11 de diciembre de 2017

Paynalton, el corredor veloz de Moctezuma

Morton, neuroma de Morton. En esto se ha resumido mi temporada. De una molestia inicial de origen desconocido a jugármela a una carta media una temporada. Para quien no lo sepa, un nervio del pie por alguna razón trabaja en exceso, se irrita y/o engrosa y te limita enormemente correr. Y es tremendamente doloroso. Mi solución fue usar zapatillas de mediasuela alta para minimizar la fuerza del impacto, pero tras dos esguinces serios de tobillo -por no hacer propiocepción desde hace meses- y sobrecargas excesivas en tríceps sural -por drops bajos- me retrasaron, una vez más en la temporada, porque aunque el objetivo lo tenía más o menos claro, conseguir la tranquilidad para coger forma fue un ejercicio de paciencia que puso a prueba, otra vez más, si de verdad quería o no hacerlo. Cuando pasas por lo que he pasado este año tienes la convicción de que quieres hacerlo y el motivo. Qué fácil es escribirlo y cuánta energía invertida hasta que estás convencido de ello.

Tanta duda hizo que retrasase el viaje todo lo que pude, y tras una excelente semana de 200 km fui cayendo en una apatía física y en sensaciones pobres hasta que a unos diez días vista saqué la Visa de paseo y reservé vuelos. A una semana de salir estreno zapatillas, al estar nuevas me producen molestias, no son lo suficientemente anchas (creo) y ya no me da tiempo a domarlas, habrá que hacerlo los primeros días. A menos de una semana de tomar el vuelo descubrí que la ruta no tenía 360 sino 420 km y a cinco días mis hijas me regalaron un bonito virus estomacal. Mira que siempre me digo que voy bordeando el precipicio y que un día voy a caer, pero lo de esta temporada lo supera todo, o eso creo, quizá por tenerlo muy presente aún. Algo débil por el virus, con muchas dudas por el pie, con ciertas reservas por mi seguridad y sin un plan bien trazado me presenté, con siete horas de desfase horario, en el aeropuerto de Ciudad de México sin saber qué día iba a empezar y ni siquiera cómo iba a llegar al punto de salida. No es por darle épica, que no la tiene, es por poner en perspectiva el descontrol tan importante que llevaba en cuerpo y cabeza. Y aunque las cosas que me producen respeto siempre me hacen estar alerta -los débiles lo llamarán nervios, qué sabrán ellos-, con un par de decisiones rápidas se fueron calmando. Pero me lo digo una y otra vez: esto no es sano, no es sano empezar la temporada lesionado, ni dejar el track para la última semana, ni saber adónde cojones vas, ni saber ni cómo ni cuándo vas a salir, ni dónde dormir, ni qué vas a comer.


Tras dormir un rato -no llegó a cinco horas- nos planteamos cómo haría/haríamos. Luis Guerrero le pone el plural. Conocí a Luis en Wadi Rum, en Jordania, en el año 2001, mes y pico tras los atentados del 11-S en Nueva York, en el desierto en el que se coronó para la historia a un tal Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia. Era mi primera gran carrera y pronto el idioma y lo que nos esperaba por delante hizo que congeniáramos. Muchas horas después bajábamos hacia el famoso cañón de Indiana Jones perseguidos por una corredora que con muy mala educación nos quería quitar un puesto que era nuestro. Sobre el desmayo en la habitación del hotel abriéndome la ceja hablo otro día. Pero lo que importa, de esa dura y bonita experiencia, es que surgió una amistad, mantenida con varias visitas de Luis camino de la Marathon des Sables y, finalmente, devolviéndola mucho después con la excusa de correr siguiendo los pasos de otros corredores.

En algún momento de la mañana siguiente a mi llegada, cuando empezaba a ponerme un poco tenso Luis dijo: "venga, nos vamos en mi moto y ya vemos qué hacemos". Una vuelta para alguna compra de última hora -con "multa", léase soborno, a policía incluída-, un cambio de pastillas de freno y Luis, Mati y yo rumbo a Veracruz tras reservar un alojamiento por Airbnb minutos antes. Mati, Matilda, es la perra de Luis. Igual que en la crónica de la Spartatrail despotriqué contra los perros -lo repito, contra sus dueños que los educan mal o no educan-, ahora no me duele una pizca contradecirme -porque no lo es- que si todos los perros fueran como Mati hasta yo tendría: qué perra más maja, cariñosa y buena. La diferencia es la educación y por eso cada vez estoy más convencido de que los perros con sus dueños deberían ir al colegio por ley, y si no no se debería poder tener perro. Veracruz está en la costa Atlántica, unas cuantas horas al este, y nos llevó más de lo que pensaba, pasé algo de frío y llegué bastante cansado. Compramos algo para desayunar, y a dormir. Ni seis horas después estaba en pie. Recuerdo, jet lag de caballo, pie lesionado, virus aplacado pero que era fácil pensar que tuviera alguna influencia y temperatura prevista de 32 ºC y un montón de humedad. Ya estaba allí, salir iba a salir, pero adónde voy así.

Para rematar, cuando llegamos a lo que sería mi salida, al dar la vuelta con la moto, resbala la rueda delantera con arena de playa y nos vamos al suelo, me clavo la estribera y nos cuesta dios y ayuda levantar los doscientos y pico kilos del suelo. A ver si alguien "de ahí arriba" me está diciendo que no salga por si acaso...

Joder, joder, joder, venga tranquilo, ya estoy aquí. Por casualidades de la vida, hoy justo hace 498 años que Hernán Cortés y los suyos llegaron a esta costa, lo vi cuando ya tenía los vuelos reservados y tenía la fecha de salida "fijada". Siempre tengo dudas de si hacerlo todo al «estilo pim, pam, pum» (llegar, ir a a la salida y a por ello), lo mejor del mundo no tiene pinta de ser porque no tengo ninguna consideración por factores externos, como meteorología, cambios horarios ni nada que se le parezca, quiero llegar y salir porque si no no me lo voy a quitar de la cabeza hasta que dé mi salida, pero sé que asumo riesgos, y no pocos, he pegado algún reventón serio por hacerlo así. Miro al amanecer, de donde vinieron mis compatriotas para cambiar este mundo, últimos y confusos pensamientos, cuatrocientos veinte kilómetros por delante. Sólo hay que ser valiente para hacer clic en la reserva de billetes (o en la pasarela de pago de la inscripción de una carrera) y para darle al Start del GPS.



Le doy. Sigo teniendo la misma incertidumbre que un segundo antes, pero estoy en marcha. Ninguna felicidad interior, sólo liberación. Me muevo. Cuántas dudas he tenido este año, cuántas me quedan durante la próxima semana pero por fin suelto las ataduras del pasado, incluso las del futuro, ahora es presente y me encanta la sensación, voy algo tenso, intento correr relajado, suelto brazos y manos para tratar de sentir lo que ahora no siento, a veces hay que "forzar" la relajación para que se convierta en algo natural, lo suelo hacer con un braceo fácil y con los músculos de la cara, relajando el gesto.

Los primeros kilómetros sé que son urbanos, primero, por una Veracruz (Boca del Río, realmente) que parece Benidorm; luego carretera, cruzo un pequeño pueblo y me salgo por un puente de tren cruzando un río, un poco de vía y pistas. En diez kilómetros «entro en carrera», ese estado psicológico en el que no vas tenso pero tampoco relajado, lo ves todo, lo sientes todo, miras compulsivamente el GPS, te cuidas, lees las sensaciones de tu cuerpo, eres un todo, eres un corredor con cuerpo y cabeza, pero también con GPS, agua y comida, todo en uno, todo funciona, la mochila va perfecta, no te pasas cruces, te distraes por la novedad, recuerdas cuando hiciste el track y estás ahí, ya no a vista de pájaro sino a ras de suelo. Nunca he dejado de sentir la sensación de estar «dentro» en una carrera o ruta exigentes, no puedes no estarlo, la sensación es fantástica porque por fin confluyen entrenamientos y competición, pasado y presente, sueño y realidad.

En este caso esta ruta tenía un componente añadido: la seguridad. Cuando me alejé del asfalto y de las poblaciones comencé a sentir ese pequeño peso extra. Nunca he ido y espero nunca ir a ningún sitio que considere peligroso o arriesgado, México no es precisamente conocido por su seguridad, pregunté si por donde me movería era delicado y, con la poca certeza de los comportamientos humanos, tan variables y volubles ellos, me dieron alguna pauta pero luz verde. Pero otra cosa es verte en medio de la "nada", solo, con mi mochilita y con cientos de kilómetros de incertidumbres por delante. Cada motillo que oía era una leve sospecha, cada agricultor que me miraba con curiosidad un posible jaleo y sin embargo ahora sé que no tuve el más mínimo problema de seguridad, y aunque confío bastante en la humanidad -especialmente en la rural- necesitaba mi tiempo y ver comportamientos y reacciones. Las pistas eran de larguísimas rectas, eventualmente me cruzaba con alguien, una vez me paré a hablar con un paisano para preguntarle qué cultivaba y tiempo después la luz ya estaba naranja oscura, tirando a rojo. Tras 41 km estaba degradándome rápidamente,  levemente aturdido y no pensaba con toda la claridad del mundo. Primera etapa, momentos de bastante calor, debilidad, tenía todas las alertas retumbando en mi cabeza como para saber que tenía que tomarme un descanso, y sin forzar más, en una sombra, me senté a tratar de recuperar y comprender qué ocurría, porque algo ocurría. Justo cuando lo hago aparece Luis (y Mati), llevábamos unas tres horas sin vernos, descanso quince minutos y retomo la marcha algo recuperado y con cautela, creo que es la combinación de calor y humedad, y poco antes de llegar a la primera meta ya sabía que había estado rondando un golpe de calor, algo extraordinariamente peligroso no sólo para el desempeño físico de un reto si no para la vida de uno, no precisamente sobrado de agua, sin nadie cerca, podía haber sido una situación delicada, pero esa oportuna parada fruto de un análisis correcto de la situación me hicieron sólo bordear la catástrofe. Bien por mí, esta vez mi juicio fue lo que tenía que hacer.


Levemente recuperado me pasa una motillo con un chico a los mandos y dos mozas detrás. Poco después les veo parados con Luis, me quieren dar un ramo de flores, que educadamente rechazo, y las chicas se quieren hacer una foto conmigo. Sin comentarios. Foto de auténtica vergüenza, y qué poca tengo para colgarla aquí. Vengo tostado, razonablemente deshidratado pero sé que estoy cerca. Hoy sólo puedo hacer 55 km, tengo mi meta a menos de cinco y sé que voy a salvar la temida primera etapa. Acabando me empieza a molestar el pie, ahora sé que fue pasajero y también sé que no hay nada como una tirada larga para hacer la zapatilla a tu pie, la "desparramé", ganó anchura y no me molestó más, de buena me libré, aunque en ese momento no lo sabía, claro. Llego entero y hasta hay habitaciones en el hotel del pequeño pueblo en el que paramos, aunque he de reconocer que no me preocupaba, porque teniendo vehículo disponible es un problema que sencillamente deja de existir. La diferencia es abismal, así de claro, ir sin saber dónde vas a dormir (como haría más adelante), saber que comerías antes o después pero que lo harías, y tener a alguien a "un rato" en caso de necesidad (y cobertura) es tremendamente relajante, relajante si sabes lo que es lo opuesto, vas en un pequeño pero perpetuo estado de tensión que supone un desgaste real y continuo, que sólo si lo has vivido sabrás que es de todo menos agradable cuando lo sumas a todas las variables de toda ruta exigente, desconocida y que debes hacer "a flash", a la primera, sin pruebas, entrenamientos ni tentativas.

Excelente ritmo, sin agotarme, salvando un set point y con hambre, perfecto, no se puede pedir más. Ducha rápida, me visto "de calle" y a reponer calorías. Llegando tan pronto me da tiempo a comer y cenar espaciando las comidas, así se empiezan los retos, joder. Y qué pocas veces lo hago.


No duermo demasiado -no lo haría en toda la semana-, me levanto razonablemente bien, enciendo el móvil y me entra un Whatsapp, un amigo se divorcia, con niños de por medio y no va a ser amigable. Minutos después entra otro, muerte familiar, sabía que no la iba a volver a ver con vida pero ahora ya tengo la certeza. Me dejan un cuerpo raro. En un rato estoy desayunando un tanto confundido y supongo que algo callado, me esperan unos 60 km por delante y no tengo ahora la cabeza en el sitio. Cuando salgo a la calle intento centrarme y cuando unos cientos de metros después entro en camino e importa la orientación intento desconectar, aprovecho que no hace calor, que el aire está limpio y claro y la siempre sugerente luz de poco después del amanecer, la tranquilidad del lugar y la novedad de todo lo que veo hacen de bálsamo para otras preocupaciones. Poco después me alcanza Luis, una moto no permite llevar mucho equipaje, pero lo bueno de que sea de trail es que me puede acompañar en tramos, como este, el más revirado, "técnico", alejado de la civilización y puñetero, unas cuantas buenas subidas pendientes, alguna zona pedregosa, un sendero de los que pienso cómocoñoviestoenGoogleEarth, un vadeo de un río que me tenía algo preocupado y poco después un puente nuevo con el anterior arrasado por unas inundaciones hace pocos años.


Este tramo ha sido curioso, gente muy muy alejada de la civilización -o lo que entendemos como tal-, gente bastante alucinada de ver a un tipo corriendo -y una moto como dios manda, no un ciclomotor con cuatro personas-, vida al límite de la supervivencia, casas realmente miserables y gente sencillísima. Como turista, estoy bastante sorprendido de las diferencias entre la capital que ya he atisbado y esta parte tan rural y alejada de lo que se supone que es un país del primer mundo, la forma de vida me recuerda a cuando estuve en el Amazonas, donde la gente aparentemente no pasa hambre, pero excepto lo más básico, el resto debe de ser ganado con sangre, o no ganado, una pequeña moto para acercarse a comprar suministros, una rudimentaria instalación eléctrica, y poco más. No quiero imaginar la educación que recibirán algunos de los niños que veo o qué pasará cuando surja un problema sanitario. No es que venga yo precisamente del país más evolucionado del planeta, pero me sorprende esta realidad, que lo es, de México, sobre todo cuando ya había echado un vistazo a su capital y no tiene nada que no tenga, especialmente su centro, cualquier ciudad europea.

Cuando salgo de la zona "amazónica" pega el calor de una forma seria, 33 ºC decían las previsiones unos días antes, y alta humedad. Acertaron, o casi diría que se quedaron cortos. Tuve que parar veinte minutos a refrescarme, y luego siempre que veía agua me empapaba, pero en cinco minutos estaba otra vez seco, otra vez a empaparme... las desventajas de tener la camiseta con el material que seca más rápido del mundo, quizá aquí una de algodón hubiese venido bien, mientras tanto iba lidiando como podía el intenso calor y las consecuencias de él. De nuevo considero que actué con buen juicio, pararme tantas veces a mojarme, el ritmo cansino y la constante preocupación por impedir que la temperatura corporal aumentase me ralentizaron pero quizá me salvaron el día.

Tener un vehículo me permitió hacer un "truco"y es que en esta segunda etapa o me quedaba corto de kilómetros con unos "ridículos" 55 o me iba a más de 70: como por una vez me pueden llevar y traer, vamos a aprovecharlo, sigo algo más y mañana arranco desde el mismo punto. Suena fácil, pero pasar por delante del hotel (hostal más bien) con 60 kilómetros en las piernas -el desfase de 55 es el clásico 10 % de Google Earth a Google Land- y obligarme a seguir algo más fue un ejercicio de fortaleza mental interesante. Es la única vez que aproveché la ventaja de ir acompañado, porque en cuanto a material, comida, agua y lo que necesitara, iba todo encima, siempre, nunca dependí de nadie más excepto de lo que llevaba en mi mochila y lo que iba comprando sobre la marcha, que difiere muy notablemente a llevar asistencia. Este segundo día ya pagué ligeramente el esfuerzo, los kilómetros finales, por una carretera concurrida y algo delicada por el tráfico fueron lentos y pestosos, pero alargué ese poco más que me quitaría al día siguiente. Hice las etapas a 60 km, sin mirar desniveles, si había alojamientos ni nada, sólo los tres primeros días creía que podía haber, a partir de ahí, sorpresa, en un alarde de pobre preparación que no debería repetir. Ya ya. Diez kilómetros más que ayer, más lento, más desnivel: comida y cena se van juntando. Las tareas domésticas, ducharse, lavar ropa, tender, comer, mirar tontunas en el móvil, llamar a casa, automasajearme como si sirviera para algo, cenar, acostarme, se iban comprimiendo y apenas me dejaban ya demasiado tiempo libre, pero en general lo llevé bien y con tiempo para casi todo sin grandes apreturas, lo que se agradece tras largas jornadas de acción tras las que a pesar de todo lo que queda por hacer, al menos no quieres ir estresado con que no se seque la ropa o a ver dónde puedo cenar algo.



Para la tercera etapa tenía un objetivo diferente al de llegar: necesitaba dinero. No había podido pagar nada con tarjeta -ni pude toda la semana excepto en un sitio-, se me acababa el metálico y necesitaba dinero como fuera. Una tontería así puede agobiar lo suyo y no era descabellado que me quedara "atascado" en algún lugar sin recursos económicos y sin poder dormir o comer. Tras acercarme Luis al punto donde lo dejé el día anterior, por la misma carretera pestosa y con tráfico, me dispuse a pasar lo mejor que pude una etapa que tenía pinta de ser fea y aburrida, casi todo por asfalto, pero es una zona de un valle donde las grandes localidades se suceden. En la primera, Córdoba encontré mi cajero, ¡yeah!, nunca me había alegrado tanto de ver el horroroso logo del Banco Santander (en serio, hasta yo lo puedo hacer mejor, os cobro poco), saqué dinero y me quité un peso de encima, era algo que no podía controlar por mí mismo, en lo que era vulnerable y que me estaba empezando a estresar. Callejeo y a por la siguiente localidad... ¡oh wait!, ¿eso eran zumos de naranja? Tiro de freno de mano y media vuelta. Todos los pueblos de México tienen muchos sitios donde comprar algo de comida -abarrotes se llaman-, muchas veces son casas particulares que abren una pequeña habitación al exterior para vender algo, generalmente la oferta es bastante sencilla y limitada, pero suficiente para un corredor hambriento. Generalmente comía un par de yogures pequeños (2x200 ml aproximadamente), algo de bollería industrial o un helado, puede que un zumo, quizá una pieza de fruta si había y me entraba por los ojos y puede que algo más. Súmense a ojo las calorías, claramente insuficientes pero así tiraba. En un par de ocasiones creo recordar que me compré una botella de agua, pero lo normal era hacer los 65 kilómetros de media con un litro, que nunca llegaba a acabarme. Creo que ambas cosas, comida y bebida que ingería, están al alcance de pocos corredores pero concretamente en México no es gran problema en encontrar puntos de avituallamiento, aunque también hay algunas zonas donde es imposible (en la primera etapa, por ejemplo, del diez al final). Luis alucinaba con lo poco que comía y bebía, realmente el cuerpo no me pide mucho más aunque debería forzarme a comer y beber con bastante más abundancia y frecuencia, especialmente cuando ya llevo un par de días soy un auténtico diésel, lento, consumo bajo, metabolismo en stand by. En general creo que es una ventaja poder hacer grandes kilometrajes consumiendo poco porque te permite hacer según qué cosas, literalmente vetado si no consumes muy poco o vas asistido, pero es fácil abusar y tener un rendimiento de montaña rusa o acabar meando sangre. O las dos cosas. No me importaría saber hasta dónde puedo llegar con un litro de agua apurando, no lo voy a hacer porque te puedes hacer daño de verdad, pero creo que bastantes decenas de kilómetros, un centenar de kilómetros sin temperaturas cálidas posiblemente, pero me voy a quedar con la duda por el bien de mi riñón.

Fortín de las Flores, una bajada tranquila; carretera de subida, otro espectacular alarde de GPS-sendero inapreciable-el instinto me dice que por aquí-cojones qué buen ojo tengo a veces; Cautlapan en una única recta; puertecillo de subida; Ixtaczoquitlán; Orizaba, helado para la buchaca; Río Blanco; Nogales; Ciudad de Mendoza, pequeño helado, vía de tren; final realmente bonito por una antigua vía de tren, con túnel y desprendimientos incluidos, río al fondo del cañón y un poco después, Maltrata, ya a 1800 m de altitud. Luis se ha encontrado con unos moteros y uno le ha ofrecido dormir en una consulta (era médico), yo había encontrado un sitio por internet muy modesto, pero decidimos esperar en el zócalo (plaza). Me puse ciego a pizza, buenísima. Un poco harto de esperar busco un alojamiento y bingo, sí que hay, allá que nos vamos. Muy sencillo, casi me hacen ducharme con agua fría, y al rato a cenar en el animado zócalo, que debe haber fiestas (no son las primeras ni las últimas que encontraría). Alma tranquila, cuerpo cansadillo pero entero, disfrutando la experiencia. Si hubiesen sido 360 km estaría en la mitad, momento que psicológicamente es muy reconfortante. Pero es que tampoco me iban a salir 420 km porque al menos iba con un desfase de cinco kilómetros por jornada, ya lo estaba viendo: por qué será que los desfases siempre son exceso, en tu contra, y nunca te encuentras con la sorpresa de hacer 10 km menos un día. Mañana se iría Luis y me dejaría ya enfilado para lo que quedaba por delante, se me acababa la red de seguridad, no importa, he hecho cosas más difíciles solo desde el principio, pero eché de menos la conversación y saber que alguien estaba por ahí cuidando un poco de mí. Me sentía con fuerzas, seguro al ir ya descubriendo este bonito país y sus gentes y con el reto razonablemente encarrilado. No había cometido grandes fallos, estaba comiendo bien, el cuerpo me respondía y estaba tranquilo de cabeza. Tras 180 kilómetros en tres días no puedo pedir más.



La salida de Maltrata incluía un casi Kilómetro Vertical, en un cauce seco me despido de Luis e inicio la ascensión... erróneamente. Tras alguna decena de minutos reconozco por fin que no es ese el camino y que voy a complicarme la vida, doy la vuelta muy a mi pesar y deshago casi todo lo andado. Bien. Miro el paredón que tengo enfrente e intuyo un sendero... ¿no será por ahí, no? Era era. No de manos pero de uñas de los pies, sí. Sin prisa, tengo todo el día. Entro en bosque, cada vez más denso y el track se convierte en cada vez menos confiable: trazar tracks en bosque con foto aérea es un juego peligroso, intuyes claros que asimilas a senderos, es muy fácil fallar y empecé a navegar a sentimiento, por pura intuición. Después de un buen rato oigo una motosierra, inmediatamente pensé en que eran ilegales sacando de la naturaleza lo que no pueden sacar por otros medios -legales, digo- y agucé los sentidos. Un rato después, inevitablemente enfilando la dirección de la motosierra veo lo que parece un horno, posiblemente quemen la leña para hacer carbón vegetal, y unos plásticos a modo de tienda de campaña de fortuna. Voy tenso, nunca pensé en darme la vuelta y bajar y me encontrara con quien me encontrara para él o ellos sería una sorpresa y no me gusta darle una sorpresa a nadie con motosierra, que está haciendo algo ilegal y que no es difícil pensar que vaya armado en este país. En cuanto los vi les hablé en alto para llamar su atención, amable y precavido por mi parte, sorprendidos y en alerta por la suya. Afortunadamente era una pareja de personas mayores, no digo que incapaces de defenderse pero difícilmente tendrían ninguna actitud ofensiva, especialmente yendo solo y sin visos de denunciar, engrilletar o montar ninguna trifulca. Cortésmente me indicaron cómo se salía del laberinto en el que me había metido, incluso la señora me acompañó un poco, iba desviado, lo sabía, y pronto encontré el sendero y mi tranquilidad. Repito, nunca pensé en darme la vuelta y sabía que me estaba metiendo en una situación potencialmente peligrosa: ambas frases no deberían ir juntas y no estuvo inteligente por mi parte seguir y afrontar lo que pudiera venir cuando tenía alternativa, en circunstancias así se fraguan auténticos desastres. Enorme error por mi parte. El juicio se me quedó en Maltrata, está visto.

Al coronar, a mi derecha pude ver el pico Orizaba, con el cono nevado, espectacular, está a muchos kilómetros y se ve cerca, vaya postal me llevo en mi memoria. Pistas tranquilas, algo de civilización, unas bajadas, unos perros gilipollas, una pérdida de una almohadilla que llevo en el hombro para que no me moleste el Spot. Y cuando bajo a un valle, estoy en otro México, semidesértico, seco, caluroso y polvoriento. Vaya cambio.

Una zona "de las mías" consistía en cruzar unos montes, al principio por camino, luego sin él. Era una zona de grandes cactus y otras plantas "amigables" con la piel humana. Estaba un poco sorprendido de ir campo a través sin mucho rumbo más que el "to palante", tiempo después encontré un sendero y justo cuando iba a llegar a una doble huella de coche, ¡zas!, brutal torcedura de tobillo. Aparte de acordarme de muchas divinidades, me apenaba volver a caer en lo mismo, otra vez; en el suelo, en esos segundos que tan bien conozco de intenso dolor (recuerdo, zapatillas de mediasuela alta, daño mayor) veo que no llevo el cordaje como debiera. Ni que decir tiene... que no lo cambié, para qué... Muy dolorido fui andando lentamente, a duras penas haciendo el gesto de correr, y finalmente corriendo con dolor. Un rato después era pasado, sólo quedaban unos ligamentos al dente y un orgullo magullado. Qué presente tengo la sensación de la torcedura y cuánto daño me ha hecho no poder olvidarla en mi vida deportiva.

Infinitas rectas serían el menú de varias horas. Polvorientas, calurosas, feas y algo descorazonadoras, pero unir puntos de un mapa implica en ocasiones partes no especialmente bonitas ni interesantes. A las 14h00, la llamada diaria a casa, antes de que se acostaran mis hijas. Como casi siempre, con problemas de cobertura, por mi móvil, la SIM o ambos, hacían que apenas pudiera hablar, y cuando ya tenía wifi hacía horas que estaban profundamente dormidas. Poco después empecé a llamar antes de arrancar la etapa (07h00), su hora de comida, aunque como ya me pasó cuando estuve en Estados Unidos, alguna tarde-noche se hacía algo solitaria cuando casi todo mi mundo estaba durmiendo.

En Tecamachalco dormí en un sito bonito, tranquilo y moderno, comí de maravilla unos crepes y tuve unas agradables conversaciones con la señora que regentaba el local. Un paseo, un poco de fruta. Me gusta estar entero, no tener que tirarme destrozado sin poder moverme de la cama. Me gusta estar sólo muy cansado. Ha sido un día largo, intenso y duro, pero no estoy llegando al límite, me permite pensar y sentir, no sólo sufrir, veo, hablo con algún lugareño y aprecio la experiencia, todo encaja. Y he superado la mitad, lo que me anima aunque aún tengo casi doscientos kilómetros por delante. ¡Doscientos! A veces te metes en tu mierda mental de corredor de larga distancia y pierdes la perspectiva, estoy corriendo maratón y media al día, solo, con mi pequeña mochila con lo justo, no llevo ni 300 kcal encima, nunca más de un litro de agua, no sé dónde voy a dormir, me quedan cientos de kilómetros, a quién cojones se le ocurren estas cosas. Y sin embargo me siento bien, no estoy sufriendo, me estoy esforzando mucho, son muchas horas y muchos kilómetros, llego a diario tirando a hartito, pero me siento vivo, lo veo todo, lo oigo todo, aprendo de mí, de este país, de la gente, cada zancada es nueva, una que nunca había hecho, una que nunca volveré a hacer, nunca, jamás, lo que sienta aquí y ahora será irrepetible, el aquí y el ahora, lo bonito de situarte en las coordenadas en las que quieres estar. Bonito, emocionante e intenso. También duro, porque al final lo busco, con todo el respeto que me da, con lo que pagaría por poder correr sin dolores ni sufrimiento, al final, muy al final, la dureza le da buena parte del sentido a todo esto, me jode reconocerlo, porque sé que seguiré haciéndolo alguna vez más, y con este estilo, apretándome, por que 30 km al día no me valen, en esto no, ni ir como un turista más, hoy y aquí no, la experiencia que he querido buscar es esta porque me lleno de esta manera. Soy un puto retorcido y se me crea cuando digo que muchas veces anhelo normalidad, poder hacer las cosas de otra manera, que sí, que es muy bonito sentir así, pero que lo que hay que pasar es un peaje alto. Hoy me compensa, no sé mañana.



Otra noche que duermo raspando las cinco horas, pero por sueño no necesito más, vaya usted a saber el porqué. Pero el cuerpo, los músculos opinan otra cosa. Me levanto doblado. Otra vez que desayuno cuatro mierdas -sólo el próximo hotel tendrá desayuno, ¡en una semana, por dios, con lo que me gusta el desayuno!-, me preparo con lentitud, mareo la perdiz hasta hacerla vomitar varias veces y cuando no tengo más vueltas que dar, salgo a la quinta etapa. Un poco de asfalto, mucho tráfico, una zona muy pobre, campos, caminos sucios (por primera vez), largas rectas, campos agrícolas, aburrido.

Sencillos pueblos se suceden, todos parecidos, bastante pobres, con sus tiendas para aprovisionarme, una calle principal de asfalto y el resto muchas veces de tierra, casas sencillas, gente muy humilde, sorprendidos de mi presencia, pero siempre amables y educados. Solía ser yo quien daba los buenos días porque era el que sorprendía, siempre tenía educada respuesta. Gente sencilla, educada y de vida sin lujos, pero creo que lo mejor del país, una vez más y como casi siempre me ocurre cuando viajo por ahí, la gente es lo que vale de este mundo, los paisajes están bien, los animalicos y las planticas, que sí, los monumentos y los museos, pero nada comparado a una frugal charla con un desconocido al que no volverás a ver en la vida, un saludo de unos niños que van tan alegres al colegio, o la mirada curiosa de un viejecillo que creía haberlo visto todo hasta que le aparece al doblar una esquina un tipo con pintas raras y corriendo. A ver si esta gente tiene candidatos políticos menos corruptos a los que votar y despega este gran país, se lo merece.

Todo me parece un poco igual, amplios campos la gran mayorìa trabajados por mujeres y nula maquinaria agrícola, sencillos pueblos con poca personalidad, largas rectas donde relajar la vista y con el pensamiento de llegar a una importante ciudad. La etapa debía acabar en Puebla (en realidad Heroica Puebla de Zaragoza), una urbe de millón y medio de almas (tres en el área metropolitana) y dudé en si dormir en un par de hostales de mala pinta en barrios peligrosos, o ir al centro que pillaba a bastante distancia. Solución intermedia: iría al centro, que tenía entendido que era bonito, pero lo haría en taxi. Reservé la noche anterior e iba tranquilo, pero el reencuentro con una gran ciudad se me haría raro. La etapa no tuvo mucha trama, avanzar por este ecosistema intermedio entre el amazónico y el desértico, con calma, empapándome poco a poco del México que iba viendo... pero tras una loma divisé a lo lejos la gran ciudad, un pequeño shock, qué fácil me habitúo a ir por el campo perdido de la mano de dios y lo raro que me resulta volver al mundo humano. Unos minutos después estaba en una carretera de entrada y poco después cojo un desvío que no entiendo bien. Y me meto en la boca del lobo. Le echaremos la culpa a Google Earth. Madre mía dónde me metí. Una barriada muy pobre y polvorienta, me sentí inseguro y no me gustó nada. Nada de nada. Cuando salí respiré aliviado pero este tramo era innecesario. Pero ahora viene lo bueno: la salida de mañana son varios kilómetros de lo que parece, a vista de ortofoto, lo mismo o peor. Tras el sobresalto, mucho coche y mundo urbano, llego a la pasarela que es la meta de hoy. En dos minutos estoy volando en taxi al centro, una animada charla, un precio ajustado y de repente estoy en un precioso casco histórico de corte colonial que me encanta. No he podido acertar más eligiendo dormir en el centro, me doy los paseos que me dejan mis cansadas piernas, pero lo poco que vi del centro de Puebla es realmente bonito, agradable, de vida vibrante y con un porte que no muchas zonas de América tendrán. Como-meriendo bien, ceno bien, paseo diurno y nocturno, mañana voy a desayunar de verdad, me quedan dos etapas y no veo la luz de reserva encendida, aunque no lo pienso, si no hay cataclismo, a esas alturas empezaba a sentir que lo tenía en la mano... pero en el momento no estaba confiado, y es que tenía una razón de peso: 140. Lo que me quedaba.



Por primera -y única vez- desayuné como dios manda, sentado, buena cantidad y llenando tripa, el resto de días guarreé con algún yogur y alguna mierda. Cogí un taxi para que me llevase donde lo dejé ayer, un buen rato y allí estoy. Tenía dudas del primer tramo, recordaba cómo era, una zona deprimida y delicada, pero no me esperaba lo que me encontré. Oh la la ! «La madre que me parió, dónde coño me he metido». Me lo repetí unas cuantas veces. Las fotos aéreas proporcionan muchísima información si sabes interpretarlas y un urbanismo trazado "como te da a entender", unas calles sin asfaltar, unas casas desordenadas y bajas te pueden decir que es una zona pobre, subdesarrollada e insegura. Una pena no haber tenido el valor -o la inconsciencia- de haber sacado la cámara, no me hubiese importado tener una foto de recuerdo. He estado las favelas de Río de Janeiro, y una mierda comparado con esto. Canela fina fina. Y en el peor momento, en la zona menos agradable -si es que había alguna que lo fuese...- el track me manda por un terreno vallado, dudo, tiro por un lado, tiro por otro, miro compulsivamente el GPS, y tengo que inventarme cómo salir de ahí, ya, pero ya, precisamente en el peor sitio para mostrar inseguridad y dudar. Un buen rato después, cuando salí de esta zona deprimida, y aunque no había hiperventilado ni nada, me di cuenta de lo poco inteligente que había sido cruzar esta zona de la ciudad, me prometí nunca más volver hacer algo así -porque intuía dónde me metía, no lo sabía, pero sí lo sabía- pero reconocí que en realidad nadie me había mirado mal ni había hecho amago de nada. Nunca, en todo el viaje, sentí inseguridad real, ni corriendo ni de turismo, nada, cero; hay que ir atento y no hacer tonterías, pero no creo que mucho más que en otras zonas. México no es precisamente un país de lo más seguro en números globales, la cantidad de muertes, secuestros, violaciones y desmembramientos anuales es bestial, no en todo el país, pero proyecta una imagen de inseguridad importante, que no invita más que a hacer viajes más allá de los hoteles de Cancún con todo-completo y sin salir del complejo hotelero; mi México fue pacífico, agradable y cordial, incluso en uno de los peores sitios en el que he estado en mi vida -y no es el primero e intuyo que tampoco el último- la gente iba a su rollo, los niños al colegio, este arreglando el coche, el otro moviendo un bidón de un sitio a otro, el corredor que pasó ese segundo por su lado no les importaba más que si fuera un perro callejero. Y me alegro, oye. Pero, repito, ojo el sitio, que nadie que no quiera vivir emociones fuertes se le ocurra seguir ese track, fue hardcore, creedme que no me impresiono fácilmente, había que estar allí, corriendo, solo.



Unos (buenos) minutos después estaba de nuevo en el campo, había dejado atrás una gran ciudad y transitando por, primero, junto a un riachuelo negro como el carbón, y después por zonas de campos, me encontré rápidamente por terreno semidesértico, con un importante viento y con la curiosidad de que estaban construyendo una nave industrial justo en medio de mi camino, habráse visto. Sin novedad empecé a acercarme lentamente al Popocatépetl, volcán activo que dejaba a mi derecha. En realidad estaba dando un rodeo, porque el paso natural entre Puebla y el valle de México se hace entre dos volcanes, por el paso de Cortés, evidentemente porque Hernán Cortes y los suyos pasaron por ahí, pero el camino natural no tiene que coincidir con el histórico, y no lo hace por una sencilla razón: si un mensajero azteca hubiese tratado de cruzar ese paso en esa época en la que me había inspirado no habría salido con vida pues era una región que nunca fue conquistada por el imperio mexica, y los mensajeros tenían que rodear el volcán por el sur, alargando bastantes kilómetros la ruta. Y como un servidor, en lo que puede, quiere ceñirse a la historia, tenía que alargar mi ruta. Como siempre me ocurre y dado que tengo muchas horas conmigo mismo, tarde o temprano surgen los recuerdos de los libros que he leído, de la ruta que he trazado y no me cuesta empatizar con los corredores que tiempo ha corrieron veloces para informar a su señor, en este caso, de la llegada de unos paisanos míos; irían de ida y vuelta, raudos porque lo hacían en cortos relevos, tratando de aportar la mayor velocidad e información, para que sus carreras fueran útiles, no sólo un deber. Por aquí corrieron mensajeros minutos después de que cambiara la historia de este país para siempre. Su estela me sirve de inspiración y excusa.

Ensimismado en mis pensamientos me acercaba tímidamente al Popo, generalmente a mi derecha, pero justo cuando lo tenía enfrente... ¡pum! penacho de humo blanco claramente eructado, no era una nube que pasara por ahí. Cojones. Pero cojones de los de verdad. A ver si se va a liar. Alguno dice que atraigo la mala suerte -qué sabrán ellos...- y prometo que en ese momento lo pensé. Poco después vi a un pastor con un rebaño y como le vi tan tranquilo pensé que esto estaría a la orden del día, así que no me preocupé más, pero en el momento me quedé ojiplático. Hostia, que es un puto volcán activo y que si revienta yo sólo tengo mis piernas.

Tras mucha zona semidesértica entré en bosque y gané altitud, las faldas de casi todos los volcanes suelen ser ricos en nutrientes, con lo que la vegetación suele crecer con abundancia. Este era el caso, y aunque no me daban demasiada sombra por la hora del día, me agradaba estar otra vez rodeado de árboles. La etapa sabía que sería larga, 65 km mínimo con posibilidad de más, porque no tenía nada claro que hubiera alojamiento en el pueblo destino; de hecho aunque salí con la idea de alargarlo aún guardaba alguna esperanza. Por eso iba conservador, andaba en subidas y no me calentaba mucho los cascos con ritmos ni hora de llegada, con la única condición de que no se me hiciera de noche. Las subidas eran pronunciadas en ocasiones, pero era agradable el paisaje y el no saber qué vendría después. En uno de los pueblos cogí un camino, luego un sendero y poco más adelante aquello era una trialera del copón. Otra vez me pregunto cómo narices he encontrado esto en Google Earth, imposible. Lo mejor fue encontrarme empedrados, algunos eran recientes, pero otros estaban limadísimos. Puede que me equivoque, pero un empedrado ancho y muy pulido quizá sea de origen español, y el porqué no es tan difícil: no había animales de tiro en la Mesoamérica precortesiana, cuando llegaron los españoles con los desconocidos caballos los senderos originales se quedaban pequeños, con lo que tuvieron que abrirse en anchura para carros y carretas y más adelante se empedraron. Con cierta pendiente no fueron nunca calzadas usadas por vehículos a motor, y un empedrado pulido requiere de muchas muchas décadas para limar "asperezas". Añadimos que había un camino sur del Popo también de los españoles y mi imaginación iba volando con la posibilidad de que estuviera pisando un camino real español con cerca de quinientos años de historia. Cierto es que en nuestra piel de toro tenemos calzadas romanas con dos mil, pero eso no desmerece estos caminos que verían pasar un nuevo imperio sobre ellos. Este rápido razonamiento que me llevó pocos segundos me ilusionaba, motivaba y distraía. Quizá esta sea la diferencia de darle sentido a estas cosas que hago, me obliga a leer libros, a estar algo más despierto, a encajar piezas, y siempre descubro mucho más cuando estoy en el lugar convenido, la unión de estos tres mundos, correr, leer y viajar encajan especialmente en estos instantes.

Acabando una fenomenal trialera de bajada llego a un riachuelo que consigo saltar, me jode ver un poco de suciedad y una pista empinada de subida que no se corresponde con mi track, discurre paralela. Al no ver alternativa tiro por esa, poco después pregunto a un chico que va en caballo y me confirma que no hay otra, con lo que concluyo que el error de trazado es mío, e intuyo cuál es: en una foto aérea, en un cañón muy cerrado como en el que estaba, si la vista no la tienes perfectamente cenital es fácil que los puntos se te vayan por bastante y "se te salgan" del cañón. Nunca dejo de aprender cosas del trazado de rutas y es algo que me gusta bastante, y aunque sé que es más seguro, fácil y rápido usar tracks que alguien ha hecho previamente, pero experimentar la (¡Auténtica!) emoción de crearte tu propio camino y luego, a ras de suelo, recorrerlo, es una satisfacción que no espero que apenas nadie la entienda, pero que quizá alguno asentirá al leer esto.

Sin siquiera mirar o preguntar si hay alojamiento paso el pueblo «del 65» y me encamino por carretera al lugar "seguro", porque una vez más voy a la aventura, sin reservar, sin saber si la información es fiable ni nada. Además no me atrevo a pegar ningún acorte que tenía en el track porque me impone respeto fallar y tener que darme la vuelta, voy algo justo de hora y no quiero que me coja la noche. Mucho más lento de lo que la paciencia considera razonable, por fin llego a mi destino. Han sido 75 kilómetros, que no está mal para una sexta etapa, once horas. Localizo el alojamiento, hay habitaciones y me queda un día. El sitio, no te lo pierdas, combina gimnasio del pueblo y motel. Música discotequera a todo volumen hasta medianoche, muebles de las habitaciones sacados de algún estercolero y cama de las que te abraza y te deja el culo más cerca del suelo que el de un piloto de Fórmula 1. En fin, menos mal que ya estoy un poco curado de espanto. Me compro toda la comida que creo que puedo comer, y dado que la jornada ha sido tan larga, cuando me quiero dar cuenta ya se me ha pasado la hora de ir a dormir.



Suelo despertarme doblado cuando hago etapas, pero lo de hoy es un escándalo. No sólo dolores y tensiones varias por todo el cuerpo, si no motivación. Estoy bajo mínimos y sólo quiero acabar. En realidad no considero que haya sufrido en ningún momento, pero una semana es bastante tiempo. Aunque duermo en cama y hago al menos una comida al día decente, he pasado calor y humedad, he estado subiendo mil y pico metros al día, desde hace cuatro no bajo de los 2000 m de altitud, llevo una mochila de unos cuatro kilos y me estoy metiendo ocho o nueve horas de tute al día, ayer más. Hacer una semana de 200 km está al alcance de no demasiada gente; una Marathon des Sables tiene 230-250 km por lo general; a otros ritmos, sin dorsal, sin mochila pesada pero con un buena losa de condicionantes también, me voy a meter 450, casi dos Sables. Esto no puede ser sano. Me cuido, como lo que puedo, lavo ropa, me está saliendo todo bastante bien... pero no como, descanso ni recupero de un día para otro ni la mitad de lo que necesitaría, lo haces, porque lo haces, pero a base de exprimir, y eso tarde o temprano pasa factura. Quizá es lo que me estaba ocurriendo en este amanecer, que aunque estaba a un día de acabar, iban a ser un porrón de horas, que estaba cerca, que ya "lo había visto todo" y que ya me había ganado el descanso, no necesitaba un día más, quería acabar, que-rí-a-a-ca-bar. Guarreé por última vez con el desayuno, cuatro kilocalorías mal contadas y sorprendentemente en cuanto me pongo a correr me noto fresco y ágil. Qué cosas. Salgo con la vista puesta en el clásico objetivo motivacional de atracón-ducha-cama, por una bonita zona como la del día anterior, bosque, subebaja de cierta intensidad, algún camino chulo, tranquilidad y a ver qué pasa. Antes de lo que quisiera salí de las faldas del volcán y volvió el ecosistema semidesértico, polvoriento, además hacía viento y calor, los campos estaban pelados, pura arena la mayoría y no invitaban a demasiada contemplación. Pasé junto a pequeños conos, antiguos volcanes inactivos; me metí hasta el tobillo en alguna arena volcánica y campos arados, porque veo que en México, al igual que en España, algunos agricultores meten el arado en su tierra, la del vecino, los caminos y por donde les sale de los cojones. Descubrí en esta última etapa que la diferencia entre correr y andar era el comer un poco, pero estaba tan vago y dejado que comía poco y mal aun sabiendo esto. Un yogur por aquí, un helado por allá; campo, carretera, tierra arada; un pueblo, otro; una academia del ejército aéreo; una larga recta, otra; con cierta impaciencia diviso a lo lejos el pueblo destino, voy junto a una acequia, fea y contaminada, una letrina más bien, pero a estas alturas me da todo lo mismo. Diviso la torre de la iglesia, ese debe ser mi destino. Me acerco, un polígono industrial, unas casa, otras más, callejeo, allí está la iglesia, un coche que casi me lleva por delante, saco la cámara, menos de un kilómetro, una semana ha, bullicio, efecto túnel, cruzo la valla que da acceso a la zona de la iglesia, veo a Luis y a Mati. Un buen abrazo. Llego a la iglesia de Chalco, mi destino. Y esto es todo. Era todo.



Pocos minutos después conducimos por una de las autopistas que dan acceso a la gran Ciudad de México, kilómetros y kilómetros de suburbios muy acojonantes me impidieron llegar adonde me hubiera gustado pero nunca, ni un segundo, me lo planteé. Un buen samaritano me deja ducharme y da de cenar, lo acompaña una buena conversación. Infinitas gracias. Un rato después estoy en la cama, tonteando un poco con el móvil antes de dormirme. Sólo ha pasado una semana desde que dormí aquí y parece que ha sido un año. Todo lo que puedes ver y sentir en una semana muy lejos de lo que conoces hacen que todo esto merezca la pena y aunque nunca consideraré nada de lo que he hecho en mi vida deportiva como extraordinario, me alegro de tener la "valentía" (o la "inconsciencia") de que casi nada me dé miedo y no pase más allá del respeto, porque me permite vivir experiencias que de otra manera nunca viviría.


Un día después Luis organizó en su tienda un pequeño encuentro con gente que había ido siguiendo la ruta por Facebook, ¡fue gente y todo!, mostraron interés e incluso me hicieron algunos regalos (la botella de tequila he pensado en reservarla para cuando muera el presidente de su vecino del norte, ¡espero poder descorcharla pronto!), lo que me reafirma en que lo que más vale de este país son sus gentes. No creo que mi historia sea especialmente digna de ser contada, pero al final vas acumulando una buena cantidad de vivencias que quizá, todas juntas den para un rato. Esta en concreto ha sido la menos dolorosa en tiempo, pero no lo he echado de menos, no quiero épica ni recordar dolor, he vivido intensamente, no me he destrozado cuerpo y cabeza por llegar a cualquier precio, ha sido lo suficientemente desafiante y dura como para dejarme unos meses en merecido barbecho y me ha llenado como deportista y persona lo suficiente para saber que he hecho muy bien en entrenar, gastarme dinero y vacaciones, y esforzarme durante una intensa semana. Una semana que vale un año deportivo. Qué más quiero.
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