchas horas. Justo donde fui a dejar las botellas del tercer "control de paso" era un puente de un cauce seco, y ¡voilá, no hay puente!: esta es la diferencia en hacer un reto sin reconocerlo antes y una carrera; sin querer mancillar la palabra aventura, esto lo es, encontrar lo que no esperas y buscar la solución. Y es parte del atractivo. En mi retos no quiero ser sólo corredor. Requería una pequeña vuelta a añadir al largo contador de kilómetros que ya tenía un considerable desfase con la previsión, desconozco la causa. Atardeciendo en el tercer avituallamiento pude no sólo descansar, comer y beber, sino incluso disfrutar de sentarme en una silla rota pero que me hizo el servicio perfectamente. Me tomé el segundo liofilizado -unas natillas de fresa, exquisitas- y dejé pasar el tiempo sin prisa. En el siguiente tramo se me haría de noche, le tengo bastante respeto sobre todo cuando no sé qué me voy a encontrar, perros salvajes, vallas, algún graciosete queriendo pasárselo bien a costa de uno, o vaya usted a saber qué. Me preocupaba un poco el diferencial de kilómetros que llevaba, siete de retraso en esos momentos y tenía pinta de que iba a ser un error que iba a crecer. Con esa progresión no haría 241, se podría ir perfectamente a 260. Glup.

Ya empezaba a necesitar reunir una buena dosis de valor para arrancar tras cada parón, quería tomármelo con mucha calma pero a la vez no eternizarme. La cabeza empieza a estar perezosa, llevo cien kilómetros (107 más bien) y tres paradas, en la lucha clásica de tomarte un descanso y de salir apretándote. Conviene saber aprovechar estos pequeños oasis para recargar algo más que la tripa, yo necesito reconciliarme conmigo mismo, respirar hondo, estar tranquilo, y poco a poco empezar a sentir que tengo que salir. Porque el siguiente punto será mucho más adelante, horas, no quiero arrepentirme de que podía haber necesitado un poquito más de calma. Según el plan inicial pensado meses atrás llevaría ya dos siestas breves y bastante comida aligerada de la mochila, y ni lo uno ni lo otro. Necesitaba comer más pero no lo que llevaba encima, aún no podía casi pegar bocado. Qué pena. Y qué consecuencias iba a tener. Tras cruzar un pequeño pueblo (Statheika, Σταθαίικα) para sorpresa de la chiquillería local, transitar por caminos serpenteantes entre árboles frutales, un par de naranjas supongo que caídas de un tractor me entonaron bastante, aunque estuve pegajoso hasta Atenas... Otro pueblo (Koutsopodi, Κουτσοπόδι), un cruce que me salto por ir apollardado (casi otro kilómetro a añadir), señales del Argos Motocross Park, alguna ermita. Y cae la noche. Llevo 16 horas, la noche será corta en horas y trataré de pasarla con los menores daños posibles, sin machacarme porque es posible que quede otra completa, haciendo los deberes y tratando de no cometer errores. Vamos a ella.


Lo peor de la noche es la falta de referencias. Añado el ir lento si ya vas cansado, es que todo se alarga demasiado. La combinación de ambas es sinónimo, como poco, de hartazgo. Subí bastante, intenté no dar rodeos saltándome cruces, veía luces a lo lejos, pero todo pasaba taaaaan lentamente bajo mis pies, y a la vez vas tan atento a todo que no te relajas, se me hizo increíblemente largo. Me empezaba a hartar, sin comprender por qué tanta puñetera vuelta para llegar a la autopista por la que veo pasar coches a lo lejos. A peor. A paupérrimo. Por qué he dado tantas vueltas, ¿de verdad no había una forma más directa? ¡Pero si voy en sentido contrario! ¡Pero si la A7 está ahí! Mierda de propiedades privadas. ¡Y dale vueltas! Muy harto, cansado. Para el paso de viajeros, deportistas outdoor y meapilas por el estilo, las puertas de las fincas tendrían que poder ser abiertas para no dar tanta vuelta estúpida. Que somos inofensivos, que sólo queremos llegar de A a B. ¡Fidípides seguro que no tenía que haciendo estos enormes rodeos en su día! Sin llegar a perder la paciencia, pero viéndolo pasar todo tan lento, me cansé bastante psicológicamente, no miraba los kilómetros, no quería hacer cálculos, sólo quería ponerme paralelo a la autopista porque ahí sí sabía que estaría cerca. Qué desesperación y qué desgaste. Me costó bastante y ya era consciente del cansancio que iba acumulando, por primera vez, hacia la mitad de la ruta, no muy pronto pero mejor no pensar en lo que me quedaba, porque tras el primer toque de atención no vas a ir a mejor nunca. Llegó la autopista, llegó el kilómetro paralelo, llegó el paso subterráneo, llegó la corta pista, llegó la carretera que me llevaría a la Antigua Nemea (Archea Nemea, Αρχαία Νεμέα), joder; pasé junto al estadio, y por fin llegué a mi 120, en realidad 132. Doce kilómetros más, maaadre. Una zona con una fuente seca, un aljibe y unos bancos, a la sombra, cosa que me daba lo mismo por ser de madrugada. Unos días después cuando pasé por aquí a recoger desperdicios y visitar la Antigua Nemea descubrí que a 200 metros del estadio estaban los baños, donde hacían los preparativos finales los atletas que participaban en los Juegos Nemeos, y donde descansé era la fuente que abastecía a ese complejo de baños, templo y gimnasio. En esos momentos no lo sabía. Es increíble la historia de este país. En pocas decenas de kilómetros hay restos griegos de dos milenios como Nemea, Corinto o Epidauros (Epidavros, Επίδαυρος), micénicos (Micenas, Micino, Mykines), se han librado batallas donde nuestro más insigne escritor quedó manco (Lepanto, Nafpaktos, Ναύπακτος), se ha luchado por la independencia de Grecia (Nauplia, Nafplio, Ναύπλιο), ¡la putos Juegos Olímpicos se inventaron no lejos de aquí! (Antigua Olimpia, Archea Olimpia, Αρχαία Ολυμπία), está a unas decenas de kilómetros en línea recta!; se han forjado civilizaciones, se han instaurado regímenes políticos que aún perduran y se han creado, de la nada, nuevas artes. Fidípides es bastante probable que pasara por aquí hace 2500 años y es fácil imaginar que descansó brevemente en este lugar, quizá en los baños, quizá en la fuente donde yo estaba. A la vuelta, posiblemente desanimado pero con la obligación de entregar un valiosísimo mensaje pudo también requerir algo de comida o agua para continuar su camino hacia Atenas. Aún le quedaban más de cien kilómetros al sufrido ateniense, y ahí estaba yo, sentado junto a esa fuente, tratando de comer un liofilizado que no me entraba ni a hostias. Me produce una mezcla de vergüenza y decepción ver cómo algunos iluminados actuales dan lecciones de política, administración de recursos o derechos sociales a los griegos. Estimados señores, analfabetos históricos: mientras vosotros ibais en taparrabos, comíais raíces y vivíais en cuevas, aquí se desarrollaban prósperas civilizaciones como nunca hubierais imaginado, paletos, lo mínimo que podíais es tener respeto y humildad, comprender lo cíclica que es siempre la historia y ayudar a quien, en parte, os hizo ser como sois en vez de mirar por encima del hombro con indisimulada prepotencia. Cualquier piedra de este país ha visto pasar ejércitos, cualquier arroyo ha dado de beber a filósofos, matemáticos y artistas, cualquier monte ha visto morir a grandes hombres mucho más ilustres y dignos que algunos de esos ignominiosos encorbatados que ahora se creen en poder de la verdad absoluta para hacer y deshacer países y voluntades. Mientras, yo, sentado, de madrugada, solo, un Filípides de mentirijilla, sentía que le acompañaba el auténtico Fidípides, el de la historia, el respetado.



Mientras trato de comer sin éxito un liofilizado del tamaño de algunos arcaicos feudos europeos, empiezo a no encontrarme bien, algo me pasa, me da un bajón, no sé qué es, pero por si acaso me abrigo, me pongo malla fina, camiseta térmica y chubasquero, la braga en "formato Rogelia" y muy poco después el saco. ¿Es frío? No estoy seguro pero así no puedo ir a ningún lado. En un minuto paso de estar cansado, comiendo y debatiendo qué hacer,  estar fundido, tiritando, abrigado con todo y tumbado. Decido que necesito descansar -más bien el cansancio lo decide por mí-, me ha abrumado un poco cómo he empeorado en lo que tardaba de vestirme, sentía que se me iban las fuerzas. Estoy desconcertado. A los pocos minutos me encuentro mejor, quizá era solo frío mezclado con un ya interesante cansancio. Me pongo la alarma e intento dormir. Abro los ojos. Antigua Nemea es un pueblo pequeño con poca iluminación en sus calles, está a unos 500 metros, y su contaminación lumínica apenas llega donde estoy. Y por eso pude ver un magnífico cielo estrellado. No consigo dormir, ni de lejos, realmente no estoy tan cansado ni tengo sueño. No pego ojo, ni un minuto, ni estoy cerca de relajarme, que es lo peor. Pasado un buen rato, me levanto. Recojo con calma y me pongo en marcha. Liofilizado en la mano, abrigado y con fresco, vamos a acabar la noche. No hace frío realmente, no creo que baje de quince grados y sin embargo salgo un poco helado: otro recordatorio más de que una hipotermia o un problema serio no requieren temperaturas extremas. Y otra reafirmación sobre el sentido de la ruta, por si aún no estaba totalmente convencido.



Salida por asfalto, en subida, oigo ladridos, veo ojos, a mi derecha. Paso de ellos, me parece que son dos. Sigo a lo mío. Se les oye muy cabreados, agresivos, no parecen pequeños. Decido trotar para alejarme. Hay valla. ¿Hay valla? ¿Seguro? Había valla, ¿la hay ahora? Ante la duda empiezo a correr más rápido. La tenue luz del frontal no me aclara la situación, me ha parecido ver unos árboles y los perros entre ellos, pero o la valla es muy tenue, o no había valla. Los siento cerca. A volar. Muy agresivos, ya no tengo dudas de que están en la carretera, les saco unas decenas de metros y aunque jadeo por el ritmo, también por lo que podría pasar, llevo bastante sin ver un coche, de hecho no veré ninguno en este tramo de varios kilómetros. No sé el ritmo al que fui, pero muy rápido. Si se hubieran acercado más tendría que haber parado y sacado un espray de pimienta que portaba, pero en ese momento aún podía correr. Sé lo que es que te rodeen varios perros por la noche en la montaña y es muy acojonante, te pueden destrozar, sin grandes problemas. Abrí hueco, les desanimo. Sigo corriendo, ya otro ritmo. Los vuelvo a oír. Me cago en su puta madre. Muy muy cabreado. Varias veces más tengo que volver a correr. No sé cuánto me siguieron, pero mucho. Estresante, desagradable, no buscado. Iba por una puta carretera, joder, no he saltado vallas, no me he metido en ninguna propiedad, por qué coño me tienen que perseguir unos putos perros, qué coño les he hecho yo, a ellos o a su puto dueño, me tengo que llevar un susto de muerte, y si no llego a estar rápido lo mismo me matan, me he podido dejar la vida porque un puto imbécil ha educado (o ha dejado de educar) a sus putos perros de esta manera, para que sean agresivos, para que defiendan. Para que defiendan qué, hijo de la gran puta. ¿Una puta carretera que no es tuya? Me cago en tu puta madre. Me cago en tus putos perros. Les deseo la muerte a todos, estoy increíblemente cabreado. Mejor vivir esto solo, mejor desahogarte con un teclado.


Cruzo Cleonas (Αρχαίες Κλεωνές) y veo varios perros por la calle, nada infrecuente en Grecia, alguno un caniche: vosotros tocadme los cojones que vengo calentito. Venid venid, que lo de Laika una mierda comparado con lo del chucho griego puesto en órbita por un cohete español. Ah, que esto va de correr. No creo que tenga que saber olvidar ni perdonar, pero sí seguir adelante, sigo a lo mío.

Han pasado 24 horas hace un rato, no sé cuánto he hecho, pero unos 130 kilómetros, con mis tres descansos no precisamente fugaces. Avanzo con lentitud, me acerco a un pueblo, me paso un desvío, ¿dónde? ¿Es por aquí? Vale. Tanteo, lo encuentro. Bajo, siento humedad, se acaba el camino. Dudo. Zoom en mi querido 401. Track un poco tosco. No hay camino. De noche, hierba alta. Frontal poco potente. Tanteo. Un poco para acá, otro para allá. Aquí no hay camino, definitivamente. A ver ahí, detrás de esa vegetación. ¡Hooostia, al agua! Me cago en sus muertos, reculo, consigo salir. Joder. Joder. Joder. Pero qué mierda es esta. Dónde está el puente qué debí ver en Google Earth. Y ahora qué hago. Hay un río, verde, estancado, me he metido hasta el ombligo, estoy empapado. Venga tranquilo. Hay solución. Voy por una pista a la izquierda de un río, a la derecha hay un pueblo, tiene que haber puentes, ¿más arriba o más abajo? Decido abajo. A unos 250 m hay puente. Veo ahora la foto aérea, en qué estaba pensando para buscar un más que dudoso paso habiendo un puente tan cerca.

Cruzo el puente tranquilamente, pies empapadísimos, espero que no me den problemas. Pueblo disperso (Spathovouni, Σπαθοβούνι). Perros. Ay la hostia. Respira hondo. A ojo cojo un par de calles y vuelvo al track. Vale. Salgo del pueblo, pista por la izquierda, otra vez por ahí solo. Venga. No queda tanto de noche. Olivos. Dudo un poco. Se acaba el camino. A veces ocurre que vas por uno paralelo y no te das cuenta que está a pocos metros a tu derecha o izquierda. No veo camino. Doy una vuelta. Dos. Me meto en un suelo en el que me hundo, como las arenas movedizas de las películas. Salgo. Tres, cuatro, diez vueltas. Pero dónde está el camino. Treinta, doscientas vueltas. Alucino, no me lo explico. Comodín: saco el móvil, ¡3G!, cargo tracks, pillando GPS. ¡Pero si estoy bien! Ortofoto, zoom, más zoom, vamos a intentarlo, móvil en mano, como un guiri en la Puerta del Sol, dando vueltas como abducido. Maleza alta, o campo arado, uy uy uy, que no veo salida, mirando el móvil, otra vez las "arenas movedizas", hostia, hasta la rodilla, me caigo de culo. Me cago en todo. ¡Esto es estiércol, joder, se me ha quedado una zapatilla, casi no la veo, la encuentro, la saco, hasta arriba de mierda! Mierda todo. Literal. Mierda de track, mierda de GPS, de móvil, de donde estoy. Mierda, mierda, mierda. Qué peste, joder. Cuando se agota MacGyver es momento de John Rambo: todo recto, móvil en mano, voy por donde dice el track o tendré que volver al pueblo y buscarme una alternativa. Consigo encontrar lo que debió ser el camino visible en ortofoto -ahora veo que la de Earth es de 2003, en trece años pueden cambiar muchos caminos-, ha crecido la maleza, no está transitado, baja a un riachuelo, donde meto los pies para lavar un poco las zapatillas ya casi secas de la caída en el río, subidón de escándalo tipo cortafuegos, corta. Apago móvil, meto en bolsa, meto en mochila. Vamos a seguir.

Unos pocos de cientos de metros después, otra vez, no hay camino. Ahora son vides, entre ellas, bajo ellas, siguiéndolas, valla. Pero por dónde es. ¿Pero en qué cojones estaba pensando cuando hice el track? Esto es alucinante. Fallo muy poco haciendo tracks, tengo experiencia, una malla metálica no la ves, pero un camino sí, se interpretan bien algunos signos, pero este día estuve sembrado. Otra vez, unas cuantas vueltas, a sacar el móvil, enciende, pantallita de inicio, mete PIN, desbloquea pantalla, conecta datos, conecta GPS, que salten todas las soplapolleces de Facebook y Messenger, algún ánimo de Whatsapp, los emails que no me interesan, personales o de trabajo, joooder, llamadas perdidas, SMS, que si las actualizaciones de Google Play... me estoy poniendo de una mala hostia, cierra todo, teléfono medio bloqueado de tanta notificación. A ver si engancha satélites, Google Maps, mis sitios guardados, tracks, foto aérea, venga ese GPS, me localiza, me localiza bien, venga vamos coño que se me hace de día, bingo. ¿Cómo que bingo? ¿Pero si estoy bien, en el track, en el camino que veo en la foto? Estoy viendo un camino en el móvil y en la muñeca, pero en el terreno estoy dentro de un campo de vides. Y encima en junio no están para comerse que si no entre que enciendo el móvil les había jodido la cosecha. Busco una alternativa, no voy a hacer más distancia, cojo una pista, rodeo una fábrica, llego al puente, paso la autopista por encima, vale, hecho. Estoy agotado, la verdad, muchas emociones. Empieza a aclarar el cielo. Qué poco he avanzado. Los perros, la caída en el río, en el estiércol, las dos pérdidas. Cuatro set ball hacen un match ball, me he fundido. Qué noche. Madre mía. Qué duro. Todo cabeza. Por primera vez siento que estoy un poco exhausto. O bastante. Me quedan cerca de cien kilómetros aún. Ya puedo espabilar.

Va amaneciendo, veo el cielo a lo lejos y un imponente monte al que me dirijo, con una muralla en su alto, tiene pinta de ser bastante inexpugnable, pero es curioso pensar cómo tendrían reservas de agua estos castillos en zonas tan inaccesibles. Tras un rato de camino y algún sendero me encuentro a un amable paisano dando una vuelta con sus perros, cruzamos unos breves comentarios -el idioma, esa gran barrera- aunque aún así nos hacemos entender un poco y me dice la distancia al siguiente pueblo, en el que tengo avituallamiento. Entro poco a poco en zona cada vez más urbanizada y llego a mi preciada agua. Ya es perfectamente de día, no tengo dónde sentarme y sólo me queda el suelo para hacerlo. No sé porqué me gusta tan poco sentarme en el suelo mientras hago cosas de estas de correr, de hecho me parece un tanto sucio, indigno, no sé, no me gusta, me apetece más una piedra, un bordillo, algo, no sé si es algo de autoestima, pero no porque me vea o deje de ver alguien, sino por mí, por no verme ahí tirado, quizá me parezca un pequeño indicio de derrota. No es que sea yo de muchos remilgos, pero las manos aún me olían a estiércol bastante, comía con ellas y encima había perdido mi preciada cuchara-tenedor de titanio, me da un poco de asquito y quizá algo más, porque la cantidad de enfermedades que te puedes meter a la boca habiendo plantado las manos en estiércol animal debe de ser importante, pero bueno, mejor no pensarlo y sigamos comiendo algo. Otra vez me cuesta encontrar la segunda botella, recuerdo perfectamente dónde está cada avituallamiento, pero no las botellas en sí, pero usando la misma lógica porque al final el que las deja y el que las busca es el mismo, doy con las dos, que como casi siempre, no me llego a beber ni utilizar al completo. Aprovecho este punto para cambiarme de calcetines, es lo único que llevo de repuesto y ya es hora de aligerar ¿50 gramos? la mochila. Hago pereza, como siempre, me cuesta salir, pero al final se reúne la voluntad. Me he agotado bastante, pero vuelve a ser de día; me quedan más de cien kilómetros, he pasado la mitad holgadamente, pero ya voy descontando lentamente; estoy muy cansado pero no vencido.


Minutos después estoy pasando junto a las ruinas de la Antigua Corinto (Ancient Korinthos, Αρχαία Κόρινθος), es muy temprano, empiezan a abrir las tiendas de souvenirs y alguno me mira sorprendido, supongo que porque no soy el turista tipo. Empiezo a tener problemas de sueño, llevaré unas 28 horas en marcha -añádase dormir poco las tres últimas noches- y el solete empieza a cerrarme los ojos. Decido para a dar una breve cabeza, pero dónde. Puedo comprar tinajas imitación Grecia Clásica o el imán del guerrero espartano -que ya llevo encima, gracias, lo compré y cargo desde Esparta-, puedo comer pizza o degustar deliciosos helados, pero no veo un parque donde tumbarme, y la cosa va exponencialmente a peor. Me he vuelto a poner las gafas de sol y menos mal porque la mitad del tiempo voy con los ojos cerrados, es una sensación muy molesta porque en mi caso me es muy difícil dormirme en estas situaciones y sé que si se me pasan las ganas voy a penar más adelante. Un parking, un restaurante de auténtica comida griega, guías para visitar las ruinas, ¿y mi banco?, ¿y mi suelo? No me puedo echar en ningún sitio, me voy a desnucar a este paso. Me cuesta mucho salir del pueblo y cuando ya lo hago apenas tengo sueño ya, mierda. Pero aún así decido intentarlo, veo un campo baldío, me tumbo tal cual en una línea arada hace tiempo, bajo el sol que empieza a calentar, pongo la alarma para dentro de trece minutos y los tapones porque oigo los cencerros de lo que creo es un rebaño de ovejas. Imposible, se me ha pasado el sueño.

Nada, demasiada luz entrando por los párpados.
Buf, más adelante voy a morirme de sueño.
Nada, que no me duermo.
Oye, ¿me he dormido? 
No miro la hora por si acaso.
Oigo los cencerros más cerca.
[Vibración de muñeca]
Coño, pues lo mismo algo me he dormido.
Vamos a seguir.
Completamente despejado me levanto, pues a ver si me he dormido de verdad, oye, que poco ha podido ser porque di bastantes vueltas antes de quedarme dormido y me he despertado antes de que vibrase el Fénix -la vibración, el mejor despertador que conozco-, ¿habrán sido cinco minutos? Como mucho sí, pero me han sentado realmente bien.


Salgo, un rato sin novedad, y tras pasar bajo la autopista de nuevo veo a lo lejos que el camino se corta abruptamente, parece un canal, ni me acerco, media vuelta. Y ahora qué. Sigo paralelo a la autopista pensando en coger el camino bueno más adelante, dando algún rodeo, pero por alguna razón me cambio al otro lado de la autopista y continuo por una vía de servicio paralela. Voy despacio, cansado y veo a unos tipos un poco raros con pintillas que llevan algo en un carrito de bebé, lo que me anima a correr. Más adelante se acaba la carretera en una estación de tren, y cambio a otra carretera paralela, todo improvisación, aunque sé que voy bien en cuanto a dirección me jode pillar ya asfalto porque más adelante tendré mucho. Un buen rato después, tras pasar por unos cuantos polígonos industriales oteo a lo lejos el Canal de Corinto, una auténtica obra de ingeniería que es un embudo de carreteras y un punto bastante turístico, con sus restaurantes, autobuses maniobrando de aquella manera y bastante tráfico. Es un tajo francamente espectacular en el terreno y recuerdo que leí que antiguamente no existía tal canal pero sí que hacían pasar los barcos de otra manera no menos peculiar: tras desarbolarlos y descargarlos, los barcos eran montados en plataformas rodantes a modo de grandes vagonetas y cubrían los seis o siete kilómetros rodando sobre una calzada empedrada para, en el otro extremo, volver a cargar los barcos y ponerle de nuevo mástiles y velas. Justo cuando paso encima del canal lo hace bajo el puente un mercante de tamaño medio, entra justito y es muy curioso verlo, contrastando el marrón de las paredes cortadas a tajo con el intenso azul del agua. Me acuerdo también de aquel zumbado que lo cruzó de un salto en moto de cross, es realmente ancho en la parte superior y no permite ningún error ni duda, vaya huevos tienen estos redbullianos, que increíble subidón tiene que ser hacerlo. En pocos segundos estoy en el otro lado y vuelvo a la realidad, porque es un cruce con tráfico y tengo que hacerlo de aquella manera. Mi destino es una vía de tren.



Por evitar asfalto la única alternativa que vi razonable fue una vía de tren, que entendía que estaba sin uso, posiblemente desde los últimos años de crisis porque el trazado se veía moderno, pero hasta que no estuve en ella no lo supe con seguridad. Lo estaba, bien, y ha debido de ser muy reciente por el buen estado en general: ojo lo que se puede intuir desde una foto aérea y con un poco de lógica. El plan es andar por ella, correr imposible, pero muy pronto me doy cuenta de que aunque puedes avanzar algo, es muy incómodo y lento. Gracias a las zapatillas que llevo no se me clavan las piedras -si no sería infernal- pero es muy incómodo porque la superficie es muy irregular. No sabía el tamaño del balasto (las piedras sobre las que se asienta la vía) pero es igual que en España, demasiado grandes para una pisada humana, se hace incómodo y pronto me harto. Y ahora qué hago. Porque si bien este tramo es corto, ni idea de cuán corto, pero tres o cuatro kilómetros, seguro, más adelante tengo uno bastante más largo. Mientras pensaba qué hacer me salió otro perro, bastante agresivo pero un terraplén nos separa, ladra mucho y temo que baje o que incluso se caiga por él -no se hubiese hecho daño, tranquilos amigos animalistas-, y ahí estoy convencido de que atacaría, con lo que intento no hacerle mucho caso, pero tampoco darle la espalda. Cada perro es un mundo, pero si hay una agresividad manifiesta considero que lo mejor es enfrentarte sin lanzar ataque alguno a no ser que sea ya inevitable, y estaba en esa situación, me cabreo mucho porque no es el primero, voy activado, empiezo a insultarle sin más ánimo que liberar presión. Al rato sale una mujer de la finca de donde venía el perro, le llama insistentemente pero éste no le hace ni puto caso, el perro está loco de agresividad, me tiene a cinco segundos y sólo un pequeño terraplén nos separa. Y reviento. Me empiezo a cagar en la santísima puta madre de la mujer, le suelto todos los insultos que me sé y no son pocos, y aunque sé que no me entiende porque lo hago en perfecto español la situación es bastante tensa, porque como venga a por mí el perro me meto en un lío porque estaba ya extremadamente cabreado. Y me quedo muy corto. Bastantes minutos llevó la situación, el perro insistía en seguirme, no hacía ni puto caso a su dueña y yo no debía echar a correr para no envalentonarlo. Acabada la situación me vuelvo a dar cuenta de lo mucho que desgasta, me siento cansado y asqueado de todo. Con tremendo mosqueo me vuelvo a cagar en todos los putos muertos de los chuchos, cuando sé que ellos no tienen la culpa de estar educados por una imbécil como esa mujer que no ha hecho nada por hacerse valer y en mi ira deseo la extinción de todo bicho con cuatro patas cuando lo que tenían es que obligar a educar a los perros, porque ellos con esa agresividad creerán que se están ganando la comida de sus dueños. Joder con los perros en este país.

Poco después, un poco harto de balasto, veo un sendero y bajo hacia la autopista que tengo a mi derecha, todo sea por no pisar piedras mal colocadas. Consigo avanzar a mejor ritmo, pero andando, sin saber si tiene salida. La tiene, aunque tengo que hacer algún equilibrio para cruzar una acequia. No es que sea difícil, pero es estrecho y mi sentido del equilibrio es bastante lamentable. Lógicamente lo grabo, no vaya a ser que me meta una buena hostia y encima no quede registrado, ¡hasta aquí podíamos llegar!


Una carreterilla y avituallamiento bajo un puente. Hace un calor muy serio y sé que no habrás sombras en el recorrido ni subiré nada, así que me lo tomo con calma, intento bajar la temperatura a la sombra y beber bien y empiezo a pensar qué hacer mientras como algo.

Y es que tengo un gran dilema. La vía de tren no es factible para avanzar, bueno, poder se puede, pero es una peste muy importante, pero es que más adelante tengo uno o dos puntos de dudas serias, sobre todo uno que sé que tengo muchas muchas posibilidades de no poder cruzarlo porque es una industria y he confiado sin base ninguna en poder rodearla, lo que me crea cierta preocupación. Recuerdo que este track lo hice en sentido contrario, no es lo mismo encontrarte una duda en el kilómetro 40 que en el 240. Vuelvo a ver marcas en el suelo de la Spartathlon, imagino cómo pasarán por aquí estos titanes, a toda leche, seguro, mientras yo me arrastro. No sé el porqué pero dan una vuelta mientras yo cruzo unas refinerías por el medio. ¿Y si es por el pestazo a petróleo? Porque tira para atrás. Entre las industrias las hay más y menos agradables a la vista: pues las refinerías de petróleo ya digo que feas no son, son horribles, quizá por no entender el intrincado entramado de tuberías, pero entre la peste, lo feo que me parece y cómo atiza el calor, no es el tramo más bonito. Carretera, mar a la derecha, autopista y vía de tren a la izquierda, algo de tráfico a ratos, sin arcén, kilómetros y kilómetros sin demasiado por ver. Lo bonito que sería ver este precioso mar con un entorno un poco más tranquilo, pero no me puedo relajar por el tráfico. Algunos bares de carretera, alguna casa suelta, amagos de pueblos, calor. Y sigo dándole vueltas a qué hacer. Hago cálculos rápidos. Tengo dos posibilidades. O cojo la vía del tren que será muy lenta y con un final muy incierto, estando muy cansado y posiblemente de noche en el peor punto; o sigo por carretera siguiendo el track de la Spartathlon, con lo que me voy a apestar de asfalto y me voy a saltar dos avituallamientos con la que cae. No sé el tiempo que estuve pensándomelo, pero cuando llegué al avituallamiento tenía la decisión tomada. Iría por asfalto, a mi pesar, esperaba que con los tres litros de agua me fuera suficiente para más de cincuenta kilómetros (y muchas muchas horas viendo al ritmo que iba). No me gustaba la situación, mucho asfalto, pero era lo más lógico y seguro. No me parece razonable tirarme dos semanas de trabajo en el terreno para afinar una ruta, me la suda, la verdad, al final los Fidípides iban también por las carreteras de su época, no es que le tenga asco al asfalto, es más al entorno, coches y eso, y me apena tener que meterme tanto asfalto, pero no estoy en situación de elegir, la situación elige por mí. Y ha elegido ir a lo práctico, lógico, seguro.

Bajo un sol de justicia y el agua como auténtico caldo empecé a gestionarlo lo mejor que supe, tuve una de esas ideas felices que tienes en momentos de necesidad y pude llevarme una botella entera más los dos soft flasks llenos, es decir, dos litros y medio. Cuando ahora veo los tracks sé que fallé, no los recordaba bien y pude hacer algún tramo más por campo sin vía de tren ni asfalto, pero en el fragor de mi batalla, cansado y desmemoriado, confundí dos tramos, cierto es que el camino histórico no iría por allí, pero creo que me hubiese relajado alejarme unas horas del tráfico, pero ya digo que no recordé lo suficientemente bien el track y no tenía mapa. Supongo que en parte es por le cansancio, o por no haber estudiado bien este tramo final, pero aun así creo que pensaba con cierta claridad, simplemente lo recordaba de otra manera. Aun así, cuando escribo esto sigo el track original mentalmente y el real a vista de pájaro y hay cada vez más divergencias, distancias que eran enormes son apenas un leve movimiento de la ruedecita del ratón; lo que parecía un puerto de montaña con curvas cerradas ahora veo curva y media y gracias; descubro pueblos o urbanizaciones que no recuerdo ver: el cansancio y la falta de sueño confabulan, te hacen vivir con una gran intensidad algunos momentos y borran o difuminan otros, jurarías que hay sitios que recuerdas de una manera y son de otra, hay lagunas de muchos minutos. Y posiblemente lo que más se distorsiona es el tiempo que parece avanzar a borbotones. Con toda la buena memoria que tengo para recordar recorridos a estas alturas empiezo a confundir y dudar, es increíble lo distorsionada que puede ser tu realidad en esa mezcla de sueño, hambre y agotamiento, dolor y distracción, esos pensamientos inútiles y vagos que a ratos te motivan y otros te quitan las ganas de hacer cualquier cosa. Que por qué estoy aquí. Que por qué lo tengo que hacer así. Que por qué alguien me influenció diciendo que "ya no era el de antes" y que me estaba amariconando, y por dentro le di la razón, porque cuánto duele el non-stop, lo mal que lo he pasado, todo lo que tienes que escarbar dentro de ti, hasta casi cogerle miedo. Miedo no, pero sí mucho respeto. Que por qué parece que me tengo que reafirmar metiéndome una paliza de semejante profundidad. No era el momento de tener dudas, no las tenía realmente, pero tienes tanto tiempo para pensar que recuerdas mucho, son pasajes fugaces, absorto en ti, con visión cada vez más túnel, desangrándote, deslizando cuesta abajo, pero aferrándome a la pendiente: bajar es inevitable, pero hay que luchar con uñas y dientes contra la gravedad.


En esos momentos hacía un calor importante, más de treinta grados seguro con el añadido de la acción del sol. Nadie sabe con certeza por dónde fue Fidípides pero lo haría lo más rápido y directo posible, eso seguro. Entiendo que por aquí habría un camino, posiblemente tallado en el monte, junto al mar, más o menos por donde va la carretera ahora, porque el resto de este estrecho pedazo de tierra que separa los mares Egeo y Jónico son montes que sin ser escarpados si son muy accidentados y de fuertes pendientes, con lo que desde el punto de vista histórico considero que voy bien; el paisaje a mi derecha es espectacular con un precioso mar de un azul intenso que me encanta, babeo cada vez que miro, y no son pocas; a la izquierda, más feuno, montes bajos de buena pendiente y matorral; pero me desagrada no el asfalto en sí, sino que hay bastante tráfico ahora y sin arcén, con lo que muy tranquilo no voy, aunque la carretera sea espectacular, pero para ir en moto o en un descapotable, pero no para ir a pie y creo que tampoco en bici, como un grupito que acabo de ver.


En algunas curvas a izquierda me cambio de "arcén" (ya digo, inexistente) porque al ser una carretera con tráfico y estrecha la gente pela el monte y me veo montándome en algún coche. Me mantiene alerta, eso sí, aquí no me duermo. En uno de esos momentos más tranquilos diviso unos búnkeres de la Segunda Guerra Mundial, y es que en Grecia se batieron muy seriamente los ejércitos de ambos bandos, porque este país fue uno de los invadidos por Hitler y que servían de puente para África y como colchón para proteger la Alemania nazi. Tienen buen estado de conservación, pero la subida es demasiado escarpada y no tengo ganas, la verdad, pero no sería el primero al que echo un vistazo, claro. Todo este tramo es un duro sube y baja, y tras una buena pendiente ascendente veo a lo lejos un pueblo de buen tamaño, que entiendo es Megara (Μέγαρα), lentamente me acerco, pero cuando la carretera me va a llevar al centro, se me cruza el cable en un segundo y pienso «qué coño, Fidípides no entraría en Megara, para qué, iría lo más pegado a la costa y no se desviaría por nada si quería llegar a Esparta lo antes posible», así que en ese mismo momento me desvío y no voy dirección Megara. Todo esto fue un segundo de lucidez, de la poca que me quedaba. Me salió muy bien porque completamente a ojo hice lo que quería. En la entrada de lo que me parece recordar era un vivero, me paré y senté, es el primer recuerdo vivo que tengo de una importante molestia en las fascias plantares, un clásico en distancias largas que me ha torturado durante muchos años, y tras décadas de padecerlo he descubierto que no es tanto un problema de fascial en sí sino de tríceps sural que del hipertono tan bruto que llega a tener, vía tendón de Aquiles, llega a tensar tanto las fascias plantares que esto es lo que más me duele. Me automasajeo un poco, ya no tengo avituallamientos, con lo que me buscaré cuándo y dónde parar según me parezca, lo que es peligroso porque posiblemente tienda a detenerme con más frecuencia. Lo de las fascias plantares me preocupa, porque aunque sin ser algo que me limite es muy molesto y es una tortura que conozco demasiado bien. Cada vez va pesándome más todo, sin estar en caída libre todo sólo puede ir a peor, lentamente, sin percances, sin pensamientos negativos, pero conozco el lugar donde me encuentro y por eso estoy a medio camino entre realismo y cierta negatividad sobrevenida, a mí que no me cuenten milongas, puedo distraerme o no parar por nada, puedo llevarlo algo mejor o peor, pero estoy en fase descendente y no hay vuelta atrás ni posible solución, aguantar, con lo que se pueda y se tenga, retrasar el previsible infierno en lo posible, seguir avanzando. Si de algo estoy seguro de esto de la larga distancia es de avanzar, aunque sea como mecanismo de supervivencia, avanzar siempre.

Tiempo después paso por un pueblo, Nea Peramos (Νέα Πέραμος), atardeciendo, un camarero de una terraza me pregunta, le digo de dónde vengo y adónde voy. Pone cara de flipar, pero creo que tengo aspecto de que sea posible. Me desea buen camino. Aunque empezaba a intuirlo, con este tipo di otro paso en la confirmación de dos hipótesis ya convertidas en teoría: la buena gente que hay en este país y el buen nivel de inglés en general. Estuve unos cuantos días más de turismo, pude hablar con más gente y corroboro ambas observaciones que en ese momento aún eran hipótesis rondándome la cabeza. Una sencilla pregunta también me hizo pensar desde dónde coño venía, joder, desde tomar por culo, y al final salí ayer. Y todo con mis piernas. A veces lo piensas y es alucinante, qué distancias podemos llegar a cubrir con muy poco combustible, generalmente almacenado de cuello para arriba.


A estas alturas empieza a ser ya obsesivo el ir buscando carteles en griego y tratar de traducirlos. Las matemáticas y la física te hacen conocer casi todo el abecedario griego, nuestro idioma tiene lejanas raíces también con esta lengua y es el entretenimiento de horas y horas, ¿eso era la lambda o la gamma mayúscula? Rho, coño, cuánto tiempo sin verte. Theta -Θ-, ah, Atenas es Athina, Αθήνα, con lo que A es alfa, θ es th, esa cosa rara es i, v es n y alfa no hace falta ni decirlo. Mi mayor éxito fue sin duda έξοδος, Éxodos, Salida (de las autopistas, por ejemplo), daba palmas con las orejas cuando lo descubrí. pero a estas alturas estaba ya harto de todo, hasta de mis intentos de traducir localidades del griego con lo que me tenía que obligar a no leer los carteles por pura obsesión.


Esta zona era bonita, pueblo costero, la isla de Salamina muy cerca -donde aconteció una gran batalla naval con los persas en la Segunda Guerra Médica-, pequeños puestos de venta de pescado recién cogido y poco tráfico; y una vez, con la carretera justo al borde del mar pensé en tocar el agua que llevaba alguna decena de horas viendo. Por qué no. Crucé, bajé un par de escalones y ahí estaba, el Mediterráneo, tan salado como siempre, me sorprendió lo que me pareció una muy buena temperatura para ser primeros de junio pero no me fié mucho porque lo mismo mi termostato no iba fino, pues llevaba muchas horas al sol y día y pico en marcha, no era en ese momento la mejor referencia en casi nada. (Y sin embargo, unos cuantos días nadando posteriormente me confirman que este lado de nuestro pequeño mar que baña el levante está más caliente por estos lares) Una subida después un tanto peligrosa por la anchura y tráfico y al coronar, justo cuando caía la noche, luces, muchas, un puerto, estaba llegando. No sé lo que me quedaba, pero en mi confusión acorté las distancias. Suponía que unos cuantos kilómetros aún, pero parecía que ya entraba en la civilización de verdad, la de una gran capital europea. El anochecer había sido bonito y lento, me quedaba el final, me animé bastante. Me equivoqué mucho.


La entrada era tirando a fea. Unos enormes depósitos donde millones de litros de gasolina se almacenaban, muy solitario, y en cada entrada a cada depósito, una garita, y uno o dos perros agresivos. Otra vez con cuidado, otra vez cabreado, otras calorías desgastadas innecesariamente, otra decepción. Tras mucho más de lo esperado, llego a un cruce y entro en una zona de pequeñas naves industriales, talleres y demás, el típico polígono industrial a ambos lados de una carretera. No me gustó nada. Iba muy cansado, muy lento, dolorido de pies, por una mierda de sitio, con tráfico, completamente de noche. No me inspiraba ninguna confianza y estaba descentrado por el dolor de pies que no se me quitaba de la cabeza. A estas alturas llevaría unas cuarenta horas de esfuerzo, más que suficiente para que si alguien te quisiera hacer algo lo hiciera sin apenas impedimento, iba alerta, pero no podría defenderme por la fuerza ni correr para huir, y no había ni a quien acudir ni escapatoria pues aquello era casi un desierto, como todo polígono a esas horas. No me sentía seguro, sólo tenía que dar con el tonto de turno. Tras un buen rato entré en una zona habitada, la localidad de Elefsina (Ελευσίνα), donde había sitios para comer, alguna terraza y alguna persona joven tomando algo por ahí. Seguía yendo alerta y poco después, cuando me volví a internar en la oscuridad, hice algo que no me apetecía pero sentía que necesitaba. Me tomé un antiinflamatorio (o algo así). Necesitaba concentrarme en lo que estaba haciendo y olvidarme por un rato de los pies, quería estar alerta por seguridad y sabía que lo que me tomaba me iba a dejar también descansar un poco de cabeza, para tratar de acabar con todo esto lo más dignamente posible, Fue sobre todo por seguridad, pero la tentación de sentir un poco menos de dolor un rato también era atractiva.

No me hizo absolutamente nada. ¿Para esto tanto luchar contra ciertas desavenencias morales? Hay que joderse. Las siguientes horas fueron algunas de las peores de mi vida deportiva, tengo recuerdos algo confusos, pero sobre todo recuerdo una autovía, a altas horas de la noche, en subida y un zombi andando por su arcén. Cuántas veces me pregunté si la organización de la Spartathlon no había encontrado un sitio mejor por el que salir de Atenas, qué horror. Tres carriles por sentido, medio arcén ocupado por una obra, los pies matándome, la moral por los suelos. Qué infierno. Horas sin sentido. No estoy aquí para esto. No hay sitio más feo. Ni más doloroso. Quiero acabar, creo que me lo he ganado lo suficiente. Dónde coño está Atenas. ¿Después de esa curva? ¿Cuando corone esta subida? Sin saber exactamente cuándo ni cómo, aunque guardo una pequeña imagen del momento en que paré en una parada de autobús a tomarme el antiinflamatorio, y entrar en esa gloriosa autovía, había llegado ahí, donde los sueños se destruyen, donde no queda una pizca de energía, ni de ganas, ni de nada. Donde te descompones en pensamientos negativos, donde te dejas el alma dando pena a tu paso. Dándote pena a ti mismo. Donde ni un tarareo, ni una visión, ni un recuerdo levantan tu maltrecho ánimo. Cuarenta o cuarenta y pico horas después estaba ahí, donde no quieres estar, donde sueñas no estar nunca más, donde detestas estar. No fue una caída fuerte, ni un pajarón, fue un desgaste paulatino, lento y progresivo, lo cual es mucho peor, porque sabes que de esa no te vas a recuperar, de alguna pájara aún renaces, pero de esto no. Cuándo se acaba esto. No sé cuánto tardé y retrasé para hacer la última llamada, sería en torno a medianoche, y ya ni intenté disimilar diciendo que iba bien: «esto es un infierno», dije. Me dolían los pies, pero no era grave, volvía a tener bastante sueño y no tenía dónde parar, no tenía hambre, me iba a llegar el agua si no pasaba nada raro. Pero estaba vacío. Vacío y hundido. Sin ganas de nada. Nada tenía sentido. No lo iba a dejar, ni pensé en ello realmente como me ocurre ya desde hace bastante años para acá, no es que no abandone, es que ni lo pienso siquiera, ni una décima de segundo, pero sí sé que me estoy haciendo mucho daño, dentro, del que tarda en cicatrizar. No quería estar ahí y al mismo tiempo sabía no me iba dejar abandonar lo que hacía tanto había empezado. No tenía otra salida que hacia delante, pero estaba siendo tan doloroso. Una vez un tal Thomas Edward Lawrence definió mejor que nadie lo que siento en esos momentos: «mi carcelero soy yo». Soy libre, tengo pasta para acabar con esto cuando quiera, esto es una afición, paro un coche y me voy al hotel. Y la mierda todo. No tengo necesidad de pasar por esto, y sin embargo lo estoy pasando, porque no tengo otra opción. No me dejo otra opción. Y no me gusta, este límite no me gusta, es tan doloroso, me agota tanto, me vacía tanto. Alguna vez alguien me ha preguntado si me gustaría que mis hijas corrieran largo como yo. Y por esta parte no, no le puedo desear esto a nadie a quien quiero, porque es muy desagradable vivir esto con uno mismo. No tenía recursos y no quería ni buscarlos. Cuando colgué esa llamada supe que estaba solo, que apagaba el teléfono y que en meta haría la breve llamada del «he acabado». Y ahí, sentado en la bionda, apagando el móvil, viendo los coches pasar y unas motos de carreritas en la noche ateniense, supe que no quedaba otra que agachar la cabeza y sufrir, que por muy vacío que estés de cabeza las piernas pueden moverse casi solas. Y que al final, es sólo tiempo, que todo se acaba, que mi infierno sé que es temporal, afortunadamente. Y, sobre todo, que para qué darle más vueltas si al final lo voy a hacer. Porque lo iba a hacer. Era sólo una cuestión de impaciencia.


Vagué por esa puta carretera horas, por zonas inseguras, por zonas chungas, por zonas pobremente iluminadas, un alma en pena avanzó muy lentamente pero sin parar ni una vez más. Avanzó hasta entrar en lo que parecía una ciudad de verdad, no una carretera infinita, hasta poder entretenerse viendo tiendas, semáforos, algún escaparate, tentadoras gasolineras donde servían deliciosos bocadillos 24 horas que no podía comprar porque, claro, ya no sería puta autosuficiencia. Y siguió dolorido y distraído, hasta para saltarse un desvío y alargar otros cientos de metros más la ruta, como si no fuera suficiente. Salvado el estado depresivo, avanzaba con mucho sueño y lentitud por una infinita calle que parecía no tener fin, escudriñaba cada cierto tiempo el skyline ateniense porque debía ver el Partenón a lo lejos, el faro de la ciudad. Hasta que no estuve bastante cerca no lo intuí, Salí de la infinita calle, una especial de Diagonal ateniense, pasé por encima de unas vías de tren y por un barrio enmudecido por las horas, llegué a un paseo peatonal. Durante horas y horas sólo pensé en comer comida basura -por alguna razón la elegida en esta ocasión era la pizza- y tumbarme, esos primeros segundos tras la gran paliza en que te tumbas son innenarrables. Realmente no quería acabar. Lo que quería era tumbarme con comida basura en mis manos. En la preparación previa me costó buscar una meta digna e históricamente ajustada a los hechos, pensaba que como me pasó en Esparta hacía dos días, la zona donde pensaba acabar -colina de Pnyx- estuviera vallada por los restos arqueológicos que se conservan, y ya sólo buscaba un lugar digno donde poner punto final. La concurrida calle peatonal que da acceso a la Acrópolis, el Museo, y los muchos yacimientos en derredor, ahora estaba completamente desierta, alguno se iba para casa en silencio tras aguantar en la terraza hasta que le echaban, y el alma en pena buscando su personal pancarta de meta.

Y de repente veo una valla abierta, es la mía, ahora o nunca. No veo que esté prohibido. Dudo que esta sea la colina que había pensado como final, desde donde muy probablemente Fidípides salió y llegó, pero me da lo mismo, pocos minutos antes he visto la Acrópolis y quiero subir aquí y poner punto final a todo esto de una forma digna. Me preocupa un poco que he visto a varios "vivaqueadores profesionales" (vagabundos) por aquí, no me siento muy tranquilo, pero la subida es tan escarpada, voy tan recto y subiéndome por todas las piedras, que casi no me da tiempo a preocuparme. Jadeo muy ostensiblemente, entiendo que porque no tengo nada de potencia en mis piernas y lo estoy haciendo con la última reserva de energía que me queda. Y de repente la Acrópolis se me muestra mucho más cercana de lo que imaginaba, en un espectacular blanco contrastando con el negro cielo de la noche griega. Me ha dejado exhausto esta subida final. Y busco una piedra donde sentarme. Y se acabó. Una llamada rápida. Un veloz repaso mental a lo ocurrido, unos segundos en blanco y para abajo. Creo que nunca he disfrutado menos una meta, porque esta no era mi meta.



Me desespero un poco tratando de buscar un taxi. Tengo que desandar al menos kilómetro y pico sin muchas ganas pero obligado por la realidad y por fin cojo uno. A toda hostia me deja en el hotel en cinco minutos. Enfrente hay una furgoneta que aún, a las cuatro de la mañana, me sirve un par de perritos calientes grandes y bien rellenos. Grandes no, enormes. No quepo en mí de gozo, qué afortunado soy por comer mi tan deseada comida basura.



Recojo mi bolsa, subo a la habitación, dejo todo tirado, momentáneamente aparco mi suculenta ración de comida basura en la mesilla de noche, me descalzo, y con toda mi mierda, me tumbo y disfruto de los segundos más placenteros que toda paliza tiene. Cuando lo has conseguido, cuando te lo has merecido y cuando te has ganado el suave roce de la almohada y el blando colchón que abraza tu débil cuerpo. Diez, veinte segundos, no más. Porque había comida sabrosa que degustar. Con ansia, saboreandola, disfrutando de cada mordisco. Y tras el primer perrito me tomo un pequeño descanso para acometer el siguiente. Esta sí es mi meta. Y cuatro o cinco horas después me despierto un tanto confundido descubriendo que sigue esperando en la mesilla, que caíste rendido tras dos días de esfuerzo y dudas. Pero que lo hiciste. Pero que lo hice. Y que lo vale todo en ese momento. Porque no sé porqué, pero siempre merece al final la pena, muy al final, pero tras un inmenso esfuerzo siempre te queda la sensación de que tenía sentido, un porqué, aunque nunca sabré expresarlo. Ni lo necesito.




Días después en plan turista con camisa de flores y cámara al cuello, me encuentro cara a cara con el casco original de Milcíades, el general ateniense que venció a los persas en Maratón. A su lado, un casco persa. Unos adolescentes españoles pasaban como supongo que pasaba yo a su edad por los museos, mirando de reojo y con cierta prisa, mientras yo, embobado, admiraba esa reliquia histórica que tanto significaba en ese momento para mí. Me encantó disfrutar de ese momento en esa situación, con las piernas ya descansadas, pero aún impresionado, abierto y receptivo, en la antigua Olimpia, lugar de tantas gestas, con el casco de quien había dirigido a ese valeroso ejército que no fue ayudado por quienes fueron avisados por aquel bravo corredor.
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